El tranquilo despertar de los autómatas

Los autómatas, esas criaturas que fascinaron a los espectadores del siglo XIX, vuelven a la vida en una exposición organizada por el Museo Casa de la Magia de Blois.

La historia podría comenzar así. Al final de la explanada del castillo de Blois, ese que fue la residencia real antes de que la corte se mudara a París, hay una gran casa de cuatro pisos y quince ventanas. Al acercarse, unos metros antes de llegar, seis de esas ventanas se abren despacio. Uno apenas alcanza a preguntarse quién las abrió antes de que por cada una de ellas salga la cabeza gigante de un dragón moviéndose hacia los lados y abriendo las fauces. 

Por una de las ventanas superiores se asoma una cola de siete metros de largo, con la obligatoria punta en forma de flecha. 
 
Toda la casa es una criatura, un gigantesco autómata y el hecho de que sólo cuando las cabezas han vuelto a entrar uno se pone a pensar cosas como que si hay una sola cola es porque la criatura es un dragón de seis cabezas (y no seis dragones, de a una por bicho) prueba que en pleno siglo XXI los autómatas no han dejado de fascinarnos.
 
La tecnología actual permite que cada cabeza, fabricada en fibra de vidrio por los artistas Michell y J.P. Hartmann pese apenas quince kilos, con cuello incluido, pero la exposición que la Casa de la Magia de Blois (esa de las quince ventanas) dedica desde mediados de abril a los autómatas, nos deja claro que ya los antiguos egipcios construían “estatuas móviles”, los chinos utilizaban imanes para mover “mágicamente” muñecos metálicos y en algunos templos griegos y romanos se usaban efectos de movimiento en las esculturas de las divinidades. 
 
El desarrollo de los autómatas continuaría gracias a constructores como Al Jazari, el inventor y matemático de la edad de oro del mundo árabe, y tres siglos después al veneciano Giovanni de la Fontana a quien se le atribuyen los primeros manuscritos « tecnológicos » del Renacimiento. 
 
Los dos creadores habrían influido en el trabajo de Leonardo Da Vinci, que cuando fue nombrado “organizador de celebraciones reales” en Blois por el rey Francisco I presentó entre muchas otras “diversiones” un “león autómata” vestido con una capa decorada con los emblemas del rey. 
 
Robert-Houdin, el mago relojero 
 
Una de las piezas que abre la exposición de autómatas de Blois es el “triple secreto”: un reloj cuya esfera está hecha de vidrio y que no tiene ningún mecanismo visible. La pieza, construida en 1841 y aún en funcionamiento es una creación de Jean-Eugène Robert-Houdin, uno de los ciudadanos más ilustres de la ciudad de Blois.
 
“Gracias a la presencia de la corte, Blois se convirtió en un centro de relojería y fue trabajando en ese gremio que Robert-Houdin logró una fortuna que le permitió no sólo contar con el capital y la seguridad financiera para invertir en su pasión por la magia y los inventos, sino conocer de cerca los últimos avances tecnológicos de su época. 
 
Su curiosidad y su reputación le llevarían a que le fueran confiados para reparación algunos de los autómatas más famosos del siglo XVIII: entre ellos la “clavicémbalista” de Pierre Kintzing, una muñeca construida para la diversión de María Antonieta y que era capaz de tocar el instrumento por sí sola, y el legendario “Pato de Jacques Vaucanson” que era capaz de “graznar, comer y defecar como un ave verdadera” y que habría sido comprado por un cierto Georges Tiets y pasado por varias manos hasta su destrucción en el incendio de un museo ruso en 1879. 
 
Fue a partir de su trabajo con esas criaturas, que ya entonces tenían un siglo de antigüedad, que Robert-Houdin se dio a la tarea de construir nuevos autómatas y así unirse a la nueva ola de creadores que volvieron a ponerlos de moda en la segunda mitad del siglo XIX. Sus inventos lograron fascinar un público tan difícil como el francés, que según el ilusionista Arnauld Dalaine, responsable del montaje de los espectáculos de la Casa de la Magia “era y es muy racional y que en lugar de maravillarse, como lo hacen los ingleses o alemán, busca siempre la explicación cartesiana de los trucos”
 
De los pájaros artificiales... 
 
Robert-Houdin comenzó la producción de sus propios autómatas con los serinnettes, pájaros mecánicos capaces de imitar el canto y los movimientos de un canario real que se convirtieron en una moda en las tertulias de la belle époque. 
 
Posteriormente, fabricantes como Bontemps y Lambert, instalados en el Marais, un barrio parisino con tradición relojera, se lanzarían a la producción a gran escala de “pinturas móviles” en las que un mecanismo de reloj permitía que los personajes de un cuadro sonrieran o saltaran. En la gama más alta estaban los “autómatas burgueses”: personajes que eran capaces de fumar, aspirando una pipa y arrojando el humo por la boca, bailar con pasos de ballet o simular que tocaban un instrumento. 
 
Varios de esos autómatas caseros hacen parte de la exposición de Blois y luego de pasar décadas en el mejor de los casos en colecciones privadas y en el peor de los casos abandonados en áticos o sótanos han sido restaurados por los organizadores. Entre ellos están el “Dandy Lunar” de Gustave Vichy, que baila y fuma un largo cigarro, y  el “oso borracho”, un peluche autómata que bebe de verdad y hace parte de la colección personal de Philippe Sayous. Entre los “animales artificiales” hay un raro ejemplar de jirafa caminadora y una gallina que además de picotear pone un huevo real que, por supuesto, ha sido depositado previamente al interior del mecanismo.
 
“En un momento estos animales llegaron a ser tan populares que había una persona encargada de ir cada día al mercado para recoger...”
“¿Los huevos?”
“No, las plumas. Mire. Las plumas de la gallina son reales” dice Noulin.
 
… a los naranjos mecánicos
 
Si un cierto Ehrich Weisz escogió « Houdini » como nombre artístico y  personajes como George Mélies, Orson Welles y David Copperfield han citado a Robert-Houdin entre sus influencias es a la vez por su talento de creador de aparatos “mágicos” como por su sentido del espectáculo. 
 
Eso explica que más que interesarse por los autómatas que podían fabricarse en varias unidades y venderse a particulares, el inventor y mago francés prefiriera dedicarse a la construcción de elaborados “autómatas de espectáculo”, que presentó regularmente a partir de 1845 en el teatro que poseía en París.  
 
Tres de sus creaciones hacen parte de la exposición de Blois. Una de ellas es “El trapecista Antonio Diavolo”, restaurado por John Gaugham, un muñeco de un metro de alto, que ejecuta piruetas de equilibrio, gracias a un mecanismo oculto en una barra de trapecio. Junto a él, está “El pastelero del Palacio” en el que un hombrecillo sirve postres de verdad que el público elige entre tres opciones. El tercer gran autómata de Robert-Houdin presente es una reconstrucción elaborada por el artista de origen español Xavier Tapias y se trata de un naranjo metálico que, frente a la mirada del público, va dando hojas verdes y luego verdaderas frutas, que, como se hacía en la época en la que el propio Houdin presentaba la función, un asistente entrega al público para que pueda comerlas. 
 
La exposición presenta además “La Maga” uno de los más célebres autómatas creados por la casa Roullet Decamps. La muñeca, con vestidos de alta costura y cabeza en porcelana, fue presentada por primera vez en 1885 y es capaz de realizar una variante cómica del truco de los tres vasos invertidos. 
 
Los robots mataron los autómatas 
 
Como se sabe, es al novelista checo Karel ?apek a quien debemos la palabra robot. El significado original del término “esclavitud” está ligado a la manera como a partir de finales del siglo XIX comenzamos a mirar las criaturas mecánicas. Si los autómatas estaban ahí para divertirnos, con esa sorpresa a medio camino entre la magia y la ciencia que Robert-Houdin encarnaba tan bien, los robots, debían “servirnos”. 
 
Los utopistas los imaginaron desde entonces como una fuerza laboral que debería reemplazar a los humanos en las tareas más penosas o arriesgadas; los distopistas, esos aguafiestas que suelen tener razón, han imaginado que los robots se convierten en una amenaza cuando comienzan a ser demasiado humanos o cuando revelan esa parte de nosotros en la que nos falta la humanidad.