El tiempo de las mil miradas

Una herramienta que sigue pasando por una profunda transformación debido a cambios tecnológicos que han ampliado sus posibilidades.

 / Heidy Amaya
/ Heidy Amaya

Se estima que Facebook recibe en su sistema aproximadamente 250 millones de fotos diariamente. Los usuarios de Instagram suben a la red social 40 millones de imágenes cada día. Algunos cálculos hablan de más de 100.000 usuarios activos cada mes en Flickr, con un promedio diario de más de cinco millones de fotografías cargadas al sistema.

Lo que estas cifras podrían indicar es la ratificación, hace ya un tiempo, de algo así como el imperio de la imagen y, más concretamente, de la fotografía como uno de los canales de expresión más utilizados hoy en día.

Como otros medios de expresión, la fotografía es susceptible de transformaciones a través de la técnica, nuevos avances tecnológicos que rediseñan sus posibilidades y terminan por definir el oficio partiendo de las capacidades de la máquina.

La aparición del terreno digital, la multiplicación de los dispositivos, la entrada de la experiencia social en la red: tres de los factores que hoy han permitido algo así como la multiplicación de los potenciales fotógrafos, por un lado. Aunque este todavía es un debate abierto en el que se discute si toda persona con una cámara es un fotógrafo, una discusión periférica y gremial para algunos, vital para otros.

Por el otro, la omnipresencia de las cámaras, principalmente reencarnadas en teléfonos celulares, ha dado lugar a una evolución acelerada en la relación entre sujeto e imagen, una comprensión más avanzada del poder de una foto. “Lo que sucede hoy es que se ha empezado a crear una sensación de que la imagen define los acontecimientos”, en palabras de Guillermo Santos, fotógrafo y antropólogo, profesor asociado de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional.

Este es un fenómeno que quizá puede rastrearse a los días de la guerra de Vietnam, un momento en el que la reportería gráfica logró, en cierto sentido, cambiar el sentir de la opinión pública alrededor de un conflicto que se anunciaba liberador y justo desde la retórica oficial, pero que se presentaba desalmado y cruel desde las imágenes que llegaban del frente de batalla. “El Gobierno nos decía una cosa y los fotógrafos otra. Es ahí cuando me interesé por el reportaje de guerra”, recuerda James Nachtwey, uno de los fotógrafos de conflicto más respetados de todos los tiempos.

El vasto volumen de imágenes que habita el mundo, que potencialmente representa los puntos de vista y discursos de las personas con una cámara, ha permitido a la imagen convertirse en el documento por excelencia. Pocas cosas podrían definir mejor, o al menos con una rapidez llena de elocuencia, los abusos en la cárcel de Abu Ghraib, en Irak, como la fotografía de un soldado intimidando con su perro de ataque a un prisionero arrodillado.

“La consciencia acerca del poder de la imagen ya está arraigada en las personas y los gobiernos y los actores de un conflicto, para bien y para mal. Sabemos que las fotografías pueden transformar el mundo. Pero eso también lo saben los poderes, que pueden limitar los circuitos de circulación de la imagen”, asegura Santos.

La omnipresencia de la imagen se ofrece como posibilidad, acaso infinita, de documentar la experiencia diaria. Esto, a su vez, ha operado ciertos cambios en la relación entre individuo y realidad, entre la persona y el mundo. “Es el síndrome de nuestra época: queremos registrar lo que estamos viviendo y casi dejamos la vivencia por el registro. Nos vamos de vacaciones y en vez de vivirlas tenemos la compulsión de tomar fotos para después guardarlas en archivos que, en muchas ocasiones, no vuelven a ser revisados”. El síndrome que describe Margarita Monsalve, directora de la Especialización en Fotografía de la Universidad Nacional, está profundamente enlazado con la multiplicación de los dispositivos, ya se dijo, pero también con la disposición de canales para la exposición masiva de la fotografía.

Aunque aún es un debate abierto, lleno de pasión y a veces también un poco de fanatismo, la tensión alrededor de plataformas como Instagram suele agruparse en dos polos: quienes la ven como una vía de comunicación masiva, una herramienta más para difundir el trabajo de un creador, y aquellos que, con desconfianza, la asumen como un peligro para la labor del fotógrafo, en especial para el fotógrafo documental.

Para John Stanmeyer, fotógrafo de National Geographic y miembro de la agencia VII, Instagram es un canal de transmisión poderoso, que le permite alcanzar audiencias más grandes y en más lugares, para difundir sus ideas. “El poder y el propósito de la reportería gráfica y de la fotografía en general no reside en la cámara, sino en lo que se hace con ella (con cualquier cámara) en relación a la comunicación”.

Con la fotografía pasa algo muy similar a lo que ha sucedido con el resto del universo mediático: la rápida aparición de nuevas formas de comunicación ha fragmentado no sólo el modelo de negocios clásico (sustentado en la tenencia de los canales de distribución), sino también la forma en la que se produce el contenido. Sin embargo, una cosa sigue siendo cierta en ambos casos, algo que podría ser casi un mantra moderno, y es que el contenido sigue siendo el rey, la clave para cualquier creador.

“Somos comunicadores por naturaleza y cosas como Instagram nos ofrecen un nuevo lenguaje para hablar. Como sucede con las palabras en un papel, la pregunta de verdad continúa siendo si lo que dices tiene un valor intrínseco para otros o si apenas estás realizando una observación casual”, le dijeron los fotógrafos Daryl Peveto y Matt Slaby a Olivier Laurent en un texto del British Journal of Photography.

En un ambiente con una sobrepoblación técnica (que se expresa tanto en las posibilidades tecnológicas de los dispositivos, como en el creciente número de plataformas para alcanzar diferentes públicos), el rol del fotógrafo, al menos el del fotógrafo documental, incluye hoy en día una suerte de sabiduría mediática: “Hacer un uso cada vez más inteligente del medio en términos de un contexto”, en palabras de Santos. “Algunas de las imágenes que publicamos, el texto que escribimos en varias redes sociales y demás, todo esto pueden ser piezas de un proyecto más grande, profundo y con más capas”, enfatiza Stanmeyer.

Gracias a sus posibilidades técnicas, las opciones casi ilimitadas de manipulación y transformación de un producto, la fotografía es hoy uno de los vehículos primordiales en el arte. No es reducir la producción artística al ámbito fotográfico, pero sí anudar ambos mundos en una relación que toma la fotografía como herramienta moderna para producir expresiones artísticas. “Casi todas las obras contemporáneas, muchas de ellas al menos, pasan por la fotografía. Puede que no lo sean (fotografía), pero han pasado por ella”, enfatiza Monsalve.

La unión de estos mundos, fotografía y arte (si acaso pudieran ser considerados dos universos separados), es un asunto que también se da en otros niveles, como lo reconoce Santos: “Hay una hibridación de medios. Eso que llamábamos fotografía hace unos 10 o 15 años ha estallado en algo que tiene que ver con multimedia, con video, con otras formas de imagen. Esto hace que lo que antes era conocido como un fotógrafo hoy es reconocido como un videoartista”.

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@troskiller