El robo de las armas del Cantón Norte y su relación con la Revolución Sandinista

Jaime Bateman coordinó la construcción del túnel por el que se robarían más de 7.000 armas. Meses antes del golpe, el líder del M-19 anunció entre sus compañeros que la solidaridad con las causas del sandinismo debía ser respaldada con hechos.

Así tituló El Espectador el robo de armas al Cantón Norte por parte del M-19 el 2 de enero de 1979.Archivo

Cuatro meses antes del robo de las armas del Cantón Norte, y a miles de kilómetros de distancia, el Frente Sandinista de Liberación Nacional daba un nuevo golpe en su revolución y su propósito de debilitar la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua. El Palacio Nacional era tomado por veinticinco sandinistas el 22 de agosto de 1978. Familiares del entonces presidente, la totalidad de diputados y el ministro del Interior fueron los secuestrados de aquel día.

Diez millones de dólares, la liberación de presos políticos y las garantías para que ellos y los integrantes del comando sandinista pudieran llegar a Panamá para tomar el asilo políticos ofrecido por el presidente Omar Torrijos fueron las peticiones del movimiento revolucionario. La mayoría de ellas se cumplieron debido al golpe que dieron en el Palacio Nacional.

En Colombia, el M-19, en cabeza de Jaime Bateman, había mostrado un acercamiento con la revolución sandinista con dos hechos puntuales: la retención de William Baquero Montiel, embajador de Nicaragua en Colombia en mayo del 78, y la interceptación de integrantes de la guerrilla a un bus que transportaba al equipo de beisbol de Nicaragua en el desarrollo de los juegos Centroamericanos que, en aquel entonces, se realizaron en Medellín.

Puede leer: Hace cuarenta años caía una dictadura en Nicaragua

Para Bateman, ideólogo y líder del M-19, la revolución debía sostenerse, entre otras cosas, en un principio de solidaridad con la lucha de otros movimientos que, empuñando las armas, soñaban con ser los artífices de gobiernos constituidos por individuos del pueblo y no de las élites. Por esa razón, y tal como lo detalló Darío Villamizar en el libro Jaime Bateman: biografía de un revolucionario, “El Flaco”, apodo del guerrillero, sintió la necesidad de entablar un diálogo con el Frente Sandinista.

El general Torrijos, quien hacía de su gobierno en Panamá una excepción a la tendencia de América Latina de condenar la revolución en Nicaragua, fue una especie de puente entre los líderes del sandinismo y los líderes del M-19. Ricardo Lara Parada, exdirigente guerrillero del Ejército de Liberación de Nacional (ELN), fue ayudado por Bateman para salir de la cárcel La Picota y poder recibir asilo en Panamá. Fue entonces cuando García Márquez, quien ya había tenido algunos contactos con ambas partes, decidió ser el portavoz de la historia de Lara a Torrijos. La narrativa de quien estaba fundando un mundo fue suficiente para que el presidente y también dictador de Panamá recibiera en su país al exguerrillero del ELN.

Si bien tomar las armas para ejercer una forma de lucha implica el uso del miedo y la dominación por medio de la violencia, para Bateman era imperativo no cometer acciones que desencadenaran la muerte como único medio y más aún si en la acción podía llegar a morir gente inocente. Esto provocó, por un lado, desechar la idea de atacar en plena vía pública a los camiones que llegaban los primeros jueves de cada mes atiborrados de armas al Cantón Norte de Bogotá.

Para Bateman, que había visto que los civiles en Nicaragua enfrentaban a la fuerza pública con una alta probabilidad de perder debido a la falta de armamento, era necesario conseguir un arsenal que no solo fuera posible enviar a la resistencia sandinista, sino que también lograra proveer a las filas del M-19 y así fortalecer su capacidad de defensa.

Con la información de los camiones que proveían de armas al Cantón Norte, llegaría también la de la ubicación del depósito del arsenal del ejército dentro del lugar. El Comandante Pablo -otro de los sobrenombres de Bateman-, sabía que la operación sería mucho más compleja, pero cualquier alternativa que eludiera la muerte era mejor. Su ambición fue tan grande como el resultado que se conoce de la Operación Colombia, del robo de las armas, el 31 de diciembre de 1978.

Junto a Carlos Duplat y Yamel Riaño, Bateman pensó en la construcción de un túnel que se construyera desde una casa aledaña al Cantón Norte. Para ello era indispensable contar con un capital importante que permitiera el alquiler o compra de una casa, la compra de los materiales para la construcción y todo lo relacionado con los víveres y productos básicos que se iban a necesitar para las siguientes semanas de trabajo y clandestinidad. Así se llegó a Produmédicos Limitada, una empresa que importaba y exportaba materiales y aparatos para medicina. Por medio de esta empresa legalmente constituida, el M-19 obtenía dividendos de 150 a 200 mil pesos mensuales a finales de la década del 70. Según se lo explicó El Flaco a Germán Castro Caycedo años después, en una de las noches en que éste último estuvo secuestrado para poder entrevistar al líder del M-19, la empresa tuvo que quemarse: “necesitábamos un préstamos bancario -no recuerdo qué banco lo hizo-, necesitábamos comprar la casa donde se inició el túnel y necesitábamos comprar toda la maquinaria, herramientas y hasta camas y comida para los compañeros que iban a trabajar en el túnel. Una organización que no hubiera contado con una empresa tan legal y con tan buena imagen como Produmédicos, no hubiera podido realizar ese proyecto”.

Esther Morón y Rafael Arteaga, dueños de la empresa, fueron aliados de Bateman y compañía para la compra de todos los elementos del proyecto. Inicialmente habían logrado alquilar una casa que quedaba a 170 metros de distancia del Cantón, pero días después, y como una casualidad que redujo considerablemente los esfuerzos y el tiempo, surgió un aviso sobre la venta de una casa que quedaba a 80 metros del depósito de armas de las fuerzas armadas.

Bateman le dijo a Castro Caycedo que la planeación del robo tardó entre siete y ocho meses. Ahora bien, la construcción del túnel se inició el fin de semana del 28 de octubre de 1978. Julito, un campesino, fue la persona encargada de empezar a cavar en el patio de la casa. Concreto, hierro, agua y basura eran los elementos que los integrantes del M-19 se fueron encontrando por el camino. Cada uno de ellos generaba problemas específicos que alargaban las jornadas de trabajo y complicaban el proceso de construcción. Las bolsas de basura expedían gases fétidos que podían ser letales para la salud, la recolección de la tierra y la extracción del agua con motobombas eran obstáculos para la excavación y para agilizar el avance hacia el depósito de armas.

La meta era llegar el 31 de diciembre y los ingenieros que acompañaron el proyecto consideraban que por la falta de tiempo y de experiencia era imposible lograr el túnel en menos de dos meses. Los radios y los televisores permanecían a tope con el volumen todo el día. Era esta la única estrategia para aislar los ruidos provenientes del fondo de la tierra, y, sobre todo, cuando se trató de la creación de un sistema de rieles de madera y caucho para el transporte de las armas y de los inyectores y bombas especiales de aire para que los obreros no murieran asfixiados.

A diario se extraían dos toneladas de tierra que eran guardadas en bolsas de polietileno y transportadas en una camioneta que salía en promedio tres veces en el día. Los movimientos de los integrantes del Eme debían ser cautelosos y para eso la familia Arteaga aportaba una falsa modestia y una gran fachada de camaradería y confianza con los centinelas del ejército. Cada detalle debía ser estudiado y realizado con cuidado y precisión, pues fallar en el golpe hubiera significado un fin anticipado de la guerrilla urbana.

La entrada al túnel constaba de un hueco vertical de 70 centímetros de diámetro y tres metros de profundidad. En el cielorraso del túnel habían escondido armas en caso de ser descubiertos por el ejército. A falta de un mes hacían falta 71 metros para llegar al depósito. La tarea se hacía más difícil y la luz al final del túnel era inverosímil. El ejército rondaba la zona por ejercicios de rutina. La amenaza de ser descubiertos era latente y los días sin la luz del sol, sin un aire puro y sin mucho descanso se hacían más extensos. Todo el tiempo se trabajó bajo los pies del enemigo. Por un momento la moral de los obreros se fue al piso. A mediados de diciembre la mayoría iba a desertar del trabajo. Sin embargo, lo que la mayoría no sabía era que el trabajo finalizaría con el robo de armas, objetivo que ninguno conocía y que terminó por motivarlos para acelerar la excavación. Creer en la revolución, en dar un golpe de autoridad y en ser los protagonistas de un proyecto que haría historia por su ingeniería, su planeación y su resultado les subió la moral, les recordó los propósitos de su lucha y las aspiraciones de sus ideas como semillas de un nuevo mundo.

Mientras unos hicieron posible la proeza con sus manos corroídas y llenas de tierra, Bateman había logrado establecer relaciones con los cubanos, los panameños y los nicaragüenses. Junto con Iván Ospina, El Flaco logró entrevistarse con uno de los líderes del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Panamá. Mil armas era el símbolo de la solidaridad con la revolución en Nicaragua que ofrecía Bateman. Torrijos, el presidente de Panamá, estuvo enterado de la ayuda, al igual que García Márquez. Estos últimos se reunieron y, según lo cuenta Villamizar en la biografía de Bateman, un billete de un dólar que fue partido a la mitad con la firma de cada uno fue la clave para que el presidente panameño y el escritor colombiano lograran mediar en la entrega de las armas entre el autor de Cien años de soledad y el emisario del general en Bogotá, lugar donde se reunirían con los líderes del M-19 para entregar las armas y ser llevadas a Nicaragua.

El 30 de diciembre lograron tocar el suelo del Cantón. Una losa de concreto los llenó de incertidumbre. Con gatos hidráulicos lograron abrir un hueco y el 31 de diciembre en la madrugada se realizó lo que hasta hacía unas semanas era impensable: ingresar al depósito de armas. Fueron dos meses en los que un grupo de 20 personas trabajaron de sol a sol para construir el túnel. Con el éxito de la operación, un grupo de más de 100 personas ayudó a sacar las más de 7.000 armas que fueron robadas y distribuidas en caletas que se construyeron en varios puntos de la ciudad.

871879

2019-07-19T20:28:10-05:00

article

2019-07-19T20:43:09-05:00

jcasanas_956

none

Andrés Osorio Guillott

Cultura

El robo de las armas del Cantón Norte y su relación con la Revolución Sandinista

83

10757

10840