Rafael Ortiz

El radiógrafo social de Cartagena

En estos momentos expone en La Balsa Arte, en Bogotá. La muestra está abierta hasta el 7 de octubre e incluye una reflexión fotográfica de su trabajo.

“Acción” hace parte de la obra ORQUIdeología. Rafael Ortiz

La exposición De un lado a otro muestra lo que ha hecho Rafael Ortiz a lo largo de su carrera. Recorriendo el territorio ha unido sus procedimientos creativos con el contexto de sus obras mostrando un proceso de mestizaje cultural. Al estar en nuevos espacios fuera de su ciudad natal, Bogotá, y al encontrar otras vivencias, ha utilizado el arte para no hacerse cargo de una obra simplemente, sino para darle un espacio en sus creaciones a las personas que no han encontrado cómo lograr que las escuchen.

Toda el trabajo de un artista tiene un trasfondo y una idea que lo acompañan para empezar algunas de sus obras. En Ortiz, la curiosidad por el arte empezó desde pequeño. Recuerda que cuando llegaba del colegio veía a su madre llenando de colores las porcelanas. Verlas a ella y a las alumnas que recurrían a sus talleres lo impulsaron para empezar en ese mundo, por eso la familia no recibió con asombro su anhelo de ser artista.

Cuando salió del colegio se fue a vivir a Europa. Allí se fue dando cuenta de que vivir en una sociedad que está permeada por el arte, no era suficiente. Aunque ese fue un paso grande que dio en su carrera, estudiar allá lo ayudó en su formación, pero siempre tenía en su cabeza seguir con la creación y producción en Colombia.

Nunca se consideró como un artista de taller que escogía una técnica que enmarcara su obra. La investigación y la creación de cada una de ellas lo ayudaba a encontrar ideas que iría desarrollando según la técnica que fuera necesaria. “Yo no es que sea sólo pintor ni escultor ni fotógrafo. Yo soy un artista y a través de los distintos medios como la instalación, la pintura, la fotografía o el video, decido utilizar el medio para comunicarme”.

Ortiz agradece haber tenido la academia como un refugio en el tiempo del narcotráfico en el país. Para él fueron muchos los artistas que se vieron obligados por la situación económica a vender sus piezas y, de la misma manera, fueron ellos quienes esquematizaban y creaban un imaginario de lo que podía ser arte para los colombianos. Para ese entonces, recuerda él, muchos de su generación entraron a estudiar y allí encontraron un espacio para la investigación, para aprender de otros procesos y para convertirse luego en curadores. La idea no era formarse unilateralmente.

En el devenir de los espacios que escogió para seguir realizando su obra, llegó a Cartagena, al barrio Getsemaní, en el año 2003. Fue la ciudad amurallada escondida, la inhóspita, la desconocida, la que Rafael Ortiz escogió para dar respuesta a los mil interrogantes que siempre han estado presentes en su formación como artista. Es entonces el arte de Ortiz aquel que se ve como radiografía social, que no juzga, no contempla, pero siempre va en busca de una verdad.

¿El ser vivo bajo toda circunstancia busca su espacio en el mundo? Quizá esa era una de las preguntas que quería responder Ortiz cuando llegó a la ciudad con la obra Adaptativa, en la que por medio de fotografías dejaba ver cómo las plantas crecen en lugares deshabitados y poco comunes. Asimismo, sigue buscando respuesta con El trabajo informal es propenso al ingenio. Allí establece un paralelo entre los vendedores estacionarios de la calle y su posibilidad de sobrevivir al mismo tiempo.

Mi primera vez nació de un taller de muñecas donde varios adolescentes denunciaban el turismo sexual en la ciudad y donde ellos, según el artista, demostraban con sus construcciones el imaginario o el prototipo de mujer que veía en los medios. “Cuando ellas realizaban el vestuario para las muñecas, cuando empezaban a crear el cuerpo de estas —que se suponía que eran ellas—, siempre las hacían rubias y no afrocolombianas, como realmente eran ellas. Se mostraban como esas chicas que ellas quisieran ser”.

Inmiscuido en el diario vivir de los cartageneros, dejó de comportarse como un investigador que sólo utilizaba a la comunidad para sus propuestas artísticas y prefirió convertirse en una herramienta que posibilitara cada día un desarrollo interno para ellos mismos. Para el 2007, en el marco del Congreso Internacional de la Lengua Españolar, nació en él cierto interés por entender las expresiones orales de los ciudadanos. Elaboró una obra llamada Aguantando cable, un diccionario donde se exponen las necesidades básicas de los cartageneros en su jerga popular. También Ortiz logra poner en escena diferentes circunstancias que pasan alrededor de la ciudad y quedan al descubierto por la intención de las personas dn denunciarlo por algún medio, en este caso por el arte. Algo así pasó con Destierro y reparación, una obra donde un grupo de mujeres desplazadas pudieron contar sus historias de dolor y tragedia.

Nutriéndose de las experiencias sociales y buscando una manera para darles la palabra a sus protagonistas, Ortiz se convirtió en ese vocero que más que hablar intenta escuchar y generar espacios para construir esas pequeñas muestras de arte. Así se creó también Usungulé, donde trabajó con la población de San Basilio de Palenque, y que traduce en su lengua natal “la admiración que despierta una persona por cómo baila, canta y camina. Fue muy bonito este proceso, porque era llegar a una comunidad que no tiene un lenguaje visual incorporado de su cultura. Ellos utilizan su baile, su música, que son al fin de cuentas formas muy bellas de comunicarse. Pero de ahí a que lleguen a pintar o dibujar, es otra cosa. Ellos sienten que se les está hablando de otra cosa”.

En estos momentos, Rafael Ortiz expone en La Balsa Arte, en Bogotá. La muestra está abierta hasta el 7 de octubre e incluye una reflexión fotográfica con la reactivación de sus proyectos, donde se muestra su diversa producción formal y conceptual.

El año pasado, Ortiz regresó a la pintura luego de un receso de 10 años. Retomó un tema recurrente en las distintas aristas de su carrera: su interés por las plantas. El trabajo actual, que cobija pinturas, dibujos y acuarelas, se titula ORQUideología, un eco del romanticismo del siglo XIX, donde deja ver la inestabilidad de la razón en un mundo tan convulsionado como el de ese siglo.

La conclusión parecería ser que, ante sus obras, lo mejor es buscar hacia adentro, retornar al cultivo del espíritu y fomentar lazos fuertes y profundos que lo releguen al mundo natural. La consigna secreta es que el entorno y su complejidad se van moviendo hacia donde camine el artista, quien responde deambulando “de un lado a otro”, como se titula una pintura que acompaña su muestra más reciente.

Temas relacionados

 

últimas noticias

Las formas de un arte espiritual

Arrendado

La pureza de lo artesanal