El rincón inédito de Socarrás

Ya es hora de sacar a la luz la obra de Hernando Socarrás, un poeta colombiano excepcional que fue olvidado por demasiado tiempo.

Hernando Socarrás ha publicado, entre otros, ‘Que la tierra te sea leve’. / Archivo

El abismo y refugio de las poesías cortas de Hernando Socarrás parece haber quedado impreso en los anales del empaste florentino de sus libros elaborados casi a mano, con detalles en madera y papiro. Hoy, 18 años después de su última publicación, sus palabras inconexas buscan no ser olvidadas en su alejada residencia cerca al mar.

“No hay derechos reservados. Cada texto puede ser reproducido, olvidado o sometido a su futura contracción, que es el silencio. Se puede compartir cuantas veces sea necesario y según lo recomiende la imaginación o la melancolía”.

Así termina Antología, Poesía de H. Socarrás, dejando en el lector la sensación de haberlo tenido todo y nada al terminar la lectura de las 154 poesías minimalistas que, como postales decoradas, enmarcan las páginas del ejemplar número 23 de los 99 producidos en 1996. Sus poemas llenos de vacíos, de pausas largas y de palabras inconexas están condensados en este libro, con el que cerró definitivamente sus publicaciones editoriales. Esta poesía de vanguardia, en el sentido en que no se parece a nada y no tiene ningún referente, como la define Otto Ricardo-Torres al referirse a este escritor bogotano radicado en la región Caribe, no puede ser olvidada en los anaqueles de exclusivas bibliotecas o en la decoración de la casa del propio Socarrás. El “caos ordenado y sin rastro” de este poeta implícito aún vive en algunos de sus ejemplares impresos, en viejos conocidos y en la memoria de uno que otro curioso de la poesía colombiana del siglo XX.

Todo lo que va a sanar
Espanta.

De su obra pocos saben, aunque marcó un estilo audaz en la poesía colombiana. No se sabe el número exacto de quienes, como él, escribieron sólo por vocación, perfeccionando en la academia. Este escritor ganador del Premio de Poesía Awasca, de la Universidad de Nariño, y otros cuantos, tardó casi 50 años para construir una “sintaxis de ruptura y poemas designificativos herméticos al análisis”, como lo afirma Ricardo-Torres, en la intimidad de su escritura. “No se deja leer debido a nuestro conocimiento conocido. No es poesía metafórica, es antirretórica”. Estos elementos, evidenciados en su primer poema ganador de un premio entregado por Otto Ricardo, definieron a Socarrás como un escritor sin referentes conocidos, pero lleno de imágenes audaces.

Escandaloso párpado
Y sombra cuando cae tendido
Mientras el envés del labio
No alcanza a ser palabra
Vaho por donde retiro mi refugio.

Su poesía, ahora aislada de cualquier incauto estudiante de literatura, es acogida en su casa cerca de la ciudad de Cartagena. “De vez en cuando envía alguna foto de un poema a mi mamá por correo. Se ha alejado mucho de cualquier círculo social. Está aislado en sí mismo, tal vez influye su creciente sordera”, afirma Julián Medina, amigo del escritor. Su estilo propio, lejos de querer impactar la mente del lector, aguarda en sus palabras aparentemente lejanas una de la otra, una sola intención: la libertad de abrir sus textos a la imaginación de quienes con él los comparten. “No se sabe por qué dejó de publicar. Críticos y académicos de vieja guardia no consideraban poesía su arte sin intención”, cuenta Medina. Esta poesía del Viejo Soca, como le dicen sus amigos, siempre ha sido corta, contundente, intensa, hermética, desprendida y para leerse en pausa.

Su espíritu “apreciador de lo bello, ermitaño y guajiro”, como lo recuerda Julián Medina, encamina un proyecto filantrópico que parece llevar la poesía a la acción y la acción a la poesía. Junto con su única compañera, Concepción González, más conocida por sus amigos como Conchita, lideran una fundación para el apoyo al adulto mayor, llamada Raíces. Allí, la poesía “no es, pues, poesía para declamar, y mucho menos en voz alta con despeinada y todo, no. Es poesía solitaria, que, de manera tranquila, sin dársele nada, no se preocupa por arrancarle ninguna lágrima a nadie...”, dice Ricardo-Torres.
Así pues, Un solo aquello (1980), Trapecios (1981), Piel imagina (1987), Sin manos de atar (1989), Que la tierra te sea leve (1992) Cántico hechizo (1992) Acaso doy voz y Saloa (1996) son las obras que aguardan por ser redescubiertas en la poesía colombiana del siglo XXI.

 

 

* Estudiante de comunicación social.

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