El teatro de otra latitud

Ayer terminó la edición número XXXIII del Festival Internacional de Teatro de Manizales, que este año presentó una muestra considerable de montajes realizados en Asia.

Acto I: ‘Darkness poomba’

El rock nos enseñó a sumarnos a las transgresiones. El género puso la cuota inicial para que un arte considerado netamente sonoro invadiera terrenos de lo visual y comenzara a contar historias a través de imágenes. Se opuso a las guerras y generó una ideología más contagiosa que el mismo hábito de mascar chicle, pero también fue un combustible decisivo para hacer que las faldas escalaran, con impulso eso sí, descubriendo las extremidades femeninas. Ese espíritu irreverente del hijo menor del blues es el que aprovechan los integrantes de la compañía Modern Table, de Corea, para realizar sus montajes teatrales.

El colectivo coreano llegó al Festival Internacional de Teatro de Manizales de la mano de su experimento Darkness poomba, en el que bajo la influencia del rock, se eliminan las fronteras entre el escenario y las butacas. Pero esta no es la única trasgresión, porque con la habilidad de un senséi, sus integrantes recorren los caminos de las artes escénicas, pisan los terrenos de la danza contemporánea y hacen contundentes coqueteos con la música, el pop y el hip hop. El grupo coreano aprovecha la sonoridad de los poemas tradicionales de su país, así como el texto principal de su himno nacional, y los transforma en potentes canciones de corte occidental.

Con una guitarra, un bajo, una batería, una armónica y las inagotables posibilidades del scat, además de la presencia imponente de seis bailarines, la compañía comandada por el coreógrafo Kim Jae-Duk juega, pelea, salta, acelera y desacelera en dos actos, cada uno de más de 40 minutos de duración. Su propuesta no requiere de grandes despliegues tecnológicos y el juego de luces, en este caso, es aliado de la penumbra. La oscuridad es la reina, mientras que el despliegue corporal de los danzantes y músicos vendría siendo como la virreina y la música estaría fuera de concurso.

Los poemas musicalizados son referentes instantáneos de la cultura coreana, pero las melodías que visten su desarrollo son universales y ese hecho se constituye en una pieza más de su condición innovadora. La iniciativa de la compañía Modern Table es por momentos agresiva y luego se convierte en una puesta en escena respetuosa y elegante. Es arte contemporáneo, pero también es un homenaje a lo ancestral. Es lo que se denomina una propuesta interdisciplinaria. Es danza, teatro, poesía y música. Es un montaje transgresor, así como el rock.

Acto II: ‘Bubble, bubble’

A Okuda Masashi le gusta que le irrespeten la burbuja. Es tan hábil para transformar el agua y el jabón en círculos de aire, que no le da temor compartir con los transeúntes sus habilidades. El japonés saca burbujas de todas partes. De un paraguas, de un sombrero y del bolsillo de la camisa, pero lo que mejor lo identifica es su facilidad para incorporar elementos espontáneos en el transcurso normal de su espectáculo Bubble, bubble’.

Él cumple con la premisa del teatro callejero de que no debe dejar pasar detalles para enriquecer el show. Un ladrido de un perro es fácilmente un componente esencial para esta obra, cuya finalidad es hacer que en una misma burbuja se mezclen la edad adulta y la infancia, no importa qué tan lejana esté ella. Los niños saltan al escenario improvisado, bien para soplar las pompas de jabón y ayudarlas a que se vuelvan vecinas de las nubes, o bien para acribillarlas con las suelas de los zapatos, y eso es lo que nutre el desarrollo de la propuesta de Masashi.

Es un mago, un acróbata, un malabarista, un ‘burbujero’ capaz de mantener en vilo el público durante más de media hora con sus círculos de aires de todas las formas, texturas y tamaños. Redondas, alargadas, como esteras y hasta humeantes, así son las burbujas de Okuda Masashi.

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