El vencedor del tiempo

El escritor mexicano considera que ‘Cien años de soledad’ no sólo fue un libro bajo la etiqueta del realismo mágico, sino el “mejor espejo de la realidad de la segunda mitad del siglo XX, y no sólo para América Latina, sino para el mundo entero”.

El escritor mexicano Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez en un evento realizado por el expresidente de México Felipe Calderón. / Reuters

Corrían las primeras semanas de 1967 y Gabriel García Márquez, quien estaba a punto de cumplir 40 años, era considerado un escritor talentoso y un brillante periodista, pero en cualquier caso una figura menor si se le comparaba con sus compañeros de promoción, ese grupo mitad literario, mitad político —suerte de trasuntos de los Beatles en América Latina—, conocido como el Boom. Carlos Fuentes estaba a punto de ganar el Premio Biblioteca Breve con Cambio de piel y hacía ya cinco años que Mario Vargas Llosa había hecho lo propio con La ciudad y los perros, en tanto que Julio Cortázar había publicado Rayuela en 1963. Y entonces ocurrió el milagro.

La anécdota ha sido contada cientos de veces, como si formara parte de la novela misma: de camino a Acapulco con su familia, el narrador colombiano al fin creyó hallar el tono y el estilo de su próxima obra, dio media vuelta, volvió a la ciudad de México, vendió su coche para sufragar los gastos cotidianos y, mientras su esposa, Mercedes, se las arreglaba para sobrevivir, se sumergió en la prolongada composición de Cien años de soledad. Un par de años después, García Márquez se había convertido en el escritor más celebrado de América Latina y, en menos de una década, de todo el mundo. Y, apenas quince años después —un parpadeo en la historia literaria—, recibía el Premio Nobel de manos del rey de Suecia.

La historia de este libro, y de su autor, cargada con esa aura a la vez épica y mítica que asociamos con sus páginas, resulta hoy casi inverosímil. Es la historia de un éxito literario y personal que pronto habría de transformarse en un hito para América Latina. Muy pocos libros han tenido un efecto tan poderoso sobre la realidad como Cien años de soledad, por más que se le siga viendo como un libro fantástico, o parte central de esa etiqueta, tan artificial y engañosa como todas las etiquetas, de “realismo mágico”. Porque su publicación no sólo alteró drásticamente nuestra vida literaria, sino que modificó para siempre la percepción que el resto del mundo habría de tener desde entonces sobre esta parte de la tierra.

Desde 1959, América Latina había dejado de ser un ámbito desconocido, más o menos salvaje y más o menos olvidado, para esa otra engañosa ficción que aún llamamos Occidente. De pronto, en plena Guerra Fría, parecía como si de pronto nuestros países hubiesen sido llamados a ser un nuevo “laboratorio para el fin de los tiempos”, en el que tanto nuestros líderes guerrilleros como nuestros intelectuales debían ocupar un lugar fundamental. Amparados, pues, con esa iluminación a la vez política y literaria —con esa antorcha dual de la Revolución—, los miembros del Boom se decidieron a emprender una auténtica guerra para abrirse paso en los centros de poder de todo el orbe.

Hartos de soportar tanto a sus detractores tradicionales —en especial a los nacionalistas irredentos de cada uno de sus países— como la irrelevancia a que los condenaba el orden global del momento, Fuentes, Vargas Llosa & Cía. se batieron ferozmente con sus libros, sus artículos y sus declaraciones públicas para transmutar violentamente el espacio imaginario latinoamericano en una guerrilla mucho más exitosa que la llevada a cabo por sus contemporáneos armados en las selvas y las cordilleras del continente. Pero no sería hasta que García Márquez —el menos preparado de entre ellos— publicase Cien años de soledad que su paradójica victoria quedaría asegurada.

Porque, a diferencia de La casa verde o La muerte de Artemio Cruz, novelas políticas donde la imaginación aún estaba al servicio de la historia, o de la propia Rayuela, un juguete puramente literario, en Cien años de soledad la historia —la gran historia de Colombia como metonimia de la historia de toda América Latina— quedaba sometida al gran poder del lenguaje y de una imaginación desbordada y sin límites, como si sólo entonces América Latina hubiese sido capaz de liberarse por completo de la subyugación discursiva proveniente de Europa y Estados Unidos. Más que cualquier triunfo guerrillero, Cien años de soledad fue —y aún es— el mayor triunfo de América Latina.

Un libro, sí, que cambió el mundo. A la distancia puede reprochársele que, en pos de una imagen de América Latina radicalmente distinta a la que le había sido impuesta secularmente, Cien años de soledad haya construido otra, tan hegemónica como la anterior, en la que la supuesta “magia” que impregna el libro es usada como pretexto para explicar —o anular— todas las anomalías de la región, pero la culpa de esta lectura sociológica no es, por supuesto, de García Márquez. Él, como ningún otro escritor de nuestra región, supo batirse con toda la tradición literaria que cargaba a cuestas, triturarla y fraguar el mejor espejo de la realidad de la segunda mitad del siglo XX, y no sólo para América Latina, sino para el mundo entero. Pese a su bonhomía, él fue nuestro mayor revolucionario. Y por ello, paradójicamente, hoy hemos perdido —sí— a nuestro mayor clásico.