El último gitano de Macondo

“Macondo visto por Leo Matiz” fue presentado esta semana en la Feria del Libro. Su edición es el resultado de una investigación de 20 años y cuenta con 110 fotos y cuatro textos inéditos. El Espectador reproduce uno de ellos.

Leo Matiz y Gabriel García Márquez se encontraron en Biarritz (Francia) en 1995, durante una exposición del fotógrafo./Fotos: Leo Matiz

eo Matiz (1917-1998) se definió a sí mismo como un personaje de Macondo. Sus relatos extravagantes, sus sacos de colores absurdos, su melena abundante, sus indiscretas y explosivas carcajadas, su bigote de charro al estilo de película mexicana de los años cuarenta, su vida errante por los cinco continentes, sus corbatas llamativas para seducir a actrices despistadas en Hollywood, la infaltable boina vasca, su carpeta bajo el brazo cargada de caricaturas y dibujos, su maleta cargada de telémetros, lentes, placas, filtros y cámaras Rolleiflex, lo convirtieron durante sus casi ochenta y dos años de vida en el hijo rebelde y trotamundos de Aracataca, la aldea universal y calurosa a orillas de los brazos del río Magdalena en la que nació también el nobel de Literatura Gabriel García Márquez. (Vea la galería de imágenes) 

La vida de Leo Matiz, una creativa y vertiginosa carrera plena de aventuras y peligros, también lo transformó en el curioso y enérgico gitano de Macondo, dueño de una voluntad y de una imaginación insumisas que le permitieron lanzarse de cabeza en el mundo inesperado y riesgoso del fotoperiodismo, destacándose como uno de los fotógrafos más versátiles y singulares de la legendaria y memorable generación de reporteros que renovaron la escena de la reportería gráfica durante las primeras seis décadas del siglo xx en América Latina, Estados Unidos y Europa.

Consciente de que su travesía más arriesgada en el mundo había comenzado en el vientre de su mamá, Eva Espinosa, cuando lo tuvo que parir en el lomo de una yegua en pleno galope, desde su infancia intuyó que la vida para él sería también un remolino turbulento, como aquellos que se formaban en el río cercano a su casa por la acción de los vendavales que en invierno azotaban con ferocidad Aracataca.

Nacido en Rincón Guapo, un villorrio bananero ubicado en la legendaria población de Aracataca (Magdalena), Leo Matiz tuvo desde su infancia una convivencia íntima con el color y la exuberancia de la geografía caribeña. A través de su vida de reportero gráfico, esta experiencia temprana con la naturaleza le permitió llevar a cabo una apasionante exploración con su cámara Rolleiflex de los personajes, historias, situaciones, símbolos, paisajes, anécdotas visuales, dramas y tipos humanos del trópico latinoamericano.

En 1939, como corresponsal gráfico de Estampa, El Tiempo, El Liberal y El Espectador, Leo Matiz realizó un recorrido por las regiones de Colombia, que finalizó en la costa norte del país, para documentar visualmente sus impresiones espontáneas de la Ciénaga Grande del Magdalena. Al año siguiente inició un recorrido a pie por Centroamérica para llegar a México, y con la ambición de radicarse en ese país, para vivir de la pintura, el cine y la caricatura. Había cumplido veinticuatro años y definía su vocación de artista afirmando jocosamente: “Soy pintor por atavismo, fotógrafo por hambre y loco por talento”.

Durante su permanencia en Colombia, y luego de una experiencia fecunda en la caricatura, Leo Matiz descubrió la cámara y volcó su talento hacia el periodismo fotográfico por consejos de Enrique Santos Montejo, Calibán, director de El Tiempo y quien alguna vez le dijo: “Hágase fotógrafo. Necesitamos más un fotógrafo que un dibujante”. Bastó esa recomendación de un viejo zorro de la reportería para que el viajero indomable que dormía en el joven artista lanzara su mirada intuitiva y profunda para retratar a los personajes anónimos y cotidianos de una Colombia aún desconocida, a finales de los años treinta.

Los recorridos de Leo Matiz por el río Magdalena y su desembocadura en Bocas de Ceniza sobre el mar Caribe, las sabanas de Bolívar y el Cesar, los rincones más olvidados de la zona bananera y las poblaciones ribereñas de la Ciénaga Grande le permitieron descubrir un entorno poblado de pescadores, mulatas laboriosas, mujeres vestidas de negro que entierran en silencio a sus muertos, campesinos coronados por racimos de plátanos sobre sus cabezas, circos que levantan sus toldas raídas a las orillas de un río circundado de piedras que semejan “huevos prehistóricos”, y árboles fantasmagóricos que envejecen de pie sin precipitarse al suelo.

En sus largas travesías por el Caribe colombiano, su ojo sensible registró también los instantes perdurables de cielos cargados de relámpagos, de remeros musculosos convertidos en siluetas por la luz escarlata de un atardecer, de pequeñas embarcaciones pesqueras que se bambolean sobre el oleaje con sus velas templadas por el viento, de ceibas gigantes que extienden sus sombrillas hasta los frágiles techos de las casas, de la imprevista agonía de un pollo elegido para un sancocho “trifásico” a manos de una matrona, de soles infernales y de frágiles muelles de madera atiborrados de manojos de bananos, piñas y canastas de peces, de una burra mocha que descubre con estupor su cola cercenada, de feroces y temerarias peleas de gallos, de adolescentes que escalan palmeras de coco para ver pasar el tiempo, y de niños con rostros adustos que imaginan el futuro desde una ventana.

Uno de los momentos decisivos en ese periplo poseído de emoción, calor y fatiga nos lo ofrece la escena de un hombre que ejecuta la silenciosa y antigua maniobra de lanzar una red que se despliega en el aire con la misma sensualidad de quien abre un abanico. La fotografía, lograda con la última tira del rollo embobinado en la cámara y publicada en la revista Estampa en 1939, fue bautizada por Matiz Pavo real del mar, y se convirtió a través de los años en la viva imagen del caprichoso, inesperado y cálido Macondo, un mundo anclado en las raíces geográficas del trópico y en la profunda memoria cultural de quienes lo habitan a través de un territorio cruzado de sueños, éxtasis, mestizaje, imaginación, caos y vitalidad.

Macondo visto por Leo Matiz nos permite comunicarnos con rostros que se imponen como esculturas, miradas intrigantes, ojos severos y atrayentes, los cuales el arte fotográfico de Leo Matiz transforma en seres humanos poseídos de orgullo y misterio, belleza y sufrimiento. Macondo, la extravagante metáfora sobre los orígenes y el destino del trópico latinoamericano, genialmente concebida por el nobel colombiano Gabriel García Márquez, y en la cual es posible realizar un viaje de doble vía entre la realidad y la imaginación, posee, a través de los ojos de Leo Matiz, la perturbadora seducción de hacer parte de la vida cotidiana, permitiéndonos alojar en nuestra memoria los fragmentos, retratos, acontecimientos, noticias e instantes. El fotógrafo detiene el tiempo para construir una visión del mundo con la naturaleza volátil de la luz, los inesperados detalles de claroscuros y sombras, y, sobre todo, con la delicada y compasiva atención a la vida que surge a borbotones entre sus pobladores.

La selección de imágenes que conforman Macondo visto por Leo Matiz representa un conjunto significativo de la inspiración vital y el descubrimiento de las raíces personales y las fuentes culturales que dejaron una huella imperecedera en la infancia de Leo Matiz, el personaje que un buen día abrevió su nombre galo de Leonet por el de Leo y decidió lanzarse sobre la ruta de los Buendía para buscar el mundo y construir un universo portátil con su cámara al hombro, su cautivante acento costeño y su humor picante, con el que sostenía que Macondo no era más que una vieja y revoltosa pregunta, orientada a averiguar la raíz más secreta y festiva de nuestra identidad.

A través de sus giras de fotógrafo por el mundo, Matiz mantuvo intacta la memoria de las historias de violencia que escuchó de sus familiares, en especial las relacionadas con la Matanza de las Bananeras. Un episodio relevante en la historia sindical de Colombia en el que murieron cientos de trabajadores de la empresa bananera norteamericana United Fruit Company, en Ciénaga (Magdalena), a manos del Ejército, el 5 y 6 de diciembre de 1928, bajo las órdenes del general Carlos Cortés Vargas.

El hecho fue recreado en la novela Cien años de soledad como el río de sangre que recorre a Macondo y atraviesa las salas de las casas, los aposentos, la calle polvorienta de los turcos, las esquinas del pueblo y la cocina de Úrsula Iguarán. “Las matanzas de las bananeras fueron las primeras imágenes de las historias de violencia que contaban mis familiares durante mi infancia”, apuntó el fotógrafo de Aracataca.

Las viudas vestidas de negro que surgen como fantasmas atravesando un río en las imágenes de Macondo visto por Leo Matiz son los ecos visuales de la persistente violencia colombiana, y que como un peso muerto en la historia de la nación continúa devorando las vidas de hombres y mujeres en un carrera sin pausa hacia el olvido.

Pero la curiosidad de conocer el mundo surge en Matiz desde su infancia, transcurrida en Aracataca, el mítico Macondo de Gabriel García Márquez. A esa población, situada en el norte de Colombia, sobre el valle del río Magdalena, principal arteria fluvial del país, no habían llegado los recientes avances de la civilización, tales como el cine, la radio, la luz eléctrica y el automóvil. A pesar de esas carencias, la vida para el niño era espléndida. Matiz lo recuerda de este modo: “No teníamos los inventos recientes del apenas iniciado siglo XX, pero poseíamos el escenario vivo y cambiante de la naturaleza. En ese espacio, yo era un niño campesino y salvaje. Cazaba patos, micos. Trabajaba la herrería y arreglaba armas. A los diez años tuve mi primera escopeta, y eso es una evidencia de la libertad con la que vivía en el campo”.

Esta cercanía a la naturaleza en la zona bananera de Aracataca convirtió a Matiz en un niño contemplativo y atento a captar de manera vivaz y aguda la vida de su entorno. En sus años de madurez creativa, esas experiencias infantiles fueron decisivas en su oficio de fotógrafo.

Su capacidad para captar la verdadera esencia de los personajes y los hechos provenía de su impulso de observar antes de apuntar su cámara hacia las situaciones humanas y los objetos que atraían su curiosidad. “Yo disfruté el oficio de la fotografía porque estaba dominado por el ansia de conocer. De niño, sólo observaba. Cuando descubrí la fotografía, y aun ahora, pienso que he observado previamente. Soy un observador de la naturaleza. Permanezco horas viendo el vuelo de una garza. La mayoría de los fotógrafos se cansan. No desean insistir en el tema. Yo siempre miraba, revisaba y empezaba de nuevo”, dijo alguna vez Leo Matiz.

Su pasión por las luces y las sombras, concebidas como dos elementos con los cuales se produce la fotografía de calidad, lo sometía a esperas prolongadas durante su labor de reportería en los pueblos costeros ubicados en el norte de Colombia. “Uno de los secretos de la fotografía es madrugar. Las grandes y bellas fotos se toman en la madrugada o en el atardecer”, recordó Matiz.

El intenso interés por el cambio de las luces durante el día en sus viajes por la Costa llevó a Matiz a estimar como posible título de un libro que recogiera el abundante material visual captado en su travesía por Macondo, el nombre sugestivo de La costa caribe en la luminosidad y sombra de Leo Matiz.

La motivación de ese sueño editorial, que finalmente Matiz cambió a través de su vida accidentada y nómada por el de Macondo visto por Leo Matiz, estuvo inspirada en un argumento irrefutable que el reportero gráfico confesaba con vehemencia: “Primero, soy costeño; segundo, se lo merece la región, y porque debo regresar a esta zona. En la costa caribe hay trabajo y será el futuro de Colombia, de América, es decir”, le dijo el fotógrafo al profesor cataquero Robinson Mulford Leyva.

Ahora, de la mano de las imágenes de Macondo visto por Leo Matiz, ese territorio de lo insólito sublimado por la poesía y la memoria nos ha sido devuelto, no solamente como un espacio geográfico, sino también como una nueva experiencia para nuestros sentidos, estimulados por las historias de lo real maravilloso y por el ojo mágico y errante de Leo Matiz, quien ha fijado con precisión e inteligencia la exuberancia de un mundo del que es posible develar sus secretos.

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