El tiempo atrapado en el lente

Los cambios de la ciudad, sus personajes, su día a día. El trabajo fotográfico de Saúl Orduz explora la vida de mediados del siglo pasado.

Panorámica de la ciudad en 1952. Entre los lugares más notorios está el Centro Internacional.   / Fotos -  Saúl Orduz
Panorámica de la ciudad en 1952. Entre los lugares más notorios está el Centro Internacional. / Fotos - Saúl Orduz

Saúl Orduz fue fotógrafo y también fotografiado. Se lo ve, en una instantánea de los años 40 o 50, delante de un carro blanco de su propiedad, reparando en la mirilla de su cámara. No medirá más de un metro con sesenta, tiene el pelo echado hacia atrás y viste de paño. Un caballero de época. Pero el detalle no está sólo en su vestimenta o el auto. Está en lo que lo rodea. Delante de él, un hombre de sombrero desgastado mira a la cámara, cubriendo a una mujer de vestido de cuello cerrado, sentados en el pasto. Detrás, a lo lejos, hay un hombre de medias blancas, también de paño, caminando por una acera delgada y limpia. Más al fondo, a la derecha, está la plaza de Santamaría, igual que hoy, igual que ayer. Hay algunos árboles, una mujer caminando, un corro de damas platicando. También un aviso de Icollantas y debajo su lema: “Duran más que las demás”.

Los detalles son muchos, claro, pero el más importante es que en aquella foto Orduz está en el mismo espacio que retrata. Es el fotógrafo acompañado de su escena. La escena que con miles de rollos fotográficos descubrió.

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Saúl Orduz, hijo de Roque Orduz y Bernarda Vega, nació el 22 de mayo de 1922 en Sogamoso. A los trece años, y como había poco que hacer en el pueblo, largó para Bogotá. Se empleó sin un cargo fijo —haciendo esto, haciendo aquello, de todo un poco— en Avianca y la entonces Scadta, empresas que apenas nacían como aerolíneas en el país y cuyas oficinas él retrató por esos años. Allí, pues, principió su encuentro con la fotografía, cuando entraba a los laboratorios de la empresa, por curiosidad.

Y así, curioso, encontró lo que lo definiría en la vida. Encontró los rollos y las cajas de revelado, los químicos, la oscuridad del laboratorio. Encontró, además, el cielo, el aire, y la cámara puesta desde allí cuando, por ese tiempo, cambió de labor y devino en miembro de la Fairchild Aerial Survey, una empresa de aerofotografía. Orduz montaba en una avioneta que recorría la ciudad y, cumpliendo con sus horas de vuelo como cualquier piloto, fotografiaba la metrópoli en crecimiento. Se entrenaba, al mismo tiempo, en las técnicas de laboratorio, repasaba lo ya aprendido y lo perfeccionaba. Bogotá era, en los años 40, una ciudad que apenas se plagaba de edificios y construcciones amplias. Seguía siendo, en cierto sentido, la ciudad de los años 20: llena de cafetines, hombres de inamovible sombrero y ruana o vestido elegante, según fuera el caso.

Orduz era un caso extraordinario. ¿Quién tenía la oportunidad de tomar fotos desde el aire? Ni siquiera Manuel H. o Sady González lo habían hecho; ellos eran fotógrafos que esbozaban la metamorfosis de Bogotá con los pies en la tierra, no en el aire. Esa fue, sin embargo, la especialidad que llevó a que el trabajo de Orduz fuera reconocido, aunque de manera tardía. ¿Por qué? En principio, estos trabajos parecían hechos para la fugacidad, para el registro de la vida diaria, quizá —en el caso de Orduz— para servir a la cartografía de alguna empresa privada. Luego, tres o cuatro décadas después, el trabajo de estos fotógrafos empíricos resultó de gran calidad no sólo por los medios que utilizaron, sino también por la memoria que contenían. No eran sólo fotografías; eran hombres y mujeres que ya tal vez habían muerto, lugares que habían desaparecido, sitios entonces bellos y ahora reducidos a basura. Eran recuerdos. Era el tiempo atrapado en la lente.

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“Mira, qué buena imagen, aquí está la foto, qué bonito esto, qué interesante”, solía decir Orduz al encontrar el ángulo y el retrato que deseaba. Salía de su casa, día a día, cámara en mano. Eso recuerda una de sus hijas, Pilar Orduz. Recuerda también que era su modo de vida, que capturar momentos y espacios era su esencia.

Orduz continuó con la fotografía aérea, pero allí no se estancó su labor. Fotografió a los personajes que llegaron a la ciudad, a María Félix, a Agustín Lara, también a Rojas Pinilla y a Virgilio Barco, fotografió la Avenida Jiménez plena de sombreros, la Plaza de Bolívar, los conciertos en la Santamaría.

Tras su paso por la empresa extranjera, llegó al Banco de la República como fotógrafo de planta —según testimonia Juan Carlos Vela en El Nuevo Bogotano—, donde tuvo acceso a la Imprenta de Billetes, y de allí saltó al Acueducto. Así registró la apertura de las represas que rodean la ciudad y la construcción de Chingaza, Chivor y Guavio.

Pero luego vino el olvido, como suele suceder. Murió el 5 de junio de 2010, a los 88 años. No se pensionó y vivió —cuenta Vela— de la mesada de uno de sus seis hijos. El Museo de Bogotá adquirió por $18 millones su obra, que luego publicó en un libro. Vela dice que había un presupuesto de $100 millones para pagarle, pero sólo le entregaron 18. La negociación final fue de $25 millones, quizá poco para tanta memoria.

Orduz decía que no era bueno cobrando.

La exposición de la obra de Orduz estará hasta el 21 de abril en Lalocalidad, calle 118 Nº 5-33.

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