El poder de un poeta

A sus 80 años, el poeta sueco Tomas Tranströmer recibió el reconocimiento que sus compatriotas reclamaban desde 1974. Una enfermedad cerebral sufrida en 1990 no le ha impedido convertirse en un escritor esencial.

“Entonces llega el derrame cerebral: parálisis en el lado derecho / con afasia, sólo comprende frases cortas, dice palabras / inadecuadas”. No hablaba de él. Más bien retrataba a alguno de los personajes que, en su contemplación, había adivinado para sus poemas. No hablaba de él, porque para 1974, año en que el poeta sueco Tomas Tranströmer escribió estos versos, aún su cuerpo sabía defenderse con eficiencia entre el lado derecho y el izquierdo; aún su palabra podía ser oída con claridad.

 

“Entonces llega el derrame cerebral: parálisis en el lado derecho / con afasia, sólo comprende frases cortas, dice palabras / inadecuadas”. No hablaba de él. Más bien retrataba a alguno de los personajes que, en su contemplación, había adivinado para sus poemas. No hablaba de él, porque para 1974, año en que el poeta sueco Tomas Tranströmer escribió estos versos, aún su cuerpo sabía defenderse con eficiencia entre el lado derecho y el izquierdo; aún su palabra podía ser oída con claridad.

 

Sin embargo, sí escribía sobre él, se anticipaba a la vida y sus designios y de alguna manera volvía sus poemas escritura con poder. En 1990, una enfermedad cerebro-vascular paralizó la mitad derecha de Tomas Tranströmer y desde entonces la responsabilidad de hablar de la naturaleza, la muerte, la historia y la vida cotidiana, la responsabilidad de escribir sobre esos temas que tanto inquietan a los poetas suecos, quedó por entero sobre su mano izquierda.

 

Es esa mano que lo guía en el bastón, que su esposa Mónica roza con cadencia y que es hábil en las notas del piano, la que fue celebrada ayer. Dignificada —no sin paradoja— como una de las más diestras de la poesía. La que recibirá el Premio Nobel de literatura 2011. “Mediante imágenes densas, límpidas, nos da un nuevo acceso a la realidad. La mayor parte de la colección poética de Tranströmer está impregnada de ahorro, de concreción y de metáforas expresivas, y en sus recientes obras tiende a un formato aún más reducido y a un grado aún mayor de concentración”, fue el reconocimiento que hizo ayer la Academia en su acta al poeta que otros escritores han calificado como uno de “los esenciales de nuestro tiempo”.

 

Tomas Tranströmer publicó su primera antología a los 23 años. La literatura no le había sido esquiva. Apenas siendo un estudiante de psicología veía publicados sus 17 poemas en la editorial más prestigiosa del país escandinavo. Los había escrito entre clases y obligaciones científicas, porque había decidido que la psicología llevaría la plata a casa y le daría la libertad para escribir. Eso reclamó siempre para sí, sin importar las circunstancias, 10 minutos de silencio, de soledad poética cada mañana. Aún hoy los reclama, aunque a sus 80 años el tiempo se ha vuelto blando y la demanda de soledad, una lucha ínfima cuando tiene que enfrentarse a la enfermedad y a la desaparición lenta de su palabra.

 

Hijo de una maestra de escuela y de un periodista, Tranströmer fue entrenado en el buen uso del lenguaje. Descubrió la complejidad del sueco y desde muy joven empezó a leer a algunos de sus compatriotas, que simplificaban las maneras del enrevesado idioma para que pudiera conquistar otros territorios. Así lo replicaría él. Demostraría que las lenguas son fronteras franqueables y que sus medusas, sus navíos y flores de funeral podían ser traducidos a medio mundo. Hoy, 50 lenguas lo leen y, gracias a la amistad con el poeta Robert Bly y con el traductor uruguayo Roberto Mascaró, esa naturaleza que describe con peculiar musicalidad, indagando en ella los misterios del alma humana, ese misticismo que escribe como si se tratara de oraciones laicas, son leídos en inglés y español con efervescencia.

 

Seis años después de la enfermedad y su retiro impuesto de las letras, Tomas Tranströmer volvió a la literatura con la antología Góndola fúnebre, de la que se han vendido 30.000 ejemplares. Sus más recientes publicaciones han sido El gran enigma, una antología de 45 haikus, El cielo a medio hacer, traducida el año pasado al español , y Deshielo a mediodía.

 

“Mis primeros poemas fueron más complejos formalmente y muy complicados de traducir. En los poemas más recientes hay más complejidad, no de forma pero sí de contenido, porque contienen más experiencia. En ese primer libro, 17 poemas, era muy joven y estaba muy interesado en la relación con la naturaleza y la infancia, pero ahora tengo muchas otras cosas por las que he pasado”, admitió hace algunas décadas el poeta, premiado con 1,1 millones de euros, que ha hecho de su escritura una manera de desentrañar en cada uno de sus poemas la vida de cada uno de sus lectores.

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