El radionauta de la noche

Hace un año murió el periodista, teatrero y locutor que entrevistó a Borges. Perfil.

Antonio Ibáñez, el periodista noctámbulo, llamado por sus colegas El caballero de la noche, falleció exactamente hace un año, el 30 de agosto de 2010, en Bogotá. La periodista Lida Marcela Pedraza Quinche lo entrevistó varias veces durante los dos últimos años de su vida. El siguiente texto es producto de esos encuentros. Una voz irrumpe: “Todelar pentacontinental, desde las cabinas biceleste, el universo de la radio. Emocionado queridos oyentes porque todas las noches estamos viviendo por ventura sensaciones nuevas, en este caso sociales e intelectuales.  Estoy acariciando un maravilloso libro de 2009: Entre aquí y allá. Las familias colombianas transnacionales, que trata de tres damas colombianas a las que les preocupa la situación de la humanidad en diferentes geografías de la tierra.  La señal, el sonido, el tono acústico de este programa lo podemos escuchar a través de la dirección en la red triple w todelar punto com.  Nos reunimos para aprender, gozar y divertirnos. 
Saludo a mis compañeros con mucho placer.  Estamos en contacto too-delar, comienza la radio rochela en el lar nocturno.  Tecno todelar Cali Wilson Gallego, producción radio Julián Garzón, Camilo Reina; promoción Z básica Jhony Arredondo.  Acompaña la consola y la digitaliza Jimy Riaño. Voces femeninas, alas, nocturn-hadas iluminadas: Mónica Rodríguez, Rocío Adriana Pérez; contenidos coordinados Gladys Herrera…”

Su nombre de pila era Antonio José Rodríguez Quiroz. Nació en Salgar, Antioquia, el 4 de abril de 1933. Fue actor de obras de teatro clásico, gerente de publicidad y promoción de la casa disquera CBS, comentarista de cine y corresponsal en Europa del Periódico El País de Cali, redactor de la Gaceta Ilustrada en España, presentador de Una voz en el camino, reportero del Programa Monitor de Caracol Radio. Fue bautizado con el epíteto del Señor de la noche por su programa Habitantes de la noche de Todelar y en radio se inició en la Voz de Antioquia.

Se veía a sí mismo como un ser transitorio. No creía en ninguna religión, sino en una energía superior;  tampoco fue apegado al dinero, sino a estudiar, aprender, gozar la vida, de los libros, el arte  y la radio nocturna. “Creo en lo que decía el maestro Platón que lo excelente es muy escaso, lo que abunda es la mediocridad y mientras pueda, feo y pobre evito la M por buscar la excelencia”, afirmaba convencido.

En su pequeño apartaestudio del Barrio Polo de Bogotá disfrutaba la soledad, la lectura de periódicos, revistas y libros, la música de los clásicos; de llamar a los invitados de su programa Habitantes de la noche, prepararse una taza de café o aguadepanela con tostadas, degustar unas presas de pollo, consentir con versos y caricias a su amada Alefelinda, una chica joven, de unos 30 años, estudiante de locución y autora de poesía. 

Agradecía cualquier detalle que los amigos le dieran: una fruta, una menta; un saludo, una visita, la llamada cariñosa de “Alexita”, su hija. Evitaba que la nostalgia lo visitara, y si llegaba la sacudía vocalizando los escolios de Nigoda, de Nicolás Gómez Dávila: “El día se compone de sus momentos de silencio, lo demás es tiempo perdido”, repetía.  Yo me regocijo leyendo mis libros:

La incógnita del hombre, Sombras de antepasados olvidados, La década decisiva, Un alto en el camino, La increíble historia de la humanidad, Nos dejó el tren, Aliados y distantes, La situación del mundo, Mujeres perversas de la historia, La odisea de la luz, La rama dorada, etc.

Las paredes de su habitación estaban decoradas por varios cuadros. El de unos soldados, medio sonrientes, con vestimenta prusiana. Un retrato de Leo Matiz, hecho por el pintor Fernando Botero. La fotografía donde Antonio aparece de corbata, mientras recibe el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en el año 1985. En el suelo, en orden, revistas, pilas de libros, artículos de periódico, y fotografías en la Cadena Todelar. Y en la parte superior de unos nichos se veía la loción Rose Noire que le regalaba su hija, y una escultura en platino de donde colgaba un panty color rosado.

–Esa escultura me la hizo hace muchos años mi amigo Guillermo y yo la llamo escultura cosmoreceptor-emisor. Él era un tipo encantador, era ambidiestro y hacía esas figuras en platino para venderlas en los viajes que hacía fuera del país.

La escultura parece un árbol cuyas ramas se desparraman hacia los lados.  En los brazos aparecen las palabras: radionauta, Maestro Antonio Ibáñez.

–Recuerdo que para el apartamento de la diecinueve, el que tuve cerca de Caracol,  Guillermo me regaló unas mariposas majestuosas.  Las mariposas bailaban y yo reía.  Eso era un espectáculo.

Antonio se sentó en el borde de la cama. Tenía puesto un pantalón de jean,  una camisa a cuadros de mangas cortas y zapatos de tela. Era de estatura mediana, delgado, de rostro pálido.  Se levantó  y contó.

-Cuando yo tenía veinte años un amigo me dijo: “Hermano,¡¿te gustaría vincularte a la radio?!, en la Voz de Antioquia  están probando muchos jóvenes para ver quién sirve como actor o como locutor”… Al ver el micrófono empecé a temblar, la hojita se movía tanto, que el director  me sujetaba el brazo para que tuviera la mano quieta y me dijeron: venga mañana a otra prueba.

En la siguiente prueba que me hicieron en La Voz de Antioquia me sorprendí al escucharme. Pensé:¡ve esa es la voz mía¡ en este panorama me estoy metiendo! Me pusieron a  interpretar bolos, papelitos de una o dos frases que decían: Gracias, Sí señor, Aquí está el café…Y en el Sistema Radio Reloj de Caracol, en Medellín, fui control y locutor. En vivo y en directo comentaba de doce a seis de la mañana todo tipo de música: tangos, boleros, música latinoamericana y española. Cuando todas las emisoras cerraban a las doce de la noche su programación, yo era el único locutor que me quedaba solo.
 
Después otro amigo, Conrado Cortés, un cantante y locutor ¡con una pinta del carajo! me dijo: “Gallerito, viajemos a Bogotá, que allí está el reto de hacer radio”. Nos vinimos en 1954.
Al llegar a la capital tuve la oportunidad de conocer a don Bernardo Romero Lozano que dirigía el grupo de teatro de la Radio Nacional y me invitó a participar en papeles pequeños. En el Teatro Colón hice el papel de Hemón, el hijo de Creón y el primo de Antígona. Antes había participado en una gira nacional con la obra de teatro El ángel de la calle. 

En la obra yo desempeñé el papel de Julián Sánchez, un muchacho que queda huérfano de madre. Mi madre en la obra era la actriz Dora Cadavid, que  muere después de haber tenido un idilio con el actor Enrique Pontón, el padre aristócrata. Este papel me hizo recordar que a los seis meses de nacido quedé huérfano de madre. 

Fue mi padre Luis Eduardo quien me crió y me inculcó el amor por los libros y la lectura. Él trabajó en varios oficios, nos cuidaba muchísimo… Me remendaba las medias, los pantaloncitos, las camisas. Nos cocinaba unos sancochos y unos fríjoles deliciosos. Buscaba fortuna para nosotros jugando al dado, yendo a los casinos… Por eso será que no soporto el juego, que le prometan a uno que le van a arreglar la vida.

Tuve un hermano, Humberto, domador de caballos. Él me decía: ‘¡Quién te mira mal para matar a ese hijueputa!’, pero murió.  Ahora cuando estoy a punto de claudicar en la vida, se me aparece en sueños”.

Para poder estudiar y pagarme mi escuelita vendía aguardiente en las tiendas y seleccionaba música para los románticos que iban allí.  Llevaba las cartas de amor que un conductor de camión le escribía a una colegiala.  Era una especie de Celestino infantil. Hacía muchas cosas… llevaba carne a los restaurantes… a la gente le leía las tiras cómicas de los periódicos.

Tenía trece o catorce años cuando me separé de mi papá.  Supe que se fue para Planeta Rica, Antioquia. Allá conoció una dama y con ella tuvo diez o doce hijos, hermanos míos, es que mi vida es una locura en todo sentido. Incluso cuando viajé de Salgar a Medellín lo hice con la intención de estudiar derecho. Alcancé a realizar un año con un esfuerzo grande, porque o compraba un libro o una camisa, o comía una vez al día.  Entonces vi que era imposible y ahí fue cuando se me apareció lo de La Voz de Antioquia, entonces cogí ese camino y me gustó…

Te estaba contando que aprendí muchísimo al lado de don Bernardo. Él tenía una bonita biblioteca que me puso a su disposición.  Leí a Camus, Jean Paul Sartre, Kafka y otros. Así como ahora, mientras más difícil sea un texto, más me reta.

Después viajé a Venezuela en el año 1957 a trabajar como actor y comencé mi carrera de periodista, porque me permitieron asistir al grupo literario Sardio, dirigido por Salvador Garmendia,  autor de  los libretos de las radionovelas. A este grupo asistían pintores, escritores y su fundador Adriano González León. Yo apenas era un observador, me gustaban sus chascarrillos y participaba en las charlas, pues Jorge Gaitán Durán, director de la Revista Mito, me había recomendado con una carta.

En 1959 regresé de Venezuela y en 1960 entré a trabajar a Colgate Palmolive pero no duré mucho, me dio la locura de renunciar, porque me había decepcionado una mujer divina, que no aceptó mi propuesta de matrimonio.  Se llamaba Afra García. Ella me dijo: “Antonio no me proponga matrimonio, que yo a ti te soy fiel como amante y te pongo los cuernos como mujer. Entonces de común acuerdo nos despedimos”.

Como había acumulado dinero y no tenía que sacar visa para irme  a España, allá resulté. Me fui a trabajar como redactor de Gaceta Ilustrada, revista que tenía como colaborador especial a Raimond Cartier, corresponsal de la Segunda Guerra Mundial, y a Oriana Fallaci, mujer bajita, y de letra chiquita.

Una vez me mandaron a revisar qué sucedía con el tráfico en las horas de mayor afluencia turística.  Debía escribir un reportaje sobre los accidentes en España. El director de Gaceta no me encontró ni un solo vocablo mal puesto. Apareció el 12 de febrero de 1963, con un título grande, en mayúsculas, ESPAÑA: EL MAPA DE SANGRE. Fue un artículo limpio, por el que me pagaron diez mil pesetas. De la dicha me fui a beber con varios amigos.
Otro de mis trabajos periodísticos lo realicé en Madrid. Entrevisté a Claudia Cardinale.

El inicio de la entrevista fue curioso, porque ella me dijo: “pregúnteme lo que quiera, pero no se meta con mi vida privada. Por ejemplo, antes de que me pregunte te digo que soy una mujer muy linda pero tengo unas orejas muy feas”.  Yo le dije: Noo, ¿por qué dice eso?, si las tiene lindas, pequeñitas.   Ella me contestó: “Porque las tengo de ratón”.

Recuerdo que al fondo estaban filmando escenas de la película El Circo, con Rita Hayworth y John Waine.  Ver a Rita Hayworth fue espectacular, había sido considerada símbolo sexual de la Segunda Guerra Mundial; estaba de moda por su papel en la película Gilda, que la lanzó al estrellato.  Su nombre original era Margarita Carmen Cansino.

Antonio hizo una pausa y se desplazó por el apartamento mientras escuchaba la obra Los Planetas, de Holst, una de las bellas piezas de la música clásica que más le encantaban.  De pronto su mirada le brilló al recordar a la argelina Mali Mudem.

Como si ella estuviera en frente suyo cuando la conoció en el ferrocarril de Barcelona repitió: “En qué apartamento del cielo vive usted”. Continuó: Fue amor a primer chispazo, vivimos un idilio durante dos meses, despedirnos fue doloroso.  Ella debía continuar su recorrido turístico por Bençançon, sur de Francia y yo regresar a Colombia en barco. En la travesía viví otro romance con Carmencita, ¡la canaria!, una niña de 19 años de Islas Canarias que me ayudó a olvidar a Mali. Fue un viaje azaroso, ¡casi nos hundimos  cuando navegábamos de la Guaira a Puerto Rico!  Yo no me di cuenta porque estaba ¡en una perra! Cuando llegué a Cartagena traía en el bolsillo treinta pesos.  Por fortuna en Bogotá mi amigo Alfonso Lizarazo me recogió en su carro y me instaló en un apartamento  con unas damas de Cali.

–Con mi llegada a Bogotá ocurrió algo sublime en mi camino profesional. Un día recibí la noticia de que entrevistaría para el Programa Monitor de Caracol Radio al gran escritor argentino Jorge Luis Borges.

Su reportaje con Jorge Luis Borges

Ese día cuando le avisaron que entrevistaría al maestro Jorge Luis Borges, un frío le atravesó la espalda. ¿Sería capaz? La sola posibilidad de verse ante el más grande escritor latinoamericano de los últimos tiempos, le hizo temblar las piernas. Sintió que la cabeza se le embotaba.  ¿Qué le preguntaría? ¿Qué le podría preguntar un joven inexperto como él se sentía a un escritor que ya era considerado entre los grandes? De pronto escuchó una voz volátil, etérea, de ángel, que le avisaba:

-¡An-to-nio-o-ma-ña-na-te-es-pe-ra-el-ma-es-tro-Jor-ge-Lu-is-Bor-ges-en-el-Te-quen-da-ma!

Sintió que el estómago se le deshizo.  Varias veces durante la noche tuvo que dirigirse al baño. Después a punta de aguas aromáticas, más recuperado se puso a redactar varias preguntas.

Al día siguiente lo saludó con alegría y reverencia: ¡Buenos días, maestro Borges! Él con sus manos puestas en el bastón me dijo: “No me diga Maestro Borges, dígame simplemente Jorge Luis, porque por su voz intuyo que usted es joven y yo aprecio mucho a los jóvenes”…

-Le hice un comentario: Maestro Borges parece ser que un ambiente cultural propicia la salida de talentos…Hay un ambiente poético que se da en pueblos de Europa. Hay jóvenes que sin ir a la escuela resultan pintores, poetas…
Mi inquietud era torpe porque no daba la talla del señor; sin embargo él me abrió su corazón, y nos hizo reír a los que estábamos allí. Hablamos desde las once de la mañana hasta las dos de la tarde. Me contó que su literatura se basaba en los sueños, que admiraba mucho a Stevenson, el autor de La isla del tesoro, que le gustaba lo extraño. Sentí a un Borges que no pontificaba ni hablaba de nada trascendente. Entrevistarlo fue para mí una experiencia total. Aún lamento que al día siguiente borraron la entrevista para grabar una promoción deportiva.  Eso fue en 1967.

La CBS

–Después, hacia los años setenta, trabajé como gerente de publicidad y promoción de la casa disquera CBS. Asesoraba a los empresarios, porque poseía ¡una intuición! para sugerirles a los dueños de la CBS quiénes serían los cantantes de éxito.

Recitó con una voz melodiosa un escrito que hizo de Claudia de Colombia:

–Se acabó el mito, se acabó el misterio, les presento la voz que más discos va a vender en Colombia… Tenía tanta fe en ella, que cuando triunfó con su primer sencillo, no la paró nadie. Gabriel Cuartas me preguntaba: “Toño, ¿por qué crees que debe estar en CBS esta niña?”  Tengo ¡la corazonada! que va a ser la mujer que más discos va a vender en este país”. 

Después conocí a Blanquita, la madre de mi hija Alexia.

Un centavito de felicidad

Los ojos se le colmaron de ternura cuando habló de centavito:

–A Blanquita le decía centavito por su cara redondita. Me gustaba andar con ella para lucirla en las  fiestas de la farándula. Era una mujer muy hermosa.  Tenía unas piernas…¡y una cola!, paraba el tráfico. La doblaba en edad.

Mira a través de la ventana y comenta:

–Un día centavito me dijo que me quería dar un hijo.  Yo le dije Piénsalo bien porque vos puedes tener al tipo que quieras, no quiero que después te arrepientas, salgas defraudada. Y volvió a insistir, entonces en mi apartamento del centro de Bogotá, cerca de Caracol, fue donde nos encerramos  a diseñar a nuestra hija. Eso no fue una locura, noo-oo, estábamos enamorados. A Blanquita me la llevaba preñada para los cócteles, con barriga y todo era una majestad. Después de que nació Alexita vivimos cuatro años más hasta cuando Centavito resolvió dejarme, porque se cansó de la  vida disipada que yo llevaba. 

No soy alcohólico de chiripa, pues en esa época tomaba y fumaba como un desesperado, hasta que un día dije ¡basta! Y, ocasionalmente, consumí marihuana y cocaína. Me la ofrecían en las tertulias.

Los años ochenta en la radio

El Caballero de la noche hizo parte de esa generación de periodistas y locutores como Yamid Amat, Antonio Pardo García, Eucario Bermúdez, Julio Nieto Bernal, Alfonso Castellanos que en los años ochenta le dieron un vuelco a la radio. Mientras en las horas de la mañana, ellos le daban participación al protagonista de la noticia, él, según contó Yamid Amat en una entrevista, se parecía a Jesús Quintero, el loco de la colina, el periodista español profundo, filósofo, poeta, aventurero, soñador.

–Un día el Doctor Diego Fernardo Londoño  me solicitó que le diera un formato diferente al programa Una voz en el camino, espacio donde solo se transmitía música mexicana y tangos a los conductores que en las horas de la mañana recorrían los caminos polvorientos de Colombia.

Cuando lo inauguré el 2 de febrero de 1982, día de la Virgen de La Candelaria, asumí la labor, en el horario nocturno, de preparar variedad de temas y realizar entrevistas a diversos personajes. Tiempo después llevé a la preciosa Sarita Montiel, a quien había conocido por primera vez en Caracas, Venezuela, y a quien ya anunciaban como La bomba rubia latinoamericana, porque acababa de hacer la película Locura de amor, que le abrió las puertas del cine internacional.

–Para ese mismo espacio entrevisté por teléfono a Libertad Lamarque. Recuerdo que la cantante me preguntó Antonio, Antonio, ¿Cómo se llama tu programa?

...Una voz en el camino, le dije,… Aaahh, ese es un programa argentino, para camioneros, me contestó ella.  Resulta que Caracol había registrado el programa con el mismo nombre de uno que existía en La Argentina.  En Caracol no me aceptaron que yo les sugiriera otros nombres. Con ese título el programa se quedó…me ganaba un sueldo mensual de trescientos pesos. 

Lo más insólito que me pasó en Caracol ocurrió en el año 1987. Una noche dije al aire que Yardany Suárez (Gerente de Publicidad de Bavaria) sería el nuevo presidente de Caracol. Una fuente cercana a la presidencia de Bavaria me lo contó. A él  le ofrecieron el cargo, solo que no aceptó.  Yo lo dije porque estaba seguro de lo que me habían contado. Entonces la Junta Directiva de Bavaria me llamó a que hiciera mis descargos. Les dije: “Señores yo no lo hice de mala fe. Me enteré que sí le ofrecieron el cargo, pero que él no aceptó” Entonces el mismo Doctor Diego Fernando Londoño me avisó que debía renunciar.  Yo en una carta les escribí: “Me voy agradecido, porque nunca trabajé en Caracol, lo que hice fue aprender, gozar y estudiar”.  Después supe que mi carta causó gracia, y fue publicada en los periódicos murales de la empresa.  

De Caracol pasé a otras cadenas radiales, a Colmundo y a Melodía.  En 1993 me abrieron las puertas en Todelar, lugar que siento como mi casa, desde donde transmito mi programa Habitantes de la noche. Título que surgió de un espacio con formato musical, que conducía a nivel local, un muchacho en Todelar, Cali. 

El día que me muera

Son las cinco de la tarde.  Antonio salió del apartaestudio por el que pagaba una renta de $600.000 mensuales. Llevaba su maletín debajo del brazo y se protegía con su bufanda de la brisa de la tarde. Abrió el candado de la puerta principal del edificio, y dijo en una alocución lenta: “Yo le digo a mi hija Alexia que el día que me muera hay que decir: “Se acaba de transformar un ser humano que nunca se graduó en nada.  Un permanente estudiante de la vida”.

Antes de salir de su apartamento, se dedicó unos segundos a mirar su imagen en el espejo y como hablándole a otra persona dijo: ¡Hola, farsante, cómo te va hoy!...Es que para ser sociable uno tiene que deformarse.
Mientras caminó hasta los estudios de Todelar, confesó:

–Si no fuera por mi programa Habitantes de la noche desfallecería. Todos los días disfruto de mis lecturas en mi lugar de reflexión. Si salgo es a pagar el arriendo, a visitar a Pedro, un amigo ebanista-artesano, a verme con mi hija; camino para hacer un poco de ejercicio y tomar algo de sol y después me voy para Todelar. De resto, me la paso viviendo, estudiando, aprendiendo y gozando. Yo no trabajo.

Cuando caminaba por el puente de la autopista norte con calle 85, de camino a Todelar, lo vi jadeante, deteniéndose varias veces para toser. De estas crisis salía airoso, como atraído por el aviso de Todelar.

Al llegar a la emisora, Antonio parecía recuperar su agilidad. Sus movimientos eran más rápidos, y se lo veía activo y ligero, divertido y jovial. A la cabina llegaba con su agenda, más otras hojas con notas sueltas, las promociones de los eventos de los que hablaría, un lapicero común, su inhalador, y un vaso con agua. En los momentos previos para salir al aire, caminaba de un lado para otro, sonreía, hacía gestos, aplaudía, elevaba los brazos, cruzaba los dedos, cerraba los puños, daba pautas con el índice derecho.  Se peinaba con un mechón de cabello hacia adelante para disimilar su calvicie y parecerse a Gardel.

Comentaba: -Me gusta llegar a leer periódicos, subrayar enciclopedias, libros, a seleccionar música. Desde las horas de la mañana preparo este espacio cultural donde durante dieciséis años he entrevistado a personajes de las más variadas tendencias: Científicos, como Rodolfo Llinás, el doctor Manuel Elkin Patarroyo; poetisas, como Maruja Vieira; actrices, como Amparo Grisales y Dora Cadavid; grupos de rock, como Compañía Ilimitada; historiadores como Oscar Guarín; ingenieros, especialistas en hidrogeología, como César Octavio Rodríguez; filósofos dedicados al estudio de la parresia y de la autobiografía en Hispanoamérica, como Iván Pinilla Aristizábal; directores de cine, dramaturgos, gestores de revistas literarias, como Milcíades Arévalo; cantantes, entre otros.

Antes de salir al aire se despojó de la chaqueta, se deshizo de su bufanda, les indicó a los operadores la música y las promociones que iba a utilizar. Se concentró en doblar las páginas de los libros que consultaba. Y decía: -Me gusta relacionar hechos históricos,  personajes y  fechas.

Al encenderse el botón AL AIRE pronunciaba frente al micrófono su slogan favorito: “Todelar pentacontinental, aquí desde las cabinas biceleste el universo de la radio”.

Saludaba a Carlitos Córdoba, el operador, a Julián Garzón, el encargado de montar las cuñas diarias, a Omar Antonio Barrera (en ese momento el director de las emisoras de Todelar), a Jimy Riaño de la Voz de Bogotá; y en el ala sur, al celador. A sus radioescuchas y a los protagonistas de la noche. Después decía: Emocionado, emocionado queridos oyentes porque todas las noches estamos viviendo por ventura sensaciones nuevas, en este caso sociales intelectuales.

En  ésta, una de sus últimas intervenciones al aire, mientras hablaba con una periodista acerca del turismo en Cuba, con su sonrisa de arlequín  y con su grito de ¡ale-s-lu-ya! alcanzó a invitar, con alegría, a que los oyentes bailaran y sintieran El chan chan de Buena Vista Social Club.  Como la canción que a ritmo cubano Efraín Ferrer canta: El cariño que te tengo yo no lo puedo negar, se me sale la babita yo no lo puedo evitar.
 
Con ese cariño Ibáñez amó la radio y su voz dejó de sonar a causa de un derrame cerebral que se lo llevó para siempre al firmamento, allá mismo, donde una vez su mente infantil de siete años de edad, viajó, mientras observaba en noches de luna llena a las estrellas, repitiéndose para sí mismo ¡vea qué lindas están!

Como un presagio a la parca, evocada tantas veces por él, que no demoró mucho en llegar, y que en ocasiones, estando en cabina, a punto de ahogarse, parecía arrastrarlo,  casi todas las noches antes de entrar a su programa, leía, regocijándose en las palabras del indú Shri Anirvan: “Cuando estés frente a la muerte no luches, déjate ir. El impulso que te arrastra es cósmico.  Acaso alguien sabe lo que hará en la tierra cuando llega a ella, por qué no ha de suceder lo mismo después de la muerte”.

Antonio Ibáñez falleció a las tres de la mañana del  30 de agosto de 2010 en una  unidad de cuidados intensivos. A su velación asistieron en la funeraria La Candelaria del norte de Bogotá, su hija Alexia, la madre de ella, Blanquita, sus pequeños nietos, Daniel y Juan Felipe; algunos de sus amigos, periodistas, actores y gente de la farándula. Entre ellos Gabriel Muñoz, Jorge Antonio Vega, Humberto Arango, Natalia Grisales, Daniel Rincón, Fernando España, Fernando Calderón España, Alberto Piedrahita Pacheco y Julio Sánchez Vanegas. Eran muy pocos para los que tuvo y muy escasos para los años dedicados al periodismo.

En el sepelio recordé la tarde que lo visité en su apartamento y me dijo, nostálgico:

–Cuando leía La vida es sueño de Calderón de la Barca, me pregunté ¡¿Será cierto que vivo la vida o es una ilusión?! Yo me quiero transformar rapidito, el tiempo que estoy viviendo ya es de sobra. Hace siete años que llevo conmigo mi sobredosis personal de vida, sin caer en la adicción.  Todos los días tengo que ponerme ocho horas diarias de oxígeno para que mi voz se aclare y se escuche, porque, por fumador, contraje un enfisema pulmonar que me ha afectado demasiado.

Su sepelio se realizó al día siguiente, en la iglesia San Juan de Ávila, donde El Caballero de la noche fue recordado por sus amigos con unas palabras de despedida, que lo evocaron por última vez como  “ese ser excepcional, salido de una obra de Shakespeare”. Antonio Ibáñez permaneció tras los micrófonos de varias emisoras del país durante 29 años de su vida. Se fue el periodista (que según Yamid Amat) hizo de la luna su mejor compañera.
 

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