El protagonismo del cine marginal en la Berlinale

El realizador colombiano Camilo Restrepo celebra el estreno mundial a sala llena de "Los Conductos" en la 70° edición del Festival Internacional de Cine de Berlín.

Camilo Restrepo, realizador colombiano quien creó "Los conductos ". Cortesía Berlinale

Camilo Restrepo se da por satisfecho. Los conductos acababa de proyectarse en el marco de la Berlinale, con los tickets agotados para la tarde del estreno, así como para las proyecciones sucesivas.

“Cuando comencé a hacer cine, lo presenté siempre en salas marginales”, recuerda el realizador con la calma de las horas después de la tormenta, “donde había cinco, seis y a veces hasta dos personas en el público, pero estaban allí”. Para el estreno mundial de su primer largometraje fueron 595 butacas ocupadas en la sala 7 del Cinemaxx de la Potsdammer Straße.

Los conductos, presentada en la nueva sección Encounters (encuentros) de la Berlinale, a la que Restrepo le da varios calificativos - “periférica, marginal, exigente”-, cuenta de Pinky (Luis Felipe Lozano), quien se interpreta a sí mismo en una ciudad colombiana donde hierve la desesperanza.

¿Cómo surgió la participación de Los conductos en la Berlinale?

A través de mis otros trabajos (los cortometrajes Tropic Pocket, Cilaos, La bouche, entre otros), los programadores de la Berlinale ya tenían una visión sobre lo que hacía. Cuando Carlo Chatrian asume la dirección artística del festival, crea Encounters, una nueva sección con películas que antes eran consideradas marginales, para darle a este cine más visibilidad y atención por parte de los espectadores, de la industria y de los medios de comunicación. Me parece que es totalmente laudable como esfuerzo, sobre todo porque son películas que están desafiando las narrativas y cánones habituales de producción y económicos, inclusive hasta de fronteras. En mi caso soy un colombiano viviendo en Francia, por lo que también es un cine periférico, que se hace desde afuera. Para mí es un honor, no porque se trate de un festival importante, sino porque en esta sección siento que por fin soy hermano cineasta como parte de una familia artística, outsiders que nos encontramos, así como también estoy compartiendo con realizadores que admiro.

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Prácticamente acaba de salir del estreno con público, ¿qué sensaciones tiene tras haber pasado por esa prueba de fuego?

Es la prueba de fuego, y además es el momento en el que uno descubre la película, aunque la hayas visto infinidad de veces. Como yo hice también la edición, la he visto probablemente 100 veces, pero ahora la descubro a través de los ojos de otros, y esta es la evaluación con la pregunta de si aprueba o no. Al crear un cine exigente yo no quiero espantar a mi público, le quiero obligar a que sean exigentes conmigo y con ellos también, que sea una audiencia atenta. Precisamente eso lo sentí durante la proyección, había un silencio total, intentando tal vez hacer el esfuerzo de seguir una narrativa que no es usual. Temía mucho que se fuera la mitad del auditorio durante la proyección, pero todos se quedaron hasta el final, y para mí ese es un gran logro.

¿De dónde vinieron sus ganas de contar en Los conductos una historia desarrollada en una Colombia apocalíptica?

No la veo tanto como una película apocalíptica, más bien representa la marginalidad en Colombia. Se trata del retrato de una persona que se interpreta a sí misma, que vive al margen de la sociedad por ciertas circunstancias, y que, al intentar vencer esas circunstancias, se dio cuenta de que mientras más luchaba, más se dirigía al margen. En la película se capta mucho la basura, que es como retratar la memoria de lo que debe desaparecer. Tal vez al filmar a Pinky y a jóvenes como él es darles la posibilidad de que no desaparezcan, y de decirles que esta Colombia sí tiene futuro a pesar de que muchos  sienten lo contrario.

¿Cuánto tiempo estuvo madurando la historia y cuándo sintió que era el momento para contarla?

Yo conocí a Pinky, el personaje principal, en el 2014, un año después fue mi asistente en una película que rodé en Colombia. Pinky posee una gran sensibilidad artística, tiene interés por el audiovisual, y como en aquella oportunidad  iba a rodar en sitios un poco arriesgados, era el asistente idóneo. La idea surgió en ese entonces, de nuestras conversaciones. Hice otros filmes, y durante todo este tiempo mantuve el contacto con Pinky, pero sentía que cada vez se iba más hacia la periferia, que se estaba perdiendo más en sí, que en algún momento lo perdería por un consumo de drogas abusivo, por recaídas depresivas, a causa de la marginalidad económica. Me daba mucha tristeza perder a mi amigo, y de que nuestra idea de hacer algo juntos no pudiera realizarse; en cierto modo nuestro proyecto era el imán con el que yo lo mantenía para que no se fuera definitivamente. Por eso me dije que ya era el momento, y en cuestión de tres meses estaba todo andando, filmamos durante 13 días en Medellín, en gran parte en el barrio El Salvador, un nombre que le va muy bien a la película; allí nos apoyó y acogió gente adorable.

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¿Qué percepción quisiera usted que tenga la audiencia colombiana de su película?

Yo lo único que le pido al espectador es que sea activo para intentar excavar en ese territorio y que entienda la película como una propuesta de un espacio que debe ser interpretado. Para mí el cine no es la realidad, al entrar a una sala de cine se convierte en el lugar donde abandonas la luz, tu cuerpo y la realidad, para entrar en una dimensión espacio-temporal diferente. Lo que encuentras puede revertirse en la cotidianidad, pero no entras allí en búsqueda de ella. Para mí ese es el gran peligro de muchas producciones latinoamericanas con esta vertiente realista que intenta ser el retrato de lo real, pero terminan siendo el estigma de la realidad.

Siendo una co-producción entre Colombia, Francia y Brasil, y además de ser un tipo de cine que no es comercial, ¿qué tan difícil fue conseguir el financiamiento?

No fue una financiación típica, hubo más un apoyo artístico. Todo comenzó con la gran voluntad de Felipe Guerrero (cineasta colombiano y fundador de Mutokino),

quien está haciendo una labor enorme por el cine, y de la productora Helen Olive, quien había producido mi película anterior. Yo no vivo del cine, por eso en lugar de comprarme un auto con mis ahorros, hago una película. Con la urgencia de Pinky, teníamos que empezar de inmediato, así que nos fuimos a filmar a Colombia. Después del rodaje nos quedamos sin dinero para revelar las latas (la película fue filmada en 16mm), entonces fue cuando entraron unos amigos brasileños (de la compañía If you Hold a Stone), así pudimos montar algo, se lo mostramos a Proimágenes, que nos dio el empujón final con el premio de las Coproducciones minoritarias. Es importante saber que el cine se puede hacer también con poco dinero, pero no se trata del pobre que vive muy feliz siendo pobre. Digamos que a veces uno es capaz de arreglárselas, y que otras se necesita un espaldarazo.

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Janina Pérez Arias

Cultura

El protagonismo del cine marginal en la Berlinale

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