El regreso a casa de Anita Calero

Luego de haber vivido en el barrio de Chelsea, en Nueva York, Calero decidió retornar a Colombia. Sus objetos de arte y sus muebles los dejó en Estados Unidos.

La fotógrafa colombiana Anita Calero siempre ha preferido viajar con poco peso. Así lo hizo siempre y así lo hizo ahora para dejar atrás cuatro décadas de vida en Nueva York. En su viaje de retorno a Colombia trajo tan sólo los recuerdos de una ciudad en la que triunfó como pocos lo hacen, y algunas pertenencias que coleccionó durante años de viajes. Decidió que el resto de cosas se quedarían en Nueva York.

Fue entonces cuando Cristina Grajales, reconocida galerista de arte decorativo de Nueva York y una de las mejores amigas de Anita Calero, le sugirió que la venta de sus pertenencias, como muebles y fotografías, merecían hacerse por medio de una subasta pública, pues cada una de las piezas de su apartamento, ubicado en el cotizado sector de Chelsea, en Manhattan, es un ícono de diseño de incalculable valor histórico. Pero para Anita Calero eran sobre todo objetos con un gran valor sentimental. “Siempre he sido desprendida de las cosas materiales. Sin embargo, en esta oportunidad fue difícil dejar atrás tantos buenos recuerdos de mi vida”, confiesa la fotógrafa.

Cristina Grajales contactó a los curadores de la casa Christie’s para explorar la posibilidad de incluir las mejores piezas de mobiliario dentro de la subasta de esta primavera. Pero apenas cruzó la puerta, Carina Villinger, directora del departamento de arte decorativo y diseño de Christie’s, supo que todo el mobiliario merecía subastarse en una sesión exclusiva dedicada a la colección de Anita Calero. Fue así como el armario de madera de la sala y la mesa de la cocina, diseñados por el francés Jean Prouvé, un par de sofás del japonés George Nakashima y un juego de cerámica escandinava de artistas como Berndt Friberg y Stig Lindberg, entre otras piezas, se subastaron con éxito la semana pasada en un evento titulado: La colección de diseño de Anita Calero.

Según el catálogo de Christie’s: “Se trata de 24 piezas de diseño de mediados del siglo XX, creadas por maestros modernistas como Jean Prouvé, Charlotte Perriand, Serge Mouille y George Nakashima. Calero, quien es una fotógrafa colombiana radicada en Nueva York, construyó con esmero su colección durante los últimos 25 años. Los objetos que se presentan reflejan el extraordinario sentido de diseño de su propietaria, así como su pasión por la estética minimalista de mediados de siglo”.

En conjunto, la subasta de Arte decorativo y diseño del siglo XX, de Christie’s, incluyó tres eventos principales titulados: Piezas maestras del Estudio Tiffany: colección Sutton, Obras importantes de arte decorativo y diseño del siglo XX y Siglo XX, diseño y arte decorativo. Además se presentaron las colecciones privadas Andy Williams: una leyenda americana y la colección de Celeste y Armando Bartos. En total, la cifra de venta alcanzó el precio récord de US$7’933.688, con un porcentaje de ventas del 73% de las piezas presentadas y un precio promedio del 85% del valor estimado alto.

Entre los objetos que lograron un mejor precio se encuentra el armario de Jean Prouvé, comprado por Anita Calero hace más de dos décadas. Esta pieza fue además la portada del catálogo de la subasta. También se destacan una mesa de centro de Jean Royere y un cuadro del artista estadounidense James Brown, piezas que adornaron por años la sala del apartamento de Chelsea.

Anita Calero es una de las fotógrafas más cotizadas de Nueva York. Hizo parte del equipo del Art Department, una de las agencias de fotografía más reconocidas de Estados Unidos, y siempre se ha dado el lujo de trabajar sólo para los medios con los que comparte una afinidad estética, como The New York Times, Elle, Harper’s Bazaar y Vanity Fair.

Pero el camino que llevó a esta colombiana a la cima de la fotografía no fue siempre plano. Confiesa que llegó a Nueva York con una mano adelante y otra atrás. Comenzó vendiendo ropa y luego manejó un vehículo, antes de emplearse como asistente de dirección de una revista de fotografía que ya no existe. Su entusiasmo por la estética y su incansable deseo por aprender compensaron su escasa preparación académica. “No terminé el bachillerato y nunca quise estudiar después de abandonar el colegio. Lo que tenía que aprender lo aprendí de mis padres”.

Después de abandonar el colegio dejó su natal Cali para irse a Miami, donde sobrevivió trabajando en diferentes oficios. La siguiente escala fue Nueva York, ciudad donde se acercó a la fotografía, pero desde una perspectiva organicista en la que se evidenció, desde un comienzo, su pasión por la naturaleza. Esto, y su gusto por mezclar estilos, le otorgaron un sello ecléctico a sus imágenes, factor que la diferenció entre la rígida uniformidad del minimalismo que imperaba en la época. Según Anita Calero, “la afición por la naturaleza proviene de mi infancia en Colombia. Lo que hago entonces es canalizar esa fuerza en mi trabajo, por eso mis fotografías demuestran que todos los objetos con los que interactuamos son, de una u otra manera, parte de la naturaleza”.

Anita Calero empezó como asistente de fotógrafos y luego como productora de la desaparecida revista Mademoiselle. Allí aprendió la técnica, y en poco tiempo compró su primera cámara análoga, con la que viajaría al sur de Francia para tomar las fotos de su primer portafolio. A su regreso a Nueva York las puertas se le abrieron con facilidad, pues los editores que vieron sus fotografías llenas de luz y de color le encargaron sin dudar sus primeros trabajos. Y luego nunca se detuvo.

La fotógrafa se define a sí misma como una modernista ecléctica, un término que para muchos puristas del diseño podría sonar disparatado. “Lo que sucede es que no me enmarco dentro de un solo estilo, prefiero andar sin prejuicios para poder incorporar todas aquellas cosas que me gustan”. Por ejemplo, su apartamento en Manhattan era un rompecabezas donde podían convivir en armonía una serie de fotografías del célebre Irving Penn, un comedor de estilo organicista de George Nakashima y cofres antiguos adquiridos en un monasterio de Nepal. Adentro había una enorme jaula de pájaros que permanecía siempre abierta y dos palmas llevadas de Colombia que rozaban el techo de más de tres metros de altura. Era, en otras palabras, la representación en tres dimensiones de sus fotografías. “Nunca me ha gustado estar encerrada, por eso en mi apartamento todo era abierto. Siempre he creído que los espacios son como las relaciones: uno siente cuando son de verdad”.

Después de tanto tiempo de trabajar en Nueva York, Anita Calero sintió la necesidad de acercarse de nuevo a su país. Empezó a planear su regreso hace varios años. Lo primero que hizo fue adquirir dos terrenos en lugares lejanos y paradisiacos. Después diseñó las casas, una en San Andrés y otra a las afueras de Cali. Se trata de una cabaña de madera blanca frente al mar y de un pequeño contenedor enclavado en una montaña que domina el paisaje del Valle del Cauca.

Como siempre, ella se encargó de todo: desde escoger el terreno, hasta dibujar los primeros bocetos y elegir el mobiliario. “Las casas de acá son más simples, con acentos que recuerdan mi infancia. Son el reflejo del comienzo de una nueva etapa, más tropical y tranquila que la de Nueva York. Por eso decidí traer pocos objetos, como la mesa de comedor de madera de George Nakashima. Haber traído los muebles de Jean Prouvé a Colombia habría sido como ponerse un vestido rosado en un matrimonio. Eso acá no pega”.

 

@andresramirez77

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