"El santero", de Gonzalo España (Por capítulos)

En nuestra sección "Por capítulos", presentamos el primero de "El santero" (Editorial Panamericana), la más reciente novela del escritor colombiano Gonzalo España, que cuenta la historia de una familia y del nacimiento de un pueblo, Los santos.

Gonzalo España, quien se ha dedicado a la ficción histórica y costumbrista. "El santero", su más reciente novela, es la historia de una familia y del nacimiento de un pueblo, Los santos.Cortesía

Faltaban todavía muchos, pero muchos años aún, para que Desiderio Dámaso jugara su última y definitiva partida, acaso la más audaz y maravillosa de todas, cuando niño Henry regresó a casa esa mañana de enero, corriendo a todo correr. En la esquina del antejardín, al doblar en diagonal directo a la puerta, resbaló en la tierra suelta y mojada, y abatió de frente la gran mata de girasol, plantada allí por Briceida como emblema del hogar. Los pétalos amarillos de la enorme flor se le pegaron a la cara, dándole un extraño aspecto de indio pintado. Los ladrillos tablones del zaguán, que tenía eco, > 12 < atronaron bajo sus zapatos unos segundos después, cuando por fin pudo levantarse.

Por fortuna no había allí ningún perro echado, como acostumbraba haberlo, pues le hubiera resultado imposible evitarlo. Todos los perros de la casa estaban a esa hora en la cocina, velando con ojos ansiosos lo que Briceida ponía en los platos, esperando que les tocara un nimio bocado. Ella servía muy ceremoniosamente la media mañana al bisabuelo Samuel, de edad ya indefinida en aquel entonces. Bajo la olleta ardía un dulce fuego de leña; el humo tejía una cortina azulosa en el aire. Niño Henry saltó adentro con la cara floreteada de pétalos de girasol, gritando a todo gritar que algo terrible y acaso irreparable les estaba ocurriendo a las ovejas. Todos se llevaron un susto del diablo, la olleta se volcó y apagó el fogón, soltando un resoplido siniestro, los perros retrocedieron acobardados, el bisabuelo se vertió el café hirviente en la bragueta, lo que sobró en el pocillo lo tiró con rabia por encima del hombro. La intempestiva irrupción del muchacho se les había antojado un ataque indio.

Aquella ya no era tierra de indios —el último guane había desaparecido de la región por lo menos dos siglos atrás—, pero igual les paralizó el corazón, porque el miedo a su bravura y a su ferocidad se llevaba en la sangre como un instinto dormido y se manifestaba ante cualquier cosa salida de tono, ya fuera el simple romperse de una ramita o el estornudo de un burro. Solo porque la noticia ameritaba una pronta respuesta, el bisabuelo se sobrepuso a la rabia que lo arrebató y, alzando las posaderas con temple de soldado, salió de la cocina con aire marcial, en busca de su escopeta. Llevaba crispados los pelos del bigote y las cejas; no sabía qué hacer primero, si sacarse el cinturón de cuero que le atajaba los calzones y propinarle una zurra al muchacho, o ir en busca de su escopeta, un viejo trabuco de cargar por la boca que permanecía recostado en la cabecera de su cama. —Traiga la pólvora y amarre los perros —gruñó finalmente con voz torva a niño Henry, que lo seguía muy de cerca. La más mínima desobediencia le hubiera acarreado una zurra. Eran cinco perros; si no se les amarraba, alertarían y espantarían medio mundo antes de llegar a saberse qué asustaba a las ovejas. Niño Henry les echó una cuerda al pescuezo y los dejó atados a medio ahorcar en una de las pilastras que sostenían el techo de la casa, pero por cumplir esta orden y al mismo tiempo llevarse el cacho de la pólvora, olvidó el frasco de los balines. Al salir, el bisabuelo le llevaba ya una buena ventaja; en la puerta cayó en la cuenta > 14 < del olvido, pero en lugar de retroceder prosiguió sin vacilación, temeroso de perderse el disparo que de todas maneras ya no habría de hacerse. El sol comenzaba a dorar la mañana. Las ovejas balaban distantes.

Cerca del lugar donde las ovejas balaban distantes se agacharon con gran sigilo detrás de unas matas de fique, pasando sin verlo junto a un venado de inmensas proporciones que arrancaba ramitas tiernas de las faldas de un pomarroso. Era un animal enorme, grande como una montaña, tan viejo que el arco del lomo se le había colmado de líquenes y lechuguillas, como el tronco de un árbol añoso. Sus cachos emulaban las palas de una chumbera gigante. Las ovejas se habían apartado lo más lejos posible. Aquel fue el segundo susto de la mañana. Cuando el bisabuelo lo vio, el corazón le dejó de latir. Niño Henry necesitó tironearle suavemente la manga de la camisa para traerlo de vuelta a este mundo y cuando por fin lo logró, el hombre despertó sobresaltado y comenzó a moverse con agitaduras de loco. Le rapó al muchacho el cacho de la pólvora, le quitó el tapón con los dientes y vertió el polvo negro en el cañón, al cual estaba adosada la baqueta para retacarlo, tomó esta y lo apisonó temblando y meciendo las caderas, riendo y al mismo tiempo girando los ojos de la boca de la escopeta al lomo del animal, del lomo del animal a la boca de la escopeta. Niño Henry sopesó lo que vendría a continuación y se apartó unos cuantos pasos.

Cuando el bisabuelo le extendió ceremoniosamente la mano para que sobre ella le colocara el frasco de los balines, el chico ya estaba a más de seis cuerpos de distancia. Se miraron. Henry le mostró sus manos vacías. Entre los dos se inició un diálogo de sordos que más o menos equivalía a lo siguiente: —No me diga que no trajo los balines, chino rependejo. No lo diga, porque lo mato. Henry volvió a mostrarle las manos vacías. —Mire este animal. Tiene carne para medio año y sobra, una pieza así no se presenta nunca jamás en la vida. No me diga que no trajo los balines, chino cabrón. Henry mostró las manos vacías por tercera vez. —¿Se imagina ese cuero tendido en la sala? ¿Se imagina esa cornamenta colgada en la pared? ¿Se imagina la fama de cazadores y lo que diría la gente de nosotros? No me diga que no trajo los balines, chino marica.

Entretanto, el bisabuelo había ido acercándose, tratando de prenderlo y asestarle por lo menos un pescozón, pero Henry retrocedía un paso cada vez. El hombre tenía tan caliente la mano que acabó por descargársela en su propio trasero, arrancándose de allí una nube de chispas y polvo. Fue un momento de desolación digno de olvidar. Tener aquella pieza a menos de un palmo y dejarla escapar era la circunstancia más triste en su vida de labriego y cazador. Dicen que una lágrima rodó de sus ojos. Pero el destino quiere las cosas a su modo y tal vez para remediar tanto enojo, o para hacerlo más agudo, había puesto allí una mata de pedralejo, planta cuyas semillas, es cosa sabida, son más duras que el plomo. El bisabuelo descubrió por el rabillo del ojo los racimos que el arbusto le ofrecía y sin pensarlo dos veces arrancó una manotada de pepas, y cargó el arma como si se tratara de auténticos perdigones. Hecho esto, alzó arteramente la escopeta, apuntó con sevicia al lomo del gran animal y apretó orgulloso el gatillo. En medio de un estruendo infernal los perdigones del pedralejo salieron un poco atascados, el venado cayó sobre unos matorrales con las patas alzadas al cielo, como venado que sabe que un tiro de esos resulta mortal y por eso cayó de semejante manera.

Padre e hijo alcanzaron a llenarse de encanto y admiración. El humo de la descarga tardó en disiparse. Estaban a punto de avanzar con resolución para reconocer y cobrar la presa cuando el pesado animal comenzó a levantar trabajosamente el anca, sacudió con fastidio la adornada cabeza y exhaló con un bronco resuello el humo que se había tragado. Tardó todavía un poco más en alzarse sobre las patas delanteras y ponerse en pie. Era tan grande y pesado que sus cascos se hundían suavemente en la hierba, y tan alto que el estandarte de su cornamenta se alzaba sobre los pomarrosos. Ya para ese entonces, niño Henry había adquirido el aspecto de perro sharpei que lo acompañaría toda la vida. El pellejo de la frente, muy rojo a causa del sol y de la pigmentación natural de la piel, se le engrosaba de tanto fruncirlo; los ojos se le tornaban saltones, la nariz le abultaba como una breva madura, caminaba inclinado hacia delante con cara de preocupación, retorcía mucho los labios y no paraba de maldecir. Era que estaba aprendiendo los números y cada que pasaba del veintitrece al cuarenta y dos la maestra le amarraba un pellizco en el culo. Nada se habló del enorme venado.

El bisabuelo se puso tan triste al verlo desaparecer en la meseta que ni siquiera se acordó de castigar al culpable de la pérdida. Cuando el muchacho intentó contarle el incidente a Briceida, lo calló diciendo que allí no se había visto otra cosa que un simple cervatillo, tan pequeño que había marrado el tiro. En adelante, cada que Henry pretendía hablar, lo paraba de un grito: “¡Usté cállese, chino rependejo, o le asiento la mano!”. Nunca más se habló del asunto, pero pasado algún tiempo niño Henry regresó corriendo otra vez. En esta ocasión no abatió la mata de girasol, sino que se escurrió como un huracán por entre las piernas del bisabuelo y fue a meterse debajo de una cama, al tiempo que lanzaba un grito siniestro: “¡Papá! ¡Mamá! ¡Llegó el fin del mundo!”. Intrigado, el hombre caminó hasta la puerta y se asomó cauteloso, apenas para contemplar la montaña florecida que pasaba de largo. El pánico ante algo tan sobrenatural como una montaña caminando le impidió moverse del sitio. Briceida, que al grito de niño Henry había sacado la cabeza por la ventana de la cocina, la vio y cayó desvanecida encima del fogón, que por suerte estaba apagado. El prodigio trashumante no se detuvo: su andar era lento, tan majo y maravilloso que demoró un rato en desvanecerse por la senda polvorienta del camino. Durante los siguientes días todos en casa permanecieron alelados y mudos, actuando unas veces como autómatas y otras como sonámbulos.

Briceida olvidaba pelar las cosas que cocinaba, lloraba sin saber por qué y una mañana metió por descuido el gato en una olla de agua hirviendo; el bisabuelo se la pasaba horas enteras sentado en el retrete sin bajarse los pantalones. Era el único sitio donde podía pensar a sus anchas. Él, en particular, se hubiera vuelto loco de remate si no consigue descifrar el enigma. Por fortuna, la montaña florecida volvió a salirle al paso unos días después, entre la bruma de la madrugada, cuando regresaba del ordeñadero con un par de baldes repletos de leche en las manos. Delante el uno del otro, el hombre supo que iba a morir de terror, pero no quiso morirse sin saber de qué se trataba aquella locura. Cuando finalmente la interpretó, los baldes que portaba se le cayeron de las manos, retumbaron contra el suelo y le chisguetearon los mostachos en espuma de leche. Se trataba del venado que asustó a sus ovejas, en cuyas espaldas habían reventado y florecido las pepas del pedralejo, formando un bosque espeso, con flores, chamizos, enredaderas, mirlas, ardillas y hasta micos, que saltaban por entre las verdes ramas. 

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"El santero", de Gonzalo España (Por capítulos)

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