El último adiós a Gabriel García Márquez

Con una despedida a la altura de su importancia, México le rindió tributo al escritor colombiano. Hoy, en la Catedral Primada de Bogotá, el presidente Santos encabezará otro homenaje.

Detalle del arreglo floral que envió Fidel Castro al Palacio de Bellas Artes en Ciudad de México que reza: “De Fidel Castro Ruz al amigo entrañable” . / EFE

A las cuatro y veinte de la tarde dejaron entrar al público general a darle el último adiós a Gabriel García Márquez. El pasillo central del Palacio de Bellas Artes estaba lleno de sillas y personas muy bien vestidas de estricto negro que ocupaban cada uno de los puestos reservados a los familiares y amigos del nobel. En el centro, una urna rectangular de madera caoba reposaba sobre un podio que custodiaba la familia directa de Gabo: Mercedes Barcha, Rodrigo y Gonzalo García Barcha; y Rafael Tovar y de Teresa, titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México (Conaculta). Con expresión seria, lúgubre, pero sin lágrimas visibles, vieron entrar a las primeras sesenta personas, todos vestidos de manera informal con jeans y tenis, algunos con flores amarillas en la mano. Uno gritó: “Gracias, Gabo”. Los demás le lanzaron besos o se agarraron el pecho, compungidos.

El lunes a mediodía la canícula sobre Ciudad de México parecía más propia de Comala que de Macondo. El calor era sofocante y seco. El pavimento reflejaba los rayos del sol con un efecto cegador. El mármol del Palacio de Bellas Artes se veía más blanco y más brillante. El cielo no tenía una sola nube. Enfrente la gente hacía fila, muchos con pancartas, otros con confetis en forma de mariposas amarillas, buscando algo de sombra pues la carpa blanca no lograba cubrir a todos los que esperaban, pacientes, a pasar por los cuatro detectores de metales colocados frente a la entrada lateral izquierda del histórico edificio, para poder despedirse de su Gabo.

Manuel López llegó desde las once de la mañana a Bellas Artes. Las horas de espera en medio del calor valieron la pena, pues era el primero de la fila. “Quiero ser de los primeros en darle el adiós. Lo conocí alguna vez y le dije gracias, eso fue hace diez o doce años. En ese momento no estaban tan de moda los teléfonos con cámara. Entonces me queda sólo el recuerdo. Cuando lo vi entrar, en ese momento me vino a la cabeza José Arcadio Buendía. Era cómo verlo”. Manuel trabajaba en el restaurante El Tajín en Coyoacán. Ese día se acercó a Gabriel García Márquez y le pidió un autógrafo en una tarjeta de papel, pues Manuel tiene varios así que usa como separadores en sus libros, pero el nobel se negó de plano. “Tráeme un libro y te lo doy con gusto, me dijo, pero pues yo no tenía”.

Desde las dos y media de la tarde se empezaron colocar vallas de seguridad y los guardias de la presidencia mexicana trataron de hacer correr a las personas que llevaban horas esperando al inicio de la fila. “Todavía no tenemos hora fija de entrada, pero todos van a poder entrar”, aclaró el guardia a la multitud. A las tres y media la fila decidió entonar al unísono la canción Macondo que hizo popular Oscar Chávez. Alguien fotocopió la letra y la repartió entré la multitud. El coro sentido elevó sus voces y más de uno tuvo que limpiar una lágrima de su cachete. “Úrsula cien años, soledad, Macondo... Mariposas amarillas que vuelan liberadas”. Un trombonista colombiano vino a aportar la música. Sonaron el himno de Colombia, El rey y La pollera colorá. “¡Viva México! ¡Viva Colombia! ¡Que viva el Gabo!”, gritaron varias veces. El alboroto y la alegría ayudaron a calmar los ánimos y hacer la espera más soportable, a pesar del calor.

“Llevo alrededor de seis años leyéndolo, y pues aunque suene ridículo, porque en persona nunca lo conocí, me puse a llorar porque fue una pérdida de un gran hombre”, dijo para El Espectador la estudiante de ingeniería Liliana Aguilar Cruz, de diecinueve años. Ella no era la única adolescente que estuvo parada frente a Bellas Artes por horas para despedir a Gabo. “Es mi ídolo”, aseguró María Fernanda del Valle Fernández, de 16 años. “Lo primero que leí fue El amor en los tiempos del cólera y me gustó porque es muy romántico, no un amor adolescente como los de los libros de hoy. Es un amor antiguo”.

Y es que la muerte del nobel no sólo ha logrado reunir a seguidores de todas las edades, pues en la fila había adultos, niños y hasta uno que otro bebé de brazos; también es la primera personalidad extranjera que ha logrado convocar para su homenaje a los presidentes de dos países, el de nacimiento y el de adopción (aunque García Márquez nunca tuvo la nacionalidad mexicana). El presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, y su homólogo colombiano, Juan Manuel Santos, fueron los encargados de cerrar la guardia de honor en torno a las cenizas de García Márquez.

La fila de dolientes del común, personas que sentían a Gabo como un amigo, llegaba casi hasta el final de la Alameda Central, pasando frente al Hemiciclo en honor a Benito Juárez. Todos de pie y moviéndose pacientes con la masa para poder dar las gracias en persona al hombre que hizo volar su imaginación. ¡Adiós, Gabo! ¡Gracias, Gabo!
 

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