El tintinear de las monedas (Cuentos de sábado en la tarde)

Niños, cuando tintineen las monedas vayan a jugar al parque, dicen los adultos del pueblo.

Cortesía

A Natalia, que solía ser del viento.

Los cuidarán los árboles, piensan, para que no escuchen los niños, pero yo sí los escucho y voy soplando a contarle a los samanes y a las ceibas, que saben desde siempre cuál es su deber, y forman un claro para que puedan jugar. Los adultos saben sin saber que los árboles y yo cuidaremos de los niños, y que cuando suenen las monedas les brisaré en sueños su inminencia, para que los manden a jugar al parque, al amparo de los árboles, mientras yo ahogo en ventarrones el horror de sus gritos. 

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Suenan hace tiempo las monedas. Suenan, y los niños corren al parque, y los árboles se espesan a su paso, para que no entren más que niños, para que no se oigan los gritos, para que no se huela la sangre del pueblo mientras muere. Y briso hasta el parque. Le canto a los árboles lo sucedido y se otoñan mientras lluevo. Siempre que suenan las monedas hay niños que se quedan en el claro, pues ya no hay quien los espere en el pueblo. A veces más, a veces menos, van quedando los niños, y tras de cada uno un árbol, en cuyas ramas se leen los pueblos masacrados. Les soplo calidez a pesar de mi lluvia, y aprenden que a veces el amor también se llueve. 

Tintinean cada vez más las monedas, y a veces no importa qué tanto se espesen los árboles, qué tanto arrecie mi viento, llegan hasta el claro los gritos, y los niños se asustan, y yo les soplo vida, pero a veces no basta y se hacen arbustos. Y las monedas tintinean, suenan como sablazos, y es talado el pueblo entero, y los niños se quedan, y no lluevo más que sangre. 

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Suenan, suenan las monedas, canto en el parque y en el pueblo, se escuchan esta vez las motosierras, se escucha un rugido tintineante. Las ceibas se estremecen: también a ellas podrán desgarrarlas. Las monedas se acercan uniformadas, el rugido avanza, y el claro se llena de niños. Los árboles se derraman, como una muralla viva, y desato un huracán, pero las monedas lo ensordecen. Caen los primeros árboles, el bosque entero se estremece. Avanzan tintineantes las motosierras, y la mirada de los niños se ensombrece. Cae rendido el bosque ante la avalancha sanguinaria de monedas, y no me queda más que viento. 

Ojalá me alcance. 

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2019-08-17T16:40:13-05:00

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Miguel Hernández Franco / @migueletras

Cultura

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