El tiempo recobrado en un casete

En una sala solitaria, el artista Kevin Mancera lee en voz alta y graba los siete tomos de ‘En busca del tiempo perdido’ de Marcel Proust.

Kevin Mancera durante la lectura de ‘En busca del tiempo perdido’. / Óscar Pérez

En todo el teatro, que es gris y esquelético y se llama Odeón, rebota una voz sola que parece venir de cualquier lugar. Está en el tercer piso, pero bien podría nacer en el antiguo escenario o en los vetustos sótanos de las localidades. A pesar de las variaciones, y de la voz carente de carne, en el tercer piso está Kevin Mancera: botas, pantalón ceñido, gafas gruesas de carey, saco gris, audífonos colgando de la boca del cuello. Tiene la vista ajustada en el tercer tomo de En busca del tiempo perdido, cuyos siete volúmenes piensa leer en voz alta: grabará 140 casetes que suman 140 horas de lectura a razón de 90 páginas diarias, según el ánimo y según el día.

—¡Ah, la embarré!

Mancera se detiene y se da cuenta de que ha olvidado darle la vuelta al casete. En una tienda de barrio ha comprado 180 casetes y en internet, una vieja grabadora que es una robusta caja negra. En el estante de madera que ha creado para la lectura sólo hay una mesa, y sobre la mesa, un vaso de agua, los tomos de la novela de Proust, un micrófono y una bolsa que cuelga en el espaldar de su silla. En la sala no hay nadie. Mancera lleva cerca de cuatro horas leyendo para él solo. Para él y para sus casetes: una voz sola.

—Una vez me lo leí todo, los siete tomos, y me quedé pensando en el libro —mueve las manos, con la mirada ronda el lugar—. Todo está narrado en primera persona. Y lo volví a comenzar, leyéndolo en voz alta, para mí. Era un ejercicio muy mío, no era pensando que lo iba a mostrar algún día.

Mancera ha leído, desde hace tres semanas, de martes a sábado. Va en el tercer tomo y ya no acabará: en casa seguirá grabando los tomos restantes. No interesa que no acabe; de cualquier modo, desea leer y sólo leer. Sabe, cuando lee, que preferiría estar solo. En los primeros días, la gente que llega lo hace trastabillar; él, de temperamento nervioso y tímido, enfoca entonces toda su atención en las letras: los visitantes hurgan en los libros, reparan en el lector, lo inspeccionan. Él ya ha sabido acostumbrarse, pero en principio todo tiene un nombre: miedo.

Todo es, tal vez, la conjugación de cierto rigor y algo de suerte. Mancera lee esta obra porque ha ganado la primera edición del Premio Sara Modiano, que le permite sentarse allí por horas, solo o en compañía, a desglosar la obra de Proust. En otro escenario sería imposible: en cambio aquí, en estas paredes desnudas y concretas, su voz es la única voz.

—Yo soy muy fresco a la hora de hacer, no soy una persona que hable mucha carreta ni escriba textos. Entre más tranquilo sea, es mejor. Otra exposición que tengo son dibujos de cosas que se murieron o que ya no existen. Y ya. Yo soy sincero con eso. Sé que no sé escribir y no sé hablar carreta, entonces trato de hacérmela fácil: si voy a hablar mierda, yo mismo me voy a enredar —ríe, aprieta las manos—. Si son cosas sencillas, las puedo explicar. No traicionarse a uno mismo, mejor dicho.

Más adelante, en el mismo tono, dirá:

—Tampoco es que tenga tantas ideas, entonces me toca usarlas todas.

Un día va al teatro y lee una hora. Otro día puede leer cinco. Es una cuestión del cuerpo, ese ente maleable y cambiante. Había grabado, hasta hace dos días, 53 horas de lectura en casetes que va enfilando en el estante detrás de la mesa. El estante, como el resto del escenario, está casi desnudo. Cada caja está marcada, solitaria. En la sala hay doce sillas, todas desocupadas: es una voz sola. ¿Existe esa voz si nadie la escucha?

—Y nada, es como muy sencillo, la verdad.

Muy sencillo: leer 3.000 páginas a viva voz y recobrar el tiempo en cintas magnéticas que guardará en su casa, que seguirá grabando la semana próxima, cuando viaje en una casa rodante por Francia, donde comenzará otro proyecto. Muy sencillo: sentarse con la boca fría en aquel espacio frío y leer durante cinco horas seguidas, teniendo en cuenta, si es posible, los tonos y los diálogos, las expresiones y los giros. Muy sencillo: continuar a su modo la tarea de Proust de atraparlo todo, de recuperar el tiempo que se desvanece, se destruye, se vuelve a construir, que es un reloj derretido.

Afuera, en la avenida Jiménez, la gente camina. Nadie se detiene. Entonces Mancera vuelve a su silla, prueba el micrófono, le da uno, dos golpes. Hay doce sillas desocupadas y apenas una bombilla colgada del techo. Y lee.

 

 

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