El Magazín

El ritual del huevo

Todas las mañanas del primero de enero eran iguales en la casa de mi abuela en San Gil. Ella amanecía muy temprano, incluso antes de que el gallo del solar vecino se tomara su café, se bañaba con hielo para doblarle la voluntad al paso del tiempo y caminaba de un lado para el otro preparando el mismo ritual de todos los años nuevos.

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Todas las mañanas del primero de enero eran iguales en la casa de mi abuela en San Gil. Ella amanecía muy temprano, incluso antes de que el gallo del solar vecino se tomara su café, se bañaba con hielo para doblarle la voluntad al paso del tiempo y caminaba de un lado para el otro preparando el mismo ritual de todos los años nuevos. A la hora del desayuno ya todo estaba dispuesto en el mesón de la terraza. Un vaso de agua cristalina por cada mayor de edad presente en la casa (porque las artes adivinatorias no eran para niños) y un recipiente con suficientes huevos para que todos tuvieran el suyo.

Lo más emocionante era romper el huevo contra el borde del vaso y ver cómo la yema naufragaba hasta el fondo por la inevitable interferencia de la gravedad, pero la clara se quedaba flotando en una nebulosa lechosa como humo atrapado entre las moléculas de agua. A la mañana siguiente, tras reposar en la noche, podían distinguirse curiosas figuras que se habían formado en el líquido, como telarañas congeladas con burbujas de aire atrapadas en ella. Luego había que ingeniárselas para llevar el vaso al anciano milenario que vivía en La Gruta, pues solo él sabía leer el futuro en los huevos. Viajes, casas, bebés, todos los grandes sucesos de ese año estaban allí escritos.

“En Rusia la Navidad es gris y triste… Y Santa Claus se viste de azul…” me cuenta Elena cuando le pregunto si su familia en Moscú suele hacer algo parecido…No sale de su asombro cuando le relato cómo la gente corre con maletas vacías alrededor de su manzana tras las campanadas porque quiere viajar, que para atraer la buena suerte hay que vestir ropa interior amarilla, que no olvide recibir el 2018 con lentejas en sus bolsillos para que no le falten los dólares, que salve una botella de champaña para bañarse con ella y que si quiere meterle sabrosura a su cena navideña debe jugar aguinaldos con sus invitados.

Tras hablar con mucha gente, he concluido que la tradición navideña colombiana es en general mucho más rica y llena de color que en cualquier otro lugar del mundo. Desde la novena organizada cada noche por un piso diferente de nuestro edificio, en una sana competencia gastronómica por ver quién alimenta mejor a los vecinos, pasando por la música de Pastor López, los 50 de Joselito y Rodolfo Aicardi que solo suena en esta época, los peces que beben y beben y vuelven a beber, las Cabañuelas para calcular el clima de todo el año y el calendario Bristol como primera compra obligada de enero, hacen de nuestros diciembres una mezcla invaluable de folclor que maravilla, emociona y genera envidia.

Con mi mamá intentamos repetir el ritual del huevo en febrero para demostrarle a mi abuela que sus facultades de pitonisa eran solo cuentos baratos… pero no funcionó. La clara y la yema cayeron hasta el fondo como anclas sin telarañas ni burbujas. Prometimos nunca decírselo.