El poder político del cine de lo “real”

Susana de Sousa es una de la invitadas internacionales a la Muestra Internacional Documental de Bogotá de este año, que exhibirá 90 películas en 15 espacios de la ciudad.

"Luz oscura", "El cuarto reino" y "La madre de las madres", son algunos de los documentales de la muestra. / Cortesía

Se podría afirmar que una de las razones para diferenciar al cine documental del cine de ficción es que el primero se basa en la realidad histórica antes que en mundos imaginados para su realización.

Sin embargo, esta razón de divergencia podría venirse al suelo si aceptamos que al igual que el cine de ficción, el de no-ficción, o documental, también narra algo, y al narrar hay una construcción, una interpretación de una realidad. De esta manera, la traslúcida línea entre la ficción y la no-ficción se diluye y abre al debate.

Pablo Mora es uno de los organizadores de la 19 Muestra Internacional Documental de Bogotá (MIDBO)  que este año se realizará del 30 de octubre al 5 de noviembre en distintos espacios entre salas de cine, universidades y otros lugares no convencionales como la calle o cárceles de la ciudad.

Mora afirma que el documental tiene una aspiración equivocada de ser un documento de la realidad al tratar de ser “objetivo”, imparcial, etc. De lo que se habla cuando se habla de documental “también es una narrativa construida, incluso aquellas formas de representación que aparecen como más objetivas, son construidas. Hablar de qué se representa y cómo se representa ha dado pie a un debate estimulante sobre qué es lo real, porque incluso podemos hablar de que la ficción también es real”, afirma Mora, quien además de realizador audiovisual se formó como antropólogo.

Y es que en un mundo donde lo hiperreal se presenta como dominante, es decir, aquello que vemos en imágenes fotográficas y audiovisualmente predomina sobre la realidad misma, parece que este tipo de formas de expresión como el documental estuvieran saturando ese espacio de la representación.

El documental es una ficción, pero no cualquier ficción. Es cierto que el documental también cabe dentro de lo narrativo y lo subjetivo, etc, pero no por ello significa que no sea legítimo. El documental construye verdades así sean desde el punto de vista del autor o un grupo que se representa o autorepresenta colectivamente”, asegura Mora.

La verdad que se narra a través de esa “ficción” del documental llega  a veces incluso a ser más potente que muchos reportajes periodísticos que intentan ser “objetivos”. La MIDBO por ello ha apuntado a ser, además de un espacio de exhibición documental, un lugar de encuentros críticos y reflexivos frente a las obras y frente aquello que llamamos como “real”.

“Este año en el seminario Internacional que se organiza en el marco de la MIDBO que se llama Pensar lo real, creadores. investigadores y el público en general pueden participar y aportar reflexiones acerca de las obras que se muestran o sobre los temas que se abordan. Este seminario no está dedicado a la industria, sino quiere ser más un núcleo de pensamiento”, afirma Mora.

Y es que la MIDBO, en vocería de Pablo Mora, está convencida de la acción que produce un documental: “es decir de la relación entre la política y la representación cinematográfica. El cine es político por naturaleza y lo que queremos es, desde la perspectiva de muchos creadores e investigadores, ahondar en esa relación”.

Mora añade: “El documental no es solo un “reflejo” o una versión de  la realidad, no es solo una cuestión de representación. La relación con la política tiene que ver con cómo esas obras son performáticas en sí mismas, es decir, producen comportamientos más allá de lo fílmico, producen acciones de muchas maneras, unas más impactantes que otras”.

Basta recordar lo que The Act of Killing (2012) del norteamericano Joshua Oppenheimer hizo remover y reflexionar a la comunidad internacional y a la sociedad indonesia sobre cómo percibían y narraban su pasado. En el mencionado documental se cuestiona la historia narrada por los vencedores. Sus actos, que se disfrazan de heroicos y valientes, se develan como crueles e inhumanos, perfumados por la danza macabra de la estigmatización del otro, del comunista, como el mal a derrotar.

En Colombia, el empoderamiento de la representación se ha hecho por parte de comunidades que también han sido excluidas de los cánones de la representación occidental. “Por ejemplo las películas que hacen los indígenas de la Sierra Nevada sobre las mujeres sabias de su comunidad, de alguna manera transforman el comportamiento colectivo de esas comunidades. Al reivindicar a sus mujeres empiezan a empoderarlas otra vez. Allí hay algo que activa, moviliza y transforma”, asegura Mora, también editor e investigador del libro Poéticas de la resistencia (2012).

La MIDBO cuenta con el espacio Espejos para salir del horror, dedicado a las narrativas de la guerra y el conflicto. “Este año, este espacio lo componen obras nacionales. Pero es curioso que a pesar de ser un país en conflicto, en Colombia no tengamos muchas obras que hablen de ello”.

¿Qué pasa con las narrativas del conflicto colombiano? “Es hora de que reflexionemos sobre cuál va a ser la memoria que le vamos a dejar a las generaciones sobre las narrativas del conflicto narradas desde el documental”, reitera Mora.

Y es que parece que la aparente imposibilidad o escasa producción documental sobre el conflicto se debe a que aún vivimos en una etapa tardía del mismo. Abrir el espacio de lo audiovisual para narrar el conflicto se presenta como un imperativo de una sociedad que quiere reconciliarse y reflexionar sobre su historia, “pero también sobre el posconflicto. Este año en particular nuestra pregunta ha sido ¿que vamos a narrar de aquí en adelante? Por ello hemos invitado gente que no proviene de los cánones tradicionales del cine, sino del cine comunitario, del cine de las regiones, del cine indígena, otros cines que proponen la soberanía audiovisual de las poblaciones pero que también reflexionan sobre cómo ellos han vivido el conflicto”, asegura Mora.

¿Cómo narramos y por qué narramos lo que narramos? Son quizá algunas de las preguntas alrededor del poder político del cine pero también de su transformación y transgresión estética.

Existe sin duda un peligro constante sobre que esto se vuelva mera diversión y espectáculo: “Lo que no queremos es espectacularizar. Aunque somos espectáculo y somos otra opción de cine, no hay un afecto especial del público colombiano por el cine de lo real. A veces ese cine de lo real produce malestar, que puede entenderse como dañino o como catártico. No sé cuál sea la respuesta pero creo que ética y políticamente hay que fortalecer y visibilizar esas narrativas”, afirma Mora.

No hay que desconocer que el interés por parte de realizadores y espectador ha tenido un crecimiento, aunque discreto, en el país. Amazona (2017), de Clare Weiskopf; Todo comenzó por el fin (2015) de Luis Ospina; Señorita María (2017), de Rubén Mendoza; Paciente (2015), de Jorge Caballero, son muestras recientes de un cine documental en crecimiento y apoyado publicitariamente.

Pero Mora asegura que “existen también otras películas no muy conocidas con igual o más valor que proviene de esos cines emergentes, de estudiantes y de comunidades, de poblaciones como la indígena. Al tomar un cámara los sujetos y comunidades ponen en tela de juicio la insuficiencia y los vacíos de la representación experta sobre su mundo, ellos quieren dejar de tener un mediador”.

Esto muestra cómo la trasgresión de los estético a veces es también una transgresión en lo político, es decir, la trasgresión sobre formas dominantes de ver, percibir y sentir el mundo, a nosotros mismos y a los otros.

La MIDBO deja ver también ver la preocupación por los espacios. Los espacios donde se crea y filma, pero también los espacios donde se exhibe el cine. Este año, la muestra documental tiene un espacio dedicado a la Colombia que nos permite explorar el posconflicto. Colombia Bio es una serie documental apoyada por las expediciones científicas de Colciencias en regiones donde el conflicto fue crónico e impedía su accesibilidad.

Pero también, la MIDBO fractura el lugar tradicional de exhibición del cine, no sólo exhibiendo en cárceles, lo cual muchas otras iniciativas lo han hecho, sino también a través del llamado Documental expandido. “No son obras para una sala. Son una nueva forma de vincular al público con el documental. Son obras que dejan de ser monocanal y son instalativas. Hay performances y musicales en vivo con representación documental. Pero también el docuweb, donde la internet misma nos muestra cómo la tecnología ha cambiado la forma de narrar misma”, afirma Mora.

Narrar y exponer desde otras formas estéticas, pero también desde otras miradas parecen importantes factores en la formación de identidad y memoria colectiva de una nación, sobretodo en sociedades que, como la colombiana, necesitan despertar del horror de la guerra y empezar a comprender no sólo qué pasó, sino qué hicimos y qué queremos ser.

Esta edición de la MIDBO se vuelve un escenario constructivo para este tipo de reflexiones, sobre todo en torno a cómo la imagen en movimiento se vuelve un espejo sobre aquello que nos cuesta aceptar.

La MIDBO revela así el poder del documental: la narración de realidades. Construidas o no, la realidad que muestra el documental nos permite cuestionar formas en que percibimos, vemos y sentimos, pero también la imagen se reivindica como una forma de política y de conocimiento.

Más información sobre la programación de este año http://www.midbo.co/

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