El pornógrafo de las flores, los lazos y la muerte

Exposición de Nobuyoshi Araki en el Museo Nacional de Artes Asiáticas de Francia, o cómo el “bondage” dejó de ser pornografía para convertirse en arte.

Gracias al premio Taiyo que recibió por una serie de fotografías de adolescentes, Nobuyoshi Araki se estableció como fotógrafo independiente. / Cortesía

De Nobuyoshi Araki suele decirse que sus flores hacen pensar en sexos femeninos. No es que la metáfora sea nueva, pero al ver, con la boca abierta, sus fotografías, el espectador tiene la impresión que los pétalos se abren para su lente y los pistilos se inflan orgullosos.

Menos frecuente es que se diga que los sexos de sus mujeres hacen pensar en flores, que en ellos hay una invitación a sentir el aroma, pero también, como muchas de esas mujeres están atadas, la impresión de que la belleza no durará hasta el momento siguiente. Por esa capacidad de extraer la sensualidad a partir de una restricción casi sádica en el movimiento, su trabajo ha sido comparado con la pintura Ruggiero rescatando a Angélica de Ingrès. Por reflejar la belleza a partir de la naturalidad brutal de un sexo de mujer, lo han puesto al lado de El origen del mundo de Coubert.

“Sus flores son más pornográficas que sus desnudos”, dice Sophie Makariou, ex-conservadora del Museo del Louvre y actualmente presidenta del Museo Nacional Guimet de Artes Asiáticas, que dedica una exposición retrospectiva al fotógrafo japonés. No hay nada despectivo en el uso de la palabra “pornográfica” para hablar de la obra de Araki y la exposición se inscribe en la línea de abrir el espacio de los grandes museos franceses a fotógrafos cuyo trabajo ha sido por momentos considerado pornográfico. Araki en el Museo Guimet es la continuación de las exposiciones retrospectivas de Robert Mapplethorpe y Helmut Newton en las Galerías Nacionales del Grand Palais: el primero fue el gran cronista del surgimiento de los movimientos queer y BDSM en Norteamérica; el segundo, si no el inventor, el más grande exponente del “porno-chic”. Jérôme Neutres, curador de las tres muestras, define a los tres como “fotógrafos de ese oscuro objeto del deseo”.

“Las mujeres atadas son la firma de Araki”, dice Neutres, quien explica que el artista prefiere el término kinbaku a bondage, mucho más popular en Occidente. A pesar de que el término hace pensar de inmediato en los juegos de dominación/sumisión, y Araki no niega que “los lazos tienen un componente que lleva hacia la relación amorosa o el acto sexual”, Neutre insiste en que “no hay en sus rostros ningún gesto de sufrimiento. Tampoco de éxtasis. Más allá de un juego sexual estamos frente a un verdadero lenguaje artístico”.

Fotografiar siempre, fotografiarlo todo

Sin negar la importancia del kinbaku y la “pornografía de flores” en el trabajo de Araki, Neutres y su equipo buscaron presentar una muestra con vocación antológica del abanico de campos en los que ha incursionado el artista japonés. La muestra reúne cerca de 400 fotografías: un trabajo de síntesis monumental para la obra de un hombre que, como recuerda Neutres, “te habla, ríe y de repente interrumpe la discusión, saca su cámara, apunta y te hace un retrato”.

El primero de esos retratos fue, así lo ha contado a veces Araki, el de su padre muerto. Luego, Tokio se convirtió por varios años en su sujeto predilecto. En 1964, mientras trabajaba para la agencia de publicidad Dentsu, una serie de fotografías de adolescentes en los barrios de la ciudad le permitió ganar el premio Taiyo, un reconocimiento que ocho años después lo llevaría a establecerse como fotógrafo independiente.

El amor de su vida

“Descubrí a Araki en el 98, cuando di por casualidad en internet con sus fotos de una mujer rapada suspendida sobre un acuario. Por años tuve esa foto pegada con una tachuela en mi habitación”, explica Jessica Rispal, fotógrafa y directora del magazín erótico-pornográfico Le Bateau. “Hoy en día hago bondage y esta exposición me ha tocado profundamente, porque entendí cómo él ha sido una influencia mayor. Lo más impactante es el lazo tan fuerte como su mujer. Cómo al multiplicar las imágenes insignificantes, uno siente toda esa energía de vida y de muerte”.

Araki y Yoko Aoki se casaron en 1971. El libro Viaje sentimental, construido a partir de fotografías de su luna de miel, marcaría un estilo entre el documental, la autoficción y el retrato trabajado, que, sin dejar de explorar otros caminos, el artista no abandonaría en las décadas siguientes hasta Viaje de invierno, de 1980, donde explora cómo un cáncer de ovario se va instalando en la vida de los dos. Allí donde dieciocho años atrás Yoko aparecía desnuda, vestida, en el jardín, en un barco o en medio de un orgasmo, la mujer aparece débil, primero jugando con Chiro, el gato de la pareja, o cantando con un grupo de amigos. Luego aparece la imagen de la sombra de las flores que Araki lleva al hospital, las manos de los dos entrelazadas sobre la cama de un cuarto de cuidados intensivos. Luego, el rostro rodeado de flores. La entrada en el horno. Chiro paseándose entre los retratos de la difunta y la urna con las cenizas, junto a la cual está, impecablemente blanco, el huesito de la tráquea, lo único que queda después del crematorio.

Ese hueso que no se quema se llama en japonés nodobotoke: “el buda en la garganta”.

Ser japonés y no serlo

Viaje sentimental y Viaje de invierno son dos de los libros cuyas fotografías se presentan en gran formato en la exposición. Otro es Comedia de Tokio, en el que Araki contrapone imágenes de mujeres atadas con otras que en apariencia nada tienen que ver (un pez, un techo industrial), pero que terminan por realzar la belleza de sus modelos entre cuerdas a través de un humor negro del más negro. Por la manera de componer sus exposiciones y libros de arte, Araki suele considerarse un narrador, y esto mucho más allá de la metáfora gastada de que un fotógrafo “escribe con luz”.

“Sus obras completas, si hubiera manera de reunirlas, harían palidecer de envidia por sus proporciones al más productivo de los novelistas, al más prolífico de los poetas, al más fértil de los filósofos”, opina Philippe Forest, autor de la biografía Araki, el hombre que vivió sólo para amar. Su apreciación está respaldada por las cifras: Araki ha publicado más de trescientos cincuenta libros.

“Es un tipo que piensa con el dedo. Sus imágenes son como las flores de hibisco que en un instante pierden su frescura despreocupada y se convierten en símbolos blancos e inmóviles del duelo”, dice Michael Lucken, profesor de artes japonesas en el Instituto Nacional de Lenguas y Civilizaciones Orientales de París.

El más reciente álbum de Araki, Chiro, al amor y la muerte, es una colección de fotografías de su gato.

“¿Araki, un fotógrafo japonés que sólo puede ser japonés? Nada más incierto. Puede que quiera hacérnoslo creer para hacernos caer en una forma de exotismo contemporáneo”, dice Makariou. “Así, por ejemplo, oscila entre el supuesto orden riguroso que nos imaginamos tan japonés y sus composiciones caótica hechos con fotografías polaroid”.

Sin embargo, como lo sugieren las estampas japonesas de finales del siglo XIX de la colección del museo que se exponen junto a la obra de Araki, el artista no deja de inscribirse en una tradición propia de la cultura japonesa.

“Los campos que aborda son una transposición al mundo contemporáneo de lo que los artistas han explorado en el pasado: el paisaje, las naturalezas muertas, el cuerpo y las escenas de vida cotidiana”, dice Jerôme Ghesquière, responsable de la colección fotográfica del Museo Guimet.

Una de las estampas, fechada en 1870, fue incluso reconocida por el mismo Araki como parte de sus influencias. En ella se ve a un prisionero atado según las reglas del hojojutsu, el arte militar japonés de amarrar los prisioneros, de tal manera que no sólo se les impida el escape sino que la humillación sea proporcional a su rango.

De allí parte Araki para las mujeres atadas, pero es el primero en romper los códigos de posiciones, tipos de nudos y supuesta manera en la que las cuerdas “deben” fijarse sobre el cuerpo. Lo que busca es un efecto estético, lejos de la perfección. “A veces quiero tomar una fotografía perfecta, pero intencionalmente agrego una imperfección para evitar tomarla. La perfección es lo peor que existe”.

Polémico desde siempre, Araki se ha enfrentado tanto a los tabús japoneses como a los, muchas veces opuestos, tabús occidentales y sufrido la censura tanto en su país como en el extranjero.

“Las preocupaciones morales siempre aparecerán entre los que quieren condenar su trabajo, pero son menos útiles para el que quiere llegar a una comprensión de esa manera compulsiva de capturar la energía particular de Tokio. Con tal variedad de temas, los conceptos formales también son inútiles y la única clave para abordar el arte de Araki es él mismo”, dice C.B. Lidell, quien tuvo la oportunidad de entrevistar al artista para The Japan Times.

Araki parece ser consciente de ese rol de única clave posible, por eso, además de su voluminosa bibliografía, que junto con álbumes incluye ensayos y reflexiones, solía ser generoso a la hora de dar entrevistas. Lo de menos eran las contradicciones en las que caía y que no dejaba de asumir. En un punto siempre ha sido coherente: no ha hecho y no hará concesiones a lo digital, por eso, sabiendo que la producción de insumos para la fotografía analógica va en caída, ha dicho tener reservas de película fotográfica para todo lo que le queda de vida.

Que no será mucho, y él es el primero en decir entre bromas que ya tiene un pie en la tumba. Por eso a los setenta y seis años, y sufriendo de un cáncer de próstata que lo ha obligado a alejarse de la vida pública, su exposición se termina con Tokio Tumba, un proyecto de mausoleo en el que alrededor de un buda gigante se extienden las fotos de flores y calles de Tokio, de mujeres atadas y de centenares de polaroids de los cielos que no ha dejado de mirar pensando en Yoko desde que la muerte la redujo a esas cenizas que en sus fotografías se parecen tanto a un montón de nieve.

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