El precio de la vida (Relatos y reflexiones)

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Con la crisis del COVID-19 se puso de manifiesto una pregunta que ronda todo el planeta: ¿cuál es el valor de la vida en el mundo actual?

 

En este sentido podemos identificar con claridad dos tipos de sociedades: aquellas en las que se ha privilegiado un modelo capitalista desbordado que es viable para menos del 1 % de la humanidad, un sistema que no funciona (hecho que no solo se ha hecho visible a raíz de la pandemia) y del que Estados Unidos es perfecto ejemplo, y otras en donde el liderazgo, la ética y la razón priman por encima del capital y el interés privado. 

En las primeras ocurren cosas como lo que pasa en Nueva York: la cifra de muertos por el virus desborda la imaginación más catastrófica. En las segundas, ha sido notoria la mejoría y los signos de avance para erradicarlo: Alemania y la canciller Ángela Merkel, por ejemplo, lideran hoy día la visión más ética y humana sobre cómo afrontar el coronavirus.

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Pero esta coyuntura, por la que se han pronunciado toda clase de expertos, filósofos, sociólogos y científicos, nos debe llevar a pensar que la discusión de fondo tiene que ver con el concepto esencial de cuál es el valor que le damos a la vida y no solo en la actualidad, sino también antes de que el COVID-19 se propagara.

Colombia es un país que ha deshumanizado la vida, que ha visto los horrores más crueles de la guerra, una sociedad que ha presenciado masacres de pueblos enteros; una de las naciones más desiguales del mundo, donde guerrillas, paramilitares y ejércitos de diversos nombres han jugado con la integridad, la seguridad y la dignidad de todos. En Colombia la vida tiene precio y el precio es muy bajo.

No es de extrañar que sectores políticos hayan insinuado que son preferibles “algunas muertes” a que se pierda la economía. En este caso sabemos que en nuestro país quienes ponen la mayoría de los muertos son los más pobres y vulnerables, los marginados de siempre. 

¿Por qué? Las comunidades marginadas, esas que están por debajo de la línea de pobreza en Colombia, suman más del 50 % de la población. Esto quiere decir, entre otras cosas, comunidades con hambre, subalimentadas, con varios niños y madres solteras. Este virus que ataca el sistema inmunológico encuentra en estas a sus víctimas perfectas: cuerpos mal alimentados, mujeres y hombres sin servicios médicos de calidad, sin acceso a información ni a internet, distanciados de los centros hospitalarios y muchas veces rodeados por el conflicto interno. Vivir en Colombia es para estas poblaciones una ruleta rusa: si no las mata el coronavirus, lo hacen las disidencias de las FARC, o los neo-paramilitares, o el dengue o lo que más mata y lo que más duele, el hambre.

La deshumanización a la que hemos llegado me lleva a pensar en cómo han actuado ante esta situación dos de nuestros líderes, Iván Duque y Claudia López. Duque se ha volcado a salvar la economía o lo que él considera que es: la de los grandes capitales y los grandes bancos. Esto deja a la sociedad en una vulnerabilidad atroz una vez termine la cuarentena este 27 abril. 

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Duque ha tomado una decisión que terminará la vida de muchos colombianos, pobres en su mayoría. La única solución aparte de ampliar la cuarentena, es un plan de contingencia y subvención de la economía; se necesita salvar al país del hambre y para esto es fundamental que las fortunas más grandes de Colombia aporten una buena parte. 

Es un esfuerzo, pero si el Estado y los 20 empresarios más poderosos del país se unen, es posible. Solo librando a nuestra país del hambre, podremos sortear la crisis y salvaguardar la vida y el Estado de Derecho; el hambre puede hacer que nos desestabilicemos, otra vez. Pero Duque no tiene ni la visión ni la voluntad para hacer esto (quizás tampoco el poder). 

Por su parte, Claudia López nos ha mostrado otra manera de hacer las cosas, pero hay situaciones que nos tienen que cuestionar. El envío del ESMAD a Ciudad Bolívar fue un error gigantesco. El ESMAD es la representación histórica de la represión del Estado; Claudia, una mujer de luchas sociales, una mujer egresada de universidad pública, educada en la dificultad, no puede mostrar ese nivel de insensibilidad con las poblaciones más oprimidas de esta sociedad, con las que todos tenemos una deuda. Claudia es tímida en señalar que la política nacional nos está mandando a la boca del lobo y que hoy tenemos que ponerle un precio distinto a la vida. 

Esta crisis tiene que servir para que el pacto social cambie para todos; que empresarios, sociedad civil, pudientes, izquierdas y derechas, y todos los sectores entendamos que debemos lograr un Estado sólido en el que quepamos todos y en el que el valor de la vida sea lo fundamental.

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