El placer de matar y de morir

El marqués de Sade dedicó su obra literaria a mostrar, entre otras cosas, que uno de los mayores placeres que sienten los seres humanos es el de matar a sus semejantes.

Geoffrey Rush y Kate Winslet. Fotograma de la película “Letras prohibidas”, sobre Sade.
En Las 120 jornadas en Sodoma, por ejemplo, nos presenta a dos de sus personajes principales, a dos de los personajes poderosos que organizaron esta jornadas de libertinaje absoluto, el duque de Blangis, dueño del castillo de Shilling, donde se celebran las jornadas, y el banquero Durcet como seres que disfrutaron matando alguna vez a sus madres y esposas. Para Sade, el placer es la única experiencia que tiene sentido para los seres humanos; todos los medios y procedimientos son válidos para alcanzarlo, inclusive el crimen. Pues cuando los hombres matan a otros, tienen la posibilidad de vivir una intensa emoción placentera, porque entre mayor sea el daño y la destrucción que hagan de la vida de los otros, mayor será el placer que obtengan. Para él, esta es la ley natural fundamental de la existencia de los seres humanos, la ley que ordena y preside todos sus actos. Por eso George Bataille no dudó en calificar la obra de Sade en su libro sobre el erotismo como “una apología del crimen”.
 
Siempre he considerado que estos personajes no representan a la inmensa mayoría de los miembros de la especie humana; solo encarnan a aquellos que, despojados de toda normatividad moral y teniendo medios de poder como las armas, descubren que pueden disponer a su antojo, como un acto de perversa libertad, de la vida y de la muerte de otros. Cuando los hombres sienten que tienen el poder de decidir sobre la vida de otros que odian, o por lo menos que les son extraños e indiferentes, y que se encuentran inermes e indefensos, sienten al ejercer este poder un placer intenso. Ejercicio de este poder que trastorna por lo tanto sus mentes de modo severo, que los convierte en seres psíquicamente enajenados y ajenos a la condición natural de lo humano.
 
Este fue el caso de muchos miembros de las bandas armadas de los conservadores y liberales durante la época de la llamada Violencia de Colombia en los años 50 y de los grupos paramilitares que operaron en los últimos 35 años. En efecto, muchas veces los miembros de estos grupos después de matar a las personas escogidas disfrutaban enormemente descuartizando y despedazando sus cuerpos. Placer que brotaba del hecho de que sentían que al hacerlo no solo se deshacían de una persona que odiaban, sino que además creían asegurarse así, como creyentes religiosos católicos que eran, que al despedazar su cuerpo, nunca más podría su espíritu o su alma volver a esta tierra encarnándose de nuevo él para vengarse de la muerte violenta que le habían dado. Al sentir que ese enemigo lo hacían desaparecer para siempre usando este macabro procedimiento sentían el placer de desembarazarse definitivamente de alguien que estaría dispuesto y empeñado, si estuviera vivo, a matarlos.
 
Y este también es el caso reciente y conmovedor de los cuatro jóvenes yihadistas somalíes del grupo Shebad que masacraron a 148 personas, entre ellas 142 estudiantes de la Universidad de Garissa en Kenia. Los testigos sobrevivientes relatan que estos jóvenes criminales se divertían y disfrutaban con el pánico que suscitaban con varios de los rehenes antes de matarlas, haciéndolos moverse entre charcos de sangre que brotaba de los cuerpos sin vida de sus compañeros ya asesinados, y exclamado con alegría que este acto era para ellos “como unas vacaciones de pascua”.
 
De ahí que el motivo que esgrimieron para llevarlo a cabo, el de castigar con brutal violencia a estos jóvenes estudiantes habitantes de un país cuyo gobierno tiene desde hace varios años tropas en Somalia para combatir a este grupo islámico fundamentalista, además de no justificar de ninguna manera tan bárbaro y sanguinario acto solo disimula y complementa este placer que sintieron en ese momento al sentirse dueños y señores de la vida de estos jóvenes estudiantes kenianos indefensos e inermes. Y fue el último placer que experimentaron en sus gravemente trastornadas vidas antes de caer acribillados por los efectivos del ejército keniano cuando recuperaron el control de la universidad.
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