El último acorde

Parte de la vida y la obra del músico colombiano, desde la perspectiva de un amigo.

Rafael Puyana, en los años 80. / Archivo
Rafael Puyana, en los años 80. / Archivo

Hace ya varios años que el clavicembalista cerró la tapa de un precioso instrumento importado de Rusia. Había sido propiedad de Catalina, la reina rusa. Observó la bella ilustración en el interior e hizo un réquiem a su carrera. La salud imponía el retiro: una operación a corazón expuesto y otras complicaciones lo apartaban del clave y de sus innumerables seguidores en todas las latitudes.

Un aplauso, en las mentes de su público, premió la brillante trayectoria; premios, discos, CD, cursos, conciertos como virtuoso y solista con grandes orquestas internacionales.

Discípulo predilecto de la muy famosa Wanda Landowska, se dedicó, siguiendo la ruta de la maestra, a rescatar el instrumento y su repertorio. Interpretaciones acertadas y perfectas revivieron las creaciones de grandes italianos (los inefables Scarlatti), de los formidables franceses (Rameau, Couperin, entre otros) y, obvio, la monumental obra de Bach.

Recuerdo su memorable versión del concierto de Händel y la insuperable del Fandango de Soler. Badura-Skoda, el formidable pianista austríaco, me comentó: “Nadie toca esa obra con la maestría de Puyana, nadie jamás podrá superarlo”. Y en verdad, en esa composición señalaba su poderío rítmico, la precisión, la musicalidad y la capacidad estructural de su concepción de gran maestro. Condiciones todas que mostró y demostró en los cinco continentes, elogiado por la crítica más exigente.

De extraordinaria cultura, gran lector, escribía con estilo y perfección. Asiduo de museos y exposiciones.

Su manera de ser, amante de la vida social, lo llevó a los ambientes más refinados y sofisticados de la sociedad francesa.

Por transmisión y vasos comunicantes a la del resto de Europa, la española lo valoraba en alto grado. Su temperamento, con mucho de “divismo”, unido a su sensibilidad y los genes santandereanos, lo hacían aparecer como complejo y de trato cuidadoso.

Puyana encontró una simbiosis exacta y perfecta para su personalidad con su instrumento, el clave, su mundo y la época en que floreció: el Barroco.

Su residencia, en la Rue de Grenelle, en París, podía servir, por su decoración, a una ópera mozartiana o a una velada secreta de alguna de las primas de María Antonieta. Ubicada en el barrio donde vivió Marcel Proust, recordaba el ambiente maravilloso de la desaparecida sociedad parisina de fin de siglo. Decorada con elegancia, buen gusto, obras de arte magníficas y varios claves dispuestos de forma artística y refinada.

Puyana era un ser de primera categoría, único, excepcional. Difícil que el destino lo clone o reproduzca en el futuro.

Lamento la ausencia del amigo y del gran artista. Buen viaje y mejor viento en la nueva ruta.

 

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