El triste círculo vicioso de la literatura colombiana (Opinión)

Como en la vida, en la escena literaria hay jerarquías, clases, linajes, prosapias, estirpes; divisiones, digamos. No es que haya un certificado o un documento que identifique, pero tácitamente se sabe. 

Cortesía

No es nada nuevo. Está la clase a: que es la de escritores que viven de la literatura, que basan sus sustentos económicos en ella. Los consagrados, dirían algunos. Sí y no. Sí: porque la hicieron, viven de lo que todo literato quisiera vivir: de sus letras. No: porque que vivan de aquello no necesariamente estriba en sus cualidades y facultades estéticas. Su éxito es cuantitativo: venden y venden libros, se reeditan, se traducen; abren, clausuran ferias. Pasean por otros continentes, descrestan a incautos, establecen contactos mundiales. Y por eso en las contraportadas de sus libros, los superlativos abundan. (Oh, el nuevo Proust).

Pero a veces menos es más, y entonces pasamos a la clase b: que es la de escritores que están a la sombra, son premiados, reconocidos, no poseen la misma parafernalia de los de la a pero se conocen, se van preparando. En esta clase, suele aparecer “el secreto mejor guardado”, el de “la novela que se estaba esperando”, “la nueva voz”. La clase b suele pisar fuerte en los terrenos de la prensa y las revistas de literatura, elogiando o denostando sobre españoles, americanos, anglosajones o franceses, ay, casi todos contemporáneos. La literatura más comercial, no hay que decirse mentiras. En esta clase hay artistas que prometen, pero también otros con sospechosa suerte: sus libros son publicados por grandes sellos editoriales. Merodean entre esos sellos y los independientes.

Uno se toma el trabajo de leer sus obras -digo trabajo porque la buena literatura está ahí: para releerse- y se pregunta: bueno, y a este qué le vieron. Literatura efectista, cosmética, que no ignora la tradición, pero hace empalagosas acrobacias sobre ella. Cito a don Alfonso Reyes: “A veces, el empeño desmedido de imitar con la vida el modelo propuesto por la literatura crece paradójicamente con lo estrafalario de tal modelo”. En fin.  En todo caso, quizá y funcione como esa literatura con la que un desprevenido e inquieto muchacho podría comenzar a adquirir un gusto por la lectura. Y la que gente ocupada y cansada, -como periodistas, oficinistas, etc.-, lee despacio y contenta antes de regocijarse en el sueño. Sí: ahora que lo pienso, sí: es literatura, dijéramos,-para citar al reconocido crítico-, “demasiado fácil de interpretar”. Pero funciona. Así es el capitalismo. Qué le vamos a hacer.

Ah: por si acaso, evito mencionar nombres porque soy consciente de que la fauna es exuberante y variopinta, y siempre hay especies y saurios por conocer. De hecho, hace poco me solicitaron un ensayo sobre la literatura colombiana contemporánea. La cifra era tentadora, pero es mejor privilegiar la prudencia, y hacer un corpus general, como este, que intenta abarcar esas otras clases, porque de la a y de la b se dice y se desdice, se comenta y se da like, se postea, se cuestiona. En cambio, de los otros eslabones, como la c y la d, muy poca gente los toma en cuenta. Bueno: es que aquí están los aspirantes, los que miran con deseo esos otros dos peldaños. La clase c: la de autores que escriben en sus ratos libres, la que no halla ni pretende hallar bases económicas en sus libros, que es feliz con ser invitada a las ferias, a eventos, a charlas, a pesar de que los pasajes y los viáticos corren –en general- por su cuenta, por su bolsillo, por su esfuerzo.

Esta clase es igual de solidaria que la a y la b, se leen y se elogian entre ellos. Si son docentes, pues estudian las obras de sus colegas; si tienen blogs, pues escriben sobre ellas; si son empresarios, pues se inventan un premio. Y si en las dos primeras se habla de contemporáneos, en esta se resucitan clásicos rancios y desconocidos. Aquí hay mucho autor con borradores publicados, con versos demasiado fáciles de olvidar, pero también hay escritores buenos, serios, rigurosos, que no han saltado al primer párrafo por su falta de suerte, por enemistarse con un indebido, por diversos factores, menos por talento. Es lamentable, pero en esta esfera nadie habla de derechos de autor, ni de regalías, nada. Se urden antologías y lauros que intentan darle validez a literatos que ellos consideran injustamente desconocidos, o a otros a los que se les quiere dar una mano. El veneno es igual o más viperino que en las clases de arriba, pero mientras allá el juicio de valor toma forma de irreverencia, aquí la morfología es de recelo y envidia. Es entendible: todos quieren encabezar el podio. Y todos quisieran ser entrevistados en Arcadia o Elmalpensante.

Y por último, está la clase d, de la cual se puede decir muy poco: que es la de entusiastas con propuestas bien intencionadas: abren revistas web, se reúnen a recitar sus versos, se leen sus borradores, crean clubes de lectura. Mucho groupie, que agrega a todos los escritores que pueden a las redes sociales. Asisten a cuanto evento de literatura escuchan. Hacen presencia.  Les escriben, les piden ayuda, se toman la selfie. Se endeudan en una maestría, se inscriben en talleres, cursos, a la espera de que el milagro ocurra. (Vamos, se puede).

¿Y todo esto a qué viene? Bueno: es una suerte de acta de solidaridad, que intenta abrir un espectro más amplio que aquel que fuera mencionado en una columna, que alegaba la falta de recursos y los arrebatados por la reformísima tributaria. ¿De qué vive un escritor?, inquiría la columnista citando a Ortuño, y pasaba a mencionar a Vargas Llosa, y a profesores, y a otros con hijos y a otros que se dedican a fondo, pero ¿y los que no viven de la literatura? Los que jamás han tenido un adelanto, -es más: no saben qué es un adelanto-. Los que no han llegado a los escasos “3.000 ejemplares”, pobres, porque siguen embolatados con los 1.000 que imprimió la editorial, 500 de los cuales le correspondieron. De esos, y de otros, y de menos, de esa otra clase literaria: ¿quién demonios se acuerda?

El panorama es injusto, no solo por la explotación de los derechos intelectuales, también porque hay personajes que no conocen de esos derechos, y porque los articulistas con grandes tribunas prefieren obviar a esa otra clase. Bueno, no solo la columnista, también la cultura colombiana, “que le importa un pito”; el star-system literario, que mira por debajo del hombro; y estos plumíferos, que en su avidez por evadir el trauma y el rechazo, prefieren publicar a cualquier precio, sin importar si por ello se abofetea un oficio de por sí abofeteado. No los respetan porque no se hacen respetar. Porque se emocionan (lo consideran un logro) con ser invitados a una feria del libro, o con una foto, o con una botella de vino, como si eso fuera mucho. Tamaño favor le hacen a una actividad pauperizada.

Señores y señoras, escritores y escritoras, poetas y poetisas, los invito a la autocrítica: tomen sus libros, repásenlos, destrúyanlos, sean sinceros con ustedes mismos, relean, reescriban, aprendan del Flaubert de Madame Bovary y no del Flaubert de Noviembre. Trabajen más, que esto es de contumacia, derrotas y enfermedades. Trabajen, y, después de todo eso... háganse valer. 

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Jaír Villano / @VillanoJair

Cultura

El triste círculo vicioso de la literatura colombiana (Opinión)

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