El que sabe, sabe

Los Centros de Mantenimiento y Reparación de Instrumentos Musicales siguen en la tarea de instaurar en Colombia una verdadera cultura de luthería.

Foto: Wilfredo Amaya

Hace más de 130 años Oreste Sindici —tenor y compositor italiano radicado en Bogotá, autor de la música del himno nacional colombiano— escribía en una carta que en Colombia hacía mucha falta la existencia de luthieres, de personas especialmente entrenadas para construir o reparar instrumentos musicales. Sindici, uno de los inmigrantes italianos más importantes de la historia del país, era una de varias personas de la época que pagaban una fortuna para mandar a traer un piano desde Europa y subirlo literalmente a pie desde Honda a Bogotá cargado por indígenas. Una vez llegado el instrumento —si es que llegaba íntegro— personas como Sindici tenían que arreglárselas para buscar a alguien que les afinara su instrumento e hiciera las reparaciones necesarias. De lo contrario, el único remedio era intentar arreglarlo por cuenta propia, labor que fácilmente podría arruinar el instrumento.

Este relato, perteneciente al siglo XIX colombiano, es todavía válido en varias regiones del país. Si bien los pianos no son transportados a pie —aunque hay regiones donde todavía es necesario hacerlo— la construcción y reparación de instrumentos es una labor de muy poca trayectoria en Colombia. Luthieres los hay y los ha habido, sin duda, pero más de un piano Steinway ha sido arruinado por manos mal entrenadas, incluso contratadas por universidades y conservatorios del país.

Es por esta razón que los Centros de Mantenimiento y Reparación de Instrumentos Musicales es una de las iniciativas más importantes que la Fundación Salvi —junto con el Ministerio de Cultura y la Fundación Fanny y Luis Carlos Sarmiento— ha traído a Cartagena. A través de ella se busca proveerles a los músicos de la región una mano para arreglar sus instrumentos, enseñarles a cuidarlos y formar profesionales en luthería. Para estos objetivos se ha traído a varios maestros internacionales que en este instante reparan y enseñan a reparar instrumentos de toda clase.

Curioso de conocer esta labor, tuve la oportunidad de hablar con Alfredo Alessandrini, uno de los luthieres de acordeón con más experiencia en el mundo. Su hijo, Tonino Alessandrini, es hoy el encargado de manejar el taller familiar de fabricación y reparación de acordeones, fundado en 1952 en Castelfidardo, pueblo italiano que ha recibido el apodo de “la capital mundial del acordeón”. El privilegio de tener una dinastía así es único, siendo el acordeón el instrumento insigne del vallenato.

“La iniciativa de estos talleres es buena e interesante”, comenta Alessandrini mientras arregla uno de los acordeones malheridos llevados a su taller, hoy en la Sede San Agustín de la Universidad de Cartagena. “Es interesante para quienes quieren iniciar el recorrido hacia la labor de restauración de estos instrumentos”. Habiendo recibido decenas de acordeones para su reparación, el maestro explica que los daños más comunes se encuentran en las lengüetas y en las teclas del instrumento. “El problema principal es que los instrumentos que me han traído para reparar son de muy baja calidad”.

Con el poco poder adquisitivo del colombiano promedio esto no debe sorprender a nadie, pero Alessandrini también enfatiza la necesidad que hay de instaurar una cultura en el país sobre la profesión que él ha practicado por décadas. “En Colombia falta de todo un poco”, comenta con gran franqueza. “Y falta también que la gente sepa bien cómo es el artesanado de la luthería”.

En suma, el camino todavía será sin duda largo, pero iniciativas como esta son las que últimamente sentarán las bases. 

* Compositor e historiador.

 

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