El temor y los demás (Parte II)

Barcelona.

Mi temor más reciente es cuando Olga Martínez me invitó a participar en un evento mensual de su editorial (Candaya) aquí en Barcelona.

Pompeya, una manera de representar el temor, del escultor franco polaco Igor Mitoraj. Luis Alfredo Sepúlveda

Es una lectura pública en donde hay ficción, poesía, ensayo y no ficción, acompañada de un vino del Penedés y enfocada en una palabra diferente en cada ocasión. “Miedo, es la del próximo encuentro”, dijo.

Hablar en público es un temor superficial, no por eso de menor categoría porque se vive en tiempo real, afecta el pulso, altera la voz, el color de la piel, la temperatura del cuerpo. Escribí este texto para esa noche y lo leí con ayuda del remedio que con mi tomábamos para la gripa: dos copitas de whisky.

Si está interesado en leer la primera parte de este especial, ingrese acá: El temor y los demás

Mi miedo físico más reciente es de hace unos dos meses: le temo a las cafeteras italianas. No pienso volver a estar nunca cerca de un aparato del mal como esos. Era sábado y estaba preparando el desayuno, abrí la tapa superior y vi que el café comenzaba a subir pero que había olvidado poner el filtro interior. El líquido estaba sucio, con pepitas de café que tendría que colar después. Era la segunda vez que me sucedía lo mismo, no me preocupé. Bajé la tapa, giré hacia la izquierda y la cafetera estalló. Por fortuna no estaba sola. Cuando llamé a un amigo médico me preguntó si tenía la ceja, “¿la ceja?” “¿cómo que la ceja?”, le dije. Tendría que esperar dos o tres horas para ver si salían o no ampollas en mi cara. Entré en shock y llamé a mi mamá en Colombia. El temor estaba ahora en todas las posibilidades de deformación y terribles consecuencias, y era peor al pensar que podría haber estado justo en frente de la cafetera. Fue una quemadura de primer grado y estoy bien.

El miedo más antiguo y más presente está en mis doce años. Era domingo en la mañana cuando una vecina llegó a nuestra casa y dijo: “Su mamá tuvo un accidente”. Mi hermano menor comenzó a saltar y a gritar. Preguntó si estaba viva. “Sí, está viva”, le dijeron. Yo no me acuerdo de mí misma. Fuimos a verla a la clínica, ella estaba acostada en una cama alta que me llegaba casi a los hombros. Tenía un tubo en forma de cono de helado que le salía del ojo izquierdo y una costura de ciento siete puntos que le atravesaba la frente. Quiso decirnos algo y no pudo, se había mordido la lengua, se la cosieron igual que su frente, pensé que quizás no podría volver a hablar.

Ella estaba en el asiento de al lado del conductor, con las piernas cruzadas en forma de loto, sin cinturón de seguridad y cantando Carlos Vives junto a dos amigos más. Y de pronto una frenada en seco y el accidente y ella incrustada en el espacio en donde se ponen los pies, con la guantera cortándole la cara y la palanca de cambios dentro de su ojo. Esto sucedió hace veintiséis años. Después de todo este tiempo mi mamá todavía no recuerda nada de ese momento. Le pido que se esfuerce, y dice “que no, que nada”. Tenía cuarenta años, un divorcio, dos hijos pequeños y un trabajo como profesora de matemáticas.

Mientras ella se recuperaba pasamos una temporada donde una tía. Cuando volvimos a estar los tres juntos, comenzó mi temor más antiguo: mi madre nos planeaba una posible vida sin ella. Mi hermano iría a donde mis tías, y yo a donde mi abuelo, o al revés. Mi padre no era una opción. Entonces quizás estudiaríamos, quizás no, tal vez tendríamos que cambiar de amigos, de país, quizás dejaríamos de tener la misma sangre.

En esa época mi hermano, con nueve años, comenzó a preguntar con insistencia: “¿Prefiere morir ahogado o quemado?” Si no respondíamos se levantaba de la mesa y peleaba. Era obligatorio escoger. Entonces algunos días quemados y otros ahogados y paz en la mesa los tres juntos. Habiendo tantas formas de morir hoy le pregunto por qué eligió solo esas dos y dice que bien pudo incluir la caída de un edificio o morir envenenado.

También en ese tiempo comencé a imaginarme la muerte de cada uno de los que conocía, pensaba en su funeral y en la ropa que podría usar. Cuando era el turno de mi mamá pensaba que no tenía nada de color negro, pero quizás me vería bien con el uniforme de gala de alumna rosarista, seguro le gustaría verme así porque ella misma me lo había hecho con su máquina de coser. Quizás después tendría que irme a vivir con las monjas del colegio, o ser la nueva hermana de Laura o Carolina. También intentaba llorar un poco por adelantado, pero eso es casi imposible. No se pueden llorar las penas futuras.

Ese es mi temor más antiguo: la posibilidad de que ella se muriera cada día. Cierro los ojos y ahí está una de las respuestas preferidas de mi madre: “Sé a qué hora salgo, pero nunca a qué hora regreso, si es que regreso”, lo dice con cara de picardía, como si fuera una broma y me molesta. Yo no creo tener ese desinterés propio para que mi único temor en la vida sea la vida de otra persona. Y es entonces cuando vuelve sus palabras a mi mente: “Mi único miedo es usted”.

 

 

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