El testigo

El Museo Nacional abrirá este 4 de abril una exposición que da cuenta de la amplia obra del artista, quien murió en 1998, a los 81 años de edad.

“Nacimiento del volcán Paricutín”. 1943./ Tomada del libro “El México de Leo Matiz”
“Nacimiento del volcán Paricutín”. 1943./ Tomada del libro “El México de Leo Matiz”

“Me interesa el tema humano. La tristeza, el dolor, el robo. He sido víctima de los temas que busco”.

La fotografía de Leo Matiz puede pasar por una bestia extraña, una suerte de monstruo de varias cabezas que contiene la vida, o al menos una visión particular de ella. Retratos de las estrellas del cine, foto fija del rodaje de películas, imágenes abstractas, fotografía de naturaleza, juegos de simetría y forma, ejercicios de ritmo y, ante todo, gente, transeúntes, campesinos, mendigos, presos: un reportero gráfico que se educó en la caricatura para trascender como artista.

En la fotografía de Matiz quizá hay un poco para todos, aunque no para agradar a todos. En buena parte, los sujetos del fotógrafo fueron los olvidados de rigor en la narrativa oficial, los testigos lejanos del progreso y la modernidad. Pero el encuadre no suele apelar al drama para describir las condiciones de sus retratados. Preferiblemente en blanco y negro, las imágenes del artista se presentan como escenas poderosas, aunque no efectistas: un discurso visual apoyado en la observación.

Matiz viajó ampliamente por México, país al que llegó en 1941 y en donde realizó algunas de sus mejores imágenes. En la nómina de varias publicaciones fue comisionado para viajar por Centroamérica, entre otros lugares. De sus viajes llegaron los rostros duros y angulosos de quienes miran directamente al Sol todos los días, las manos quebradas y gruesas, como surcos secos y olvidados; los niños que duermen en las plazas públicas, los condenados que se recuestan en un patio sucio y caliente.

La religión del fotógrafo es la luz, un culto que se expresa a través del ritual inevitable y necesario de la espera. “Algunas de mis mejores fotos salieron en las peores condiciones de luz”. El valor de la técnica y la paciencia. Fotografiar un volcán en nacimiento, lograr una exposición perfecta, un manejo de la cámara que somete al espectador por la elocuencia del fenómeno: una montaña que, en la imagen, dispara luz.

“Leo Matiz en sus fotos no quiere decir más ni menos de lo que su cámara ha registrado. Hay en ellas esa honestidad básica, ese rechazo a toda retórica efectista, a todo barroquismo de simular, que las hace tan valiosas y perdurables. (…) Un instante del hombre y del mundo que ha de permanecer allí como testimonio de un cierto orden, de una cierta sensibilidad…”, escribió Álvaro Mutis acerca de la obra del fotógrafo, con quien trabajó cuando el escritor era el director de relaciones públicas de una empresa petrolera en Colombia.

La adquisición del concepto, del sentido del encuadre, es tal vez un don heredado de los primeros años del fotógrafo como caricaturista, un oficio que le entregó su primera exposición en 1933, cuando tenía 16 años.

Algunos años después, Matiz trabajó como caricaturista para varias revistas y, al poco tiempo, se estrenó como fotógrafo. Algunas de sus primeras imágenes circularon en Santa Fe. También se vinculó al Folletón, una publicación policiaca que se anunciaba como “los ojos y los oídos de la ciudad”. Conoció la calle desde el otro lado del visor. Lección invaluable que le vendría muy bien en México.

“México fue mi escuela, en todos los sentidos. No soñé con ser fotógrafo, soñé con viajar, eso sí”. Matiz terminó de mudar de ropaje por completo al llegar a este país: un artista hecho fotógrafo, algo que podría llegar a sonar como una contradicción de términos en los años cuarenta, cuando la fotografía aún podía ser un oficio que se estaba probando estéticamente mediante el ejercicio de maestros que le aportaron discurso y posibilidades a la mirada.

La carrera de Matiz en México tuvo un despegue meteórico, si se quiere. Trabajó para varias revistas, produciendo reportajes de gran envergadura y alcance, viajó y observó la vida mexicana y le dio rienda suelta a un oficio al que llegó por una vocación secreta y sutil que se reveló indomable y bienhechora. Su disposición de artista lo puso en contacto con algunas de las figuras más destacadas de la plástica mexicana. Sus retratos de Frida Kahlo y Diego Rivera son hoy algunas de las imágenes más icónicas de la pareja.

Matiz salió de México en 1948, luego de una agria disputa con David Alfaro Siqueiros, una de las figuras tutelares en el arte mexicano, en la que hubo acusaciones de plagio y declaraciones en la prensa de ambos bandos; todo muy público y algo desagradable.

El fotógrafo continuó con la cámara terciada al hombro hasta casi quedarse ciego. Ya cerca de morir, escribe Alejandra Matiz, su hija, Matiz temió que la fotografía en color dejaría su trabajo en el olvido.

“Siento el blanco y negro, la existencia de esa textura. Pienso que incluso los recuerdos en la mente siempre son en blanco y negro”. Testigo del mundo.

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