El rosario y el espanto (Cuentos de sábado en la tarde)

Llamarle salvajito resultaba halago para aquel muchacho delgado de huesos largos y mirada perdida. Sus días  transcurrían entre un viejo caserío castigado por la pobreza, el calor, los malos gobiernos y lo que su  imaginación le hacía creer que en ocasiones parecía tan real como los raspones de sus rodillas por alguna tonta caída.

Cortesía

Al eterno amor entre 

Paula Colina y Mome 

 

 

Le gustaba correr a toda velocidad para sentir el viento en su rostro, subirse a lo más alto de los árboles, sujetarse firmemente de sus larguruchas piernas alzando los brazos cual cristo redentor y creerse el dueño de aquel desierto de cardones, gritar a todo pulmón palabras sin sentido con la esperanza de que alguien le respondiera. Disfrutaba imaginar que dejaba una huella infinitiva en el polvo de aquellos caminos con el palo de una mata de guayaba que arrastraba con fuerza mientras caminaba al rio, donde era el más valiente por saltar desde la piedra más alta al pozo, pero lo que más le gustaba era ser cazador. Fabricaba magistralmente su arco con la varilla de algún volatín fracasado. Con el único cuchillo afilado de casa creaba la punta de su flecha y por si eso no era suficiente, llevaba una antigua resortera que no recordaba de dónde la había obtenido y pasaba horas seleccionando sus piedras proyectiles que tenían que ser perfectas. Sacaba el pecho, fruncía el ceño y se iba por esos montes como si fuera un soldado del ejército libertador. Tenía claro su objetivo, las güiras, las prefería antes que las cacaítas porque las güiras son aves más gorditas, cosa que le ayudaba con eso de la puntería. Apenas caía una al suelo corría a desplumarla, la colocaba en su hombro derecho para llevarla a casa donde lo primero que se le atravesaba era la mirada orgullosa de Mamita, que le hacía sentir como héroe  por llevar alimento y lo que le hacía sentir plenamente feliz, por eso cuando sus días de caza fallaban porque las bobas güiras no volaban, no tenía más remedio que escabullirse en el patio de algún vecino  para secuestrar a la gallina más pequeña y regordeta, desplumarla rápidamente y fingir agotamiento al llegar a casa, Mamita, su abuela, que lo conocía como si lo hubiera parido preguntaba, -Mijo, ¿Y esto qué es?-,  a lo que  él rápidamente respondía, -Eso es güira Mamita. Se miraban sabiendo que se mentían,  él sabiendo que ella sabía y ella fingiendo que no sabía, pero es que el amor que sentía Mamita era tan profundo que todo lo que decía el muchacho era música para sus oídos, música que la hacía bailar entre tanto silencio sepulcral. 

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Uno de esos días de intenso sol y  absoluta quietud  se vio movido por la llegada de lo que sería la novedad por mucho tiempo, una pelota de goma, perfecta y veloz, muy diferente a las pelotas que hacia el muchacho de papel periódico y cinta aislante, esas no eran veloces ni representaban un reto para él, en cambio la pelota recién llegada al golpearla contra la pared sin mucho esfuerzo alcanzaba gran velocidad e iba aumentando según la fuerza con que la arrojara y fue así como floreció el inagotable juego del muchacho contra el muchacho, cotejaba  la fuerza de sus brazos al lanzar la pelota como deseando quebrar la desgastada pared de bahareque y al mismo tiempo la velocidad de sus piernas para llegar a atraparla, el tiempo parecía interminable cuando se retaba a sí mismo, su imaginación  transformaba la amarillenta calle en un majestuoso campo de béisbol,  donde él era bateador, pitcher, jardinero central y hasta el umpire de aquellos controversiales partidos donde la única ley era la ley del más veloz. Cuando la imaginación se apagaba ya era de noche, entonces era hora de encontrarse con Dios a través del rosario que Mamita le hacía repetir cada noche para poder dormir en paz y alejar los malos espíritus, que abundan tanto entre las almas puras. Por suerte, él y su alma  estaban bajo el amparo de Dios y Mamita. Sin embargo, en semana santa el diablo se suelta sin que nadie pueda atraparlo, es extraño, pero así son las cosas del diablo y Mamita lo sabía muy bien, por eso se dispuso aquel viernes santo a terminar los oficios bien temprano y tener suficiente tiempo para cuidadosamente encender las veladoras a los santos y hacer el rosario. Envió al joven muchacho al caserío vecino , a la tienda de Don Fausto por la panela de papelón no muy oscura ni muy clarita, como le gustaba a Mamita, también debía llevar a casa los huevos de gallina criolla y la manteca de cerdo, pero el muchacho que solía ser obediente únicamente ante los mandatos de Mamita, ese día no lo fue, le pareció perfecto el momento para romper su propio record de velocidad con la pelota de goma, guardó precavidamente el dinero del mandado en el único bolsillo con cremallera de su desteñido  pantalón, se fue disimuladamente por el camino contrario al caserío vecino hasta la abandonada pared de bahareque que todos los días lo trasladaba a su campo de beisbol soñado. Las horas pasaron mucho más rápido esa tarde, el muchacho solo había logrado dos jonrones, cuando el sol había empezado esconderse y eso ocurría habitualmente después de seis jonrones, por lo que tuvo que apresurarse para llegar a la tienda antes de que oscureciera. Como era tan veloz, lo logró. El pedido ya estaba empacado y la luna ya se había asomado, - Mire mijo váyase con cuidado sabe, hoy es viernes santo y los espantos andan regaos-, expresó don Fausto. Aquellas palabras del viejo de la tienda se le metieron en las venas, sus piernas empezaron a temblar no sabía si por  cansancio o por la culpa que sentía de haberse quedado dormido la noche anterior en pleno rosario. Se alejó rápidamente del lugar buscando el camino más corto para cruzar el caserío, recordó un atajo que había descubierto una mañana de juegos cuando acompañó a Mamita al rancho de Doña María, una vieja sobandera y rezandera, amarró el costal del mandado a su espalda con el cordón de uno de sus zapatos, y pasó por debajo de una cerca de alambre llegando a una angosta vereda pobremente alumbrada con  bombillos amarillos de una que otra casa. Daba largos pasos y en su cabeza retumbaban las pavosas palabras de don Fausto y los fulanos espantos. En un tramo el camino se tornó oscuro, totalmente oscuro, solo la luz de la luna le iluminaba los pasos, y fue entonces cuando de la nada apareció frente al muchacho una sombra amorfa con brazos largos que al estirarlos cubrían toda la vereda y de su cabeza parecían salir millones de cachos. El muchacho, pasmado, solo pudo retroceder un paso, y le pareció que el espanto también retrocedía. Para confirmarlo dio un largo paso a la derecha y la sombra también se movió a la derecha, dio otro paso a la izquierda y la sombra le siguió hacia la izquierda. Ante el inevitable acecho, el muchacho cerró los ojos, apretó los puños y corrió de frente al espanto pensando que podría traspasarlo. Nunca había sentido que corría tanto y tan veloz. Un duro golpe le hizo abrir los ojos y se vio atrapado entre una nube de polvo. El espanto había quedado atrás, no volteo, corrió y corrió hasta llegar a los brazos de Mamita, ahí estaba el pobre flaco agotado, asustado, con medio mandado y sin un zapato, -¿Qué me le pasó mi muchacho?-, preguntó Mamita  -Un espanto, una sombra negra con millones de cachos-, respondió el muchacho.  -Un bicho feo Mamita, se me atravesó y me perseguía, yo me movía a la derecha y el bicho se movía a la derecha, yo me movía a la izquierda y el bicho también se movía a la izquierda-.  Mamita  sabía  que eso no eran cosas de este mundo, sin dudarlo fue por su rosario. Tranquilo mijo, vamos a rezar para alejar los espantos-. El muchacho larguirucho lloroso y atemorizado parecía pichoncito caído de su nido. Mamita lo abrazaba con fuerza queriendo arrancarle todos los miedos mientras le  decía, -Repite después de mí, padre nuestro que estás en los cielos-, y el muchacho le seguía, -Padre nuestro que estás en los cielos-,  hasta  que el agotamiento pudo más que el miedo y el muchacho se venció ante sueño. 

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Insistentes y nerviosos golpes en la puerta de la casa sorprendieron a Mamita la mañana siguiente. Era su comadre María, quien con raspones en la cara, brazos y rodillas, no dejó que Mamita le hablara. Pasó apresuradamente a la sala donde se sentó desconsolada y con voz quebrada narraba - Ay comadre, anoche vi un espanto, un bicho feo se me atravesó y me perseguía, yo me movía a la derecha y el bicho se movía a la derecha, yo me movía a la izquierda y el bicho también se movía a la izquierda, se me vino encima, yo cerré los ojos y me puse rezar, cosa que no le debe haber gustado al espanto porque antes de irse me pegó muy duro, mire cómo me dejó comadre-, a lo que Mamita con media sonrisa respondió: -Eso no es de este mundo-.  Mostrándole un zapato roto y sin cordón, doña María prosiguió: -Cuando me pude levantar vi este zapato en el piso, ese espanto debió haber asustado a varios-.  Mamita le quitó el zapato, lo llevó a la habitación del muchacho, lo colocó junto a su par, tomó su rosario, entre dientes se le escapó una tímida carcajada y dijo, -Tranquila comadre, vamos a rezar para alejar los espantos-,  mientras la abrazaba con  fuerza como queriendo arrancarle  todos los miedos. -Repita después de mí, padre nuestro que estás en los cielos- .

 

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