El placer propio (Cuentos de sábado en la tarde)

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Ni siquiera dudé; las cosas estaban mal pero no para tanto. Dije que no ahí mismo, una y otra vez; no y no y no. Atender a un cura ya era el colmo. Por mucho que me pagara, me parecía demasiado. Pero, al final, su voz me convenció.

Para la cita me puse un vestido azul oscuro, de cuello alto y mangas largas, que me quedaba por encima de las rodillas. Antes de ir, a eso de las dos de la tarde, me fumé uno de los últimos porros que tenía. Me lo fumé entero. Necesitaba calmarme.

Esto era pasar un límite.

Estaba más nerviosa que siempre, y este siempre mío huele a muslos de hombres, a látex, a las monedas con las que los más pobres completan su pago; a sudor de pelo grasoso, a cojín de carro viejo, a puño en la cara. Pero este siempre, ese siempre mío, en ese momento, no me servía de nada. ¿Estaba vendiendo algo más que mi cuerpo? No sabía que aún fuera capaz de creer en Dios.

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Mi ánimo cambió en la iglesia. La encontré vacía, sin nadie en la entrada y la única luz venía del altar. Avancé muy lentamente, escuchando el eco de mi taconeo, por uno de los pasillos laterales hasta llegar a las bancas de adelante. El olor a cirio encendido llenaba el lugar. Reconocí el cuerpo casi desnudo de Cristo y me quedé mirándolo, ya no con ojos de niña que reza, sino con antojo y gusto de mujer grande. En cada extremo había una puerta. Ambas eran de color verde. Toqué la del lado del pasillo por el que iba pero no me abrieron. Crucé hasta la del otro extremo y allí no hubo espera: un hombre trigueño, bajito y arrugado, de pelo muy blanco me abrió:

- ¿Luna?

Cerró la puerta detrás de mí y creo que se quedó mirándome. Me hablaba sin dejar de sonreír.

- Yo soy el sacristán. El Padre está en esa oficina — señaló la puerta.

Me sentí intimidada. Vulnerable. Descubierta.

¿Tendría los ojos rojos de tanta bareta? ¿Esto tenía que ver con lo del foro de internet?

El piso se me fue y experimenté con pánico ese vahído. Inmersa en la desorientación entré en la oficina. La taquicardia me secó la boca; vi manchas.

- …qué cumplida, Luna — su voz, en persona, era más grave.

*

Yo estaba a oscuras por el mareo; consciente pero sin poder ver nada. El padre se acercó en silencio, me tomó de la mano y me acomodó en el sofá. Vi sus manos bonitas. Se sentó conmigo. Quedamos cerquita, muy próximos. Yo con su voz casi en mi boca.

Su rostro apareció por partes.

Ojos negros, piel oliva y pelo crespo. Delgado, ojeroso y sin barba. Sus labios eran delgados. Su sonrisa, constante.

- ¿Ya? — era esa hermosa voz grave.

No sabía cómo actuar ni desde qué momento empezar a contar la hora por la que me iba a pagar. Quería irme, salir, despertar de la pesadilla. Lo único que podía hacer era acabar rápido con esto. Temblando, aún mareada, viendo manchas, busqué en mi nuca el cierre del vestido y me lo abrí hasta la cintura.

- No, querida…

Liberé mis senos y se los ofrecí a sus ojos.

- Solo quiero un masaje.

No evitó mirarme y me habló con una tranquilidad intimidante, novedosa para mí.

- Usted tiene un cuerpo muy llamativo pero solo quiero un masaje. Yo le pago dos horas.

Se dio cuenta de que yo necesitaba una explicación.

- Es que tengo una operación la próxima semana… y quiero llegar bien relajado.

- ¿Y con un masaje tiene para relajarse? —no le creía.

- Sí.

- ¿Y por qué? Yo no soy tan buena haciendo masajes. ¿No le provoca alguito más?

- No necesito nada más.

Se descamisó dándome la espalda.

El padre no tenía cuerpo de curita de parroquia sino de hombre. Era peludo de las manos a los hombros, y la tersa piel de su espalda olía a jabón de avena. Acostado boca abajo, conmigo sentada sobre sus nalgas, esbozó una imprecisa sugerencia, pero decidí hacerlo a mi modo. Antes del primer roce, él ya estaba erizado. Yo también.

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*

En la web hablan de cada una de nosotras. Los clientes nos catan y, de manera anónima, publican cómo la pasaron. Los lectores se basan en esas reseñas para tomar una decisión; una decisión de consumo, por supuesto. Nosotras somos las que más seguimos esos foros y nos sorprendemos con horror: nadie se pregunta por la apariencia de quien escribe, ni hay debate. Suponen que somos incondicionales, de ánimo invariable, sin altibajos ni preferencias.

Entre nosotras, sin conocernos, nos protegemos de la exposición; no es que seamos amigas, no es que nos importe la otra, sino que cuidando de la del lado, nos estamos cuidando a nosotras mismas: lo que le pasó a ella, me puede pasar a mí.

Una tarde un número extraño me llamó al celular, no al del trabajo, sino al personal, al que me llama mi familia. Contesté. Era una de las chicas.

- Luna. Con Deborah. Mirá que te cataron— me avisó — leé la nota y por favor intentá recordar quién fue.

*

…"Definitivamente es la de las fotos. Blanquita y rica, pero es bajita y medio gordita. Buenas tetas, eso sí. Atiende rico pero NO repetiría. Mira mucho el reloj y no humedece naturalmente y se le nota que no pasa bueno. No se viene".

Otros usuarios habían respondido:

“Sí. Totalmente de acuerdo. Es buen cuerpo pero mala actitud”. “Yo tampoco pasé bueno. Tuve que acabar con la mano”.

“No es que sea un robo, pero lejos de recomendarla. No se viene”.

Con el llanto cargándoseme adentro, recordé la noche en que me encontré con una amiga del colegio y me contó que era azafata desde hacía tres años. Mi reacción fue preguntarle si alguna vez, durante alguna turbulencia, creyó que se iba a morir.

Se rió:

- Eso no pasa, Caro— me dijo.

Yo a lo largo de dos años había atendido a un centenar de hombres; uno que nunca volvió me preguntó si alguna vez yo había sentido miedo de algún cliente.

Me reí:

- Eso no pasa, hermoso— le dije.

Pero cuando leí la reseña, no solo sentí miedo de algún cliente: sentí miedo por ser una inútil. Me vi y no vi a una mujer: vi a una niña mediocre y sin talento alguno, incapaz de alcanzar un orgasmo con un pene metido dentro de su vagina, y tan insensible como aquel cliente que debía acabar con la mano. Me sentí desamparada, enana y con un par de tetas grasosas que me colgaban, desparramándose sobre mi barriga: “Bajita y medio gordita”, recordé la reseña.

“El fuego quema—pensé— ni para esto sirvo”— y lloré.

Durante días estuve echada viendo programas de viajes y de animales. Apagué el celular de clientes y fumé. El jíbaro me atendió a domicilio. Me dediqué a recoger mis pedazos de conciencia, a no preguntarme de qué iba a vivir. Pensé en ir al pueblo, en llamar a mi papá, pero no. Esta era la gran ciudad: no iba a retroceder. Me propuse ahorrar pero no estaba acostumbrada y fracasé. Pronto me quedé sin dinero. La situación se mezcló con la abstinencia.

Subí un par de fotos nuevas a la web, prendí el celular y esperé – no pensaba. Fue cuando el padre me llamó.

Sea como sea, tengo que comprar baretica— me dije.

*

En la espalda se acumulan nudos. Hay unos muy gruesos, muy apretados, alrededor de los omoplatos. Justo al lado de la columna hay otros que traquean cuando se soban. Entre las costillas, en los costados, también hay tensiones, dolores que casi se pueden tocar, bolitas que uno debe aplanar y esparcir como plastilina amontonada. Por muchos motivos pasa esto, pero se pueden resumir en un solo: el hecho de vivir. No hay cómo evitarlos por completo y son normales. Pero los del padre Mejía eran insólitos. Su espalda estaba mal: de la nuca al sacro, todo le sonaba. Yo sentía reventar esos amarres debajo de mis manos. En el momento en que le presioné cerca de los montes que hay detrás de las orejas, se quejó y me cogió el muslo. No me apretó, pero con solo poner su mano arribita de mi rodilla, me sentí bien agarrada.

- Más suave, por favor.

Yo intenté seguir pero no podía dejar de mirar su mano en mi pierna, parcialmente oculta debajo de mi vestido. Para disimularle los nervios, me levanté por el aceite, pero cuando estuve encima de él, de nuevo, me tocó el muslo.

- Caliéntalo primero en tu mano— me dijo.

Mientras lo aceitaba, miré alrededor. Era un lugar tan ordenado, tan tranquilo. Ni rastro de teléfonos, ni computador. Las persianas entreabiertas; un par de bonsáis junto a la ventana. Los libros parecían tener mil años pero no me intimidaron, porque era como si estuvieran de pie, sonriendo y soñando a ojo cerrado. La luz era reposada, muy natural, y se respiraba un aire bueno, inocente, como de madera dulce. Jamás había sentido tanta calma y tanto bienestar. Todo estaba bien. Serenamente bien. Sobando al padre subía por mis brazos una mejor energía. Sentí frío adentro, pero al mismo tiempo, un hormigueo caliente por toda la espalda; sentí también debilidad, una llevadera debilidad que me concedía apenas las fuerzas suficientes para seguir y tomar aire, contenerlo y botarlo, volviéndolo un sonidito acompasado que venía desde el interior de mi pecho, desde un rincón inexplorado de mis entrañas, desde ese abismo que ahora pareciera estar llenándose de cálidos latidos. No sé en qué momento empecé a sudar, pero las dos o tres gotas que alcanzaron a caerle al padre, no le molestaron ni le dieron asco sino que lo hicieron sonreír. Yo reaccioné mezclándolas con el aceite, haciendo cada vez más fuerte el masaje y mi balanceo. Estaba muy bien apoyada y comprobé que ya no podía parar y que él tampoco me iba a frenar; su mano seguía en mi pierna, el sofá no hacía el menor ruido. Entonces no fui capaz de tener los ojos abiertos. La traba ya no era mareo sino mar Caribe a las cinco de la tarde, plenitud, calorcito, sensación de descanso. De abajo hacia arriba una suerte de espuma me venía llenando y ya me iba a rebosar. La cabeza fue un peso que dejé caer y fue como si alguien hiciera llover agüita tibia sobre mí. “Ay”. Temblé. “Dios mío”. Fui un pobre hielo sobre la paila caliente. No quedó nada de mí; el sofá en ningún momento sonó.

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*

- ¿Estás bien? — era esa voz grave.

Encalambrada, me derretí sobre sus nalgas. Sin que me lo pidiera, con mucha dificultad, me le bajé de encima, escurriéndome, desmayada, temblando como un ternero recién nacido.

- Si quieres puedes fumar—dijo.

- Ay… perdón— a duras penas me salía la voz. Seguía con los ojos cerrados, sintiendo las réplicas del sismo. Los latidos en mis entrañas.

Con la camisa abierta, fue hasta el escritorio y trajo pañuelos húmedos.

- Cada cual se las arregla como puede— rió.

Recibí los pañuelos.

- Al menos este pantalón es negro.

Me quedé mirándolo. Él sabía que yo necesitaba otra explicación.

- Gracias. Ahora estoy más tranquilo— fue lo único que me dijo.

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