El temor y los demás (I)

Barcelona.

Cuando se pregunta por los miedos hay personas que los tienen a la mano y responden como si estuvieran hablando de su color o su comida preferida, como si fuera su número de identificación.

Imagen de Barcelona, la "ciudad condal". Luis Alfredo Sepúlveda

Otras, sin embargo, aún no se deciden, o no me quisieron contar. También está el caso de mi madre, que después de presionarla y mencionarle una lista de temores y tragedias más comunes, por fin me confesó cuál era el suyo.

Uno de mis mejores amigos dijo: “El mío es estar ya muy mayor y tener que lidiar con la soledad y los recuerdos de las personas que amé y no están a mi lado”. Yo me imaginaba que él temía a que la gente se enterara de su doble vida, somos amigos hace más de veinticinco años y creía saber la respuesta. Él es un médico y actor porno que hace poco ganó el concurso de Mr. Fetish España 2019 y por lo tanto irá al International Mister Leather 2020 en Chicago. Santi Noguera no tiene miedo al qué dirán, así que no es una “doble vida”, es su vida; hace lo que quiere con valentía. “Di mi nombre, no hay problema”, me dijo.

Si le interesa leer la segunda parte de este especial, ingrese acá: El temor y los demás (Parte II)

Otro mejor amigo le teme desde hace años a la bomba atómica. Le digo que es un miedo pasado de moda, que debería pensar en el cambio climático. Pero él está seguro de que algún día volaremos todos en pedazos por culpa de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, India, Pakistán, China, Rusia, Israel o Corea del Norte, “aunque a este último país no se le ha comprobado si la tienen o no”. Él le hace seguimiento a cada bomba del mundo y es entonces cuando acepto que son varias las posibilidades. El miedo es contagioso e itinerante.

También le teme a ser pobre y a fracasar, que podría clasificarse entre los miedos más comunes al igual que a la muerte de los padres, de los hijos o la pareja, temor al dolor físico, a la enfermedad mental, a ser un amargado, a dejar de sentir emoción por la vida, a ir a la cárcel, al abandono, a los muertos, a los incendios, a los terremotos, a perder la memoria, a tomar decisiones, a no tener back up y quedarse sin todo lo escrito, a la muerte de la gata, a ser madre o a nunca ser madre, a la soledad, al olvido y a la propia muerte. El último temor que me contaron antes de terminar este texto es el de mi abuela, que es la persona más viejita que conozco: tiene noventa y un años. Ella teme no poder dormir y no poder comer, que es lo que más le gusta hacer en la vida.

Mi jefa, una yogui canadiense de treinta y nueve años, dijo: “No tengo miedo por la muerte, quiero morir, es una aventura”. Envidio que hable español sin complejos, aunque se le enreden las preposiciones en las frases. Yo creo que me las sé en inglés y en catalán, pero necesito dos tragos para que otro idioma fluya sin temor a equivocarme y a hacer el ridículo. Mi jefa me cuenta que su mamá trabaja desde hace muchos años ayudando a que la gente se muera como debe ser: en paz. Tiene una lista de pacientes a quienes acompaña en el proceso, va y los visita y quién sabe cómo les ayuda a aceptar que pronto ya no estarán por aquí, que se les acabó el tiempo. Por eso ella ve la muerte como una aventura que quiere experimentar. Discutimos sobre la definición de esa palabra y nos reímos ¿Aventura? Al final acepta que le teme a que sus hijos pequeños se queden solos, a no poder criarlos, al igual que mis amigas Daniela, Dina, Liss, Paulina, Laura y otras que son madres. Es más fácil vivir creyéndose inmortal.

Algunos miedos van cambiando a lo largo del tiempo y otros permanecen. Por ejemplo, mi amiga Laura le temía con todas sus fuerzas de niña de diez años a desdoblarse por las noches. En el colegio nos contaba que oía a su hermano recién nacido llorar en la habitación del fondo del pasillo y ella sentía cómo el alma se le salía del cuerpo para ir a verlo. A veces el alma se le quedaba en la mitad, ni afuera ni adentro, y era la peor sensación del mundo. La imagino tomando de los hombros su cuerpo demediado y tirando su alma hacia atrás para que regresara a la cama. Hoy, casi treinta años después esto no le sucede, ni siquiera recordaba ese temor que yo creía contagioso. Existen miedos que se pierden por el camino.

Ahora Laura tiene un hijo, que es mi ahijado, y su mayor temor es que le suceda lo que todas las mujeres tememos que nos pase; un abuso, una violación. Por eso le enseña a su hijo que su cuerpo es suyo y que debe cuidarlo. “Uno siempre piensa en eso así no lo esté diciendo”, concluimos las dos. Tenemos miedo a ser violadas, miedo a ese miedo que no se va nunca. O como dice otra amiga, Camila Pinzón, activista de Femen, de la que cada día aprendo más: “Tengo miedo a estar en una relación donde me violenten y no poder salir de ahí o no darme cuenta, o que alguien me haga daño en la calle y las personas a mi alrededor se queden mirando sin hacer nada”.

A pesar de haber estudiado en los noventa en un colegio de monjas, mis dos mejores amigas del colegio y yo no le tememos a Dios. Podría decir que lo ignorábamos un poco pues las monjas eran más devotas de la Virgen; esa fue mi percepción. Con Dios tuvimos una relación cordial de jefe lejano, así la Biblia estuviera llena de historias de terror. A lo que sí nos enseñaron fue a temerle a los embarazos. Si eso pasaba, tendríamos que dejar de ir a clases junto a las demás alumnas, usar horribles batas de color pastel y tomar clases en la biblioteca del colegio como si estuviéramos infectadas. Recuerdo ir allí con cualquier excusa solo para ver a la niña embarazada de turno. Niñas tristes y señaladas. Y entonces también recuerdo que dos compañeras de mi salón en el último año fueron más astutas, aflojaron la pretina de la falda de cuadros y guardaron el secreto hasta graduarse.

Al parecer el sexo prematrimonial en mi colegio católico no era pecado porque nos enseñaron a poner un condón. Aunque no fueron precisamente las monjas con sus manos las que nos dieron la clase, lo hizo mi primer novio. Le escribí preguntándole qué sintió en ese momento y dijo: “Terror”. Por esos días él prestaba el servicio militar obligatorio, fue policía, y con dieciocho años tuvo que dar una charla de Enfermedades de Transmisión Sexual y enseñar cómo poner un condón a mujeres solo meses menores que él, entre las que estaba, desde hacía poco, su exnovia, yo. Él, que nunca los había usado, debía deslizar con sus manos un preservativo sobre un pene de plástico, pero como lo olvidó en casa tuvo que improvisar con el bolillo que cargaba en su cintura. “Terror”, me repite. Al final terminamos hablando del destino de los cincuenta condones que llevaba de muestra y que no le permitieron repartir.

Mi madre me dijo durante una hora al teléfono que no le tenía miedo a nada. “Una súper mujer”, le dije para molestarla y respondió que: “de verdad a nada, a nada”. “¿Ni siquiera a estar de noche sola en la calle?” “No, tampoco”, me dijo. “Pues yo sí”, le respondí. Sé que es un privilegio vivir en una ciudad como Barcelona, pero si a uno se le ha metido ese miedo adentro ya no se le sale, no importa en el lugar que viva.

Seguimos hablando de acoso sexual y se acordó que cuando yo tenía dieciséis años ella insultó a un señor que iba sentado en el último puesto de un bus. Cuando estábamos paradas en la puerta el señor se quedó mirando mi pantalón y dijo algo. Yo no le respondí, pero me sentí avergonzada y agaché la cabeza. Pedimos la parada y mi madre le dijo: “asqueroso depravado, métase con una de su edad” y mientras el bus se detenía todos miraron hacia atrás y se unieron al insulto. Una vez abajo, en la acera, mi madre me preguntó qué me había dicho. “El cierre, que tenía el cierre abajo y que me lo subiera”, le dije. Solo por sospecha me sigue defendiendo. Después de recordar ese día dijo que ya tenía la respuesta a mi pregunta inicial, pero que no le gustaba decirlo, y es que el miedo de mi madre soy yo.

¿Y al futuro del país? Nadie lo dijo. Esto más bien es una tristeza con disfraz de esperanza. Tampoco mencionaron el amor. Nadie, ni una sola persona me dijo algo al respecto. Suena bastante cursi y más leído en voz alta, pero nadie le teme al amor, ¿en serio?, pensé. O es que quizás tenemos tan mala memoria que no recordamos que varias veces el mundo se acabó de repente. Yo celebro la mala memoria.

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Isabel-Cristina Arenas

Cultura

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