El Cisne: libros y espacios

El Palacio de la memoria

Presentamos una reseña sobre el más reciente libro de Patrick Modiano, El café de la juventud perdida. “Siempre he creído que hay lugares que son imanes y te atraen si pasas por las inmediaciones”, dice.

Patrick Modiano ganó el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, el Premio Goncourt y el Premio Nobel de Literatura. / AFP

Barcelona-París

Dos días antes de celebrar su santo y el de su esposo, mi vecina enviudó; eran Antonio y Antonia Palau. Ella me dice desde la ventana que conocía a su marido hacía sesenta y un años, y llevaban cincuenta y tres de casados, “noia, així és la vida”. Ella que tiene ojos tristes, pero siempre está muy alegre y conversadora, ahora lloraba. Le di el pésame y habló un rato más sobre la ausencia repentina de alguien querido y lo difícil que es acostumbrarse. Le recordé que cualquier cosa que necesitara sólo tenía que tocar la puerta o enviarme un Whatsapp, nuestro otro canal de comunicación aparte del pasillo que une su cocina y la mía. “Hoy voy por las cenizas, les cendres”, dijo, “me ha fallado el Palau”.

Iba a escribir sobre La bondad de las mujeres, de J.G. Ballard, o sobre El astillero, de Juan Carlos Onetti, pero ya no pude. Ahora repasaba quiénes eran mis vecinos, casi todos mayores y en esa soledad que no parece opcional. Doña Antonia no se me salía de la cabeza. Ella, que me habla a veces en español, a veces en catalán, que me pide que le quite el “doña” y la llame “Antonieta”, que me dice que viaje, que baile, que disfrute la vida y me envía chistes cada semana, me impulsó a cambiar de libro.

En el café de la juventud perdida (Anagrama, 2008), de Patrick Modiano, todo parece un pretexto para buscarse, para hacer memoria. Un grupo de amigos se reúne en un café; poetas, artistas, la mayoría estudiantes entre diecinueve y veinticinco años. Están en el París de los sesenta, cuando el mundo piensa que todo está a punto de cambiar, que el futuro será diferente. París, en donde “todos viven a la sombra de la literatura y el arte”. Entre ellos hay una joven solitaria, triste, de manos finas, que desaparece de un momento a otro. Un integrante del grupo la bautiza Louki, pero nadie nunca llega a saber su nombre real.

Todos tenemos un café, un bar, que nos trae buenos recuerdos y remueve la melancolía. El café de la juventud perdida es el Condé, pero se podría llamar Baztan, Pagés o Pasaje, no importa el nombre del lugar, sino la idea de refugiarse en los amigos. “Eran muy jóvenes, no tenían casi pasado que revelar, sólo vivían el presente”, escribe Modiano. Uno de esos jóvenes, Bowing, peleaba contra el olvido escribiendo en su cuaderno todos los nombres de los clientes que alguna vez habían pisado el Condé; quería evitar que fueran consumidos por el “anonimato de la gran ciudad”, “salvar del olvido a las mariposas que dan vueltas durante breves instantes alrededor de una lámpara”. Quizá Louki quería ser sólo eso.

Años después de esa época, el primer narrador que aparece en la novela se encuentra en la calle con la dueña del Condé, quien casi no lo reconoce. Hablan un rato de quienes iban al lugar: Tarzan, Fred, Zacharias, Jan-Michel… y la Louki, quien era su favorita. Ella le dijo que de alguna forma sabía que a todos les iría mal. Surgen más voces como narradores de la novela, el objetivo parece ser siempre encontrar a Louki, pero en realidad están buscando su juventud. “Siempre he creído que hay lugares que son imanes y te atraen si pasas por las inmediaciones”; ese es el Condé, pero el Condé ya no existe.

Esta es una novela corta, para cargar en la mano o en el bolsillo. Contagia la melancolía por los amigos, por las ciudades visitadas y por las conversaciones del pasado. Los rastros de Louki en el café y en las calles que recorrió son excusa para buscarse a uno mismo. Sus preguntas han sido o serán las nuestras. El lector terminará siendo investigador y caminante. Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, Francia, 1945) dijo, al recibir el Premio Nobel de Literatura en 2014, que la memoria está hoy menos segura de sí misma y debe luchar en forma constante capturando fragmentos del pasado, sus huellas: “pelear contra el olvido que lo cubre todo”.

Noia, tot s’ha acabat, yo ya lo he pasado bien, así que acuérdate de mí y tu pásalo bomba”, me dijo doña Antonia justo antes de terminar este texto. Me hablaba como si ella no tuviera futuro; yo a su lado, pensaba en sus nietos y sus hijos como media respuesta, como su otra media vida, pero no dije nada. En mi cabeza resonaba el mensaje que ella me había enviado sobre la muerte de su esposo: “El Palau está al cel”. El Palacio está en el cielo. Está en su memoria y en la de quienes lo conocimos.

 

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