El verso es un ciervo herido

Líder de numerosos movimientos para liberar a Cuba de la dominación española, Martí también produjo una obra poética que recogió y aumentó la tradición literaria.

José Martí nació en 1853 y falleció en combate en 1895.

Hay dos José Martí. La historia y el imaginario popular los han fusionado, pero ellos persisten en su terca división. El primero, encarcelado a los 16 años acusado de traición, habría de convertirse a los 42 en mártir de la Independencia cubana. El otro, que en las noches de sosiego dedicaba versos escalados a las imágenes herrumbrosas de su vida, era escritor. Entre ambos no hay abismos insalvables, pero sí diferencias, aunque parezcan menores.

El primero sostuvo que su patria debía ser liberada por completo del yugo español; que Cuba, una de las últimas colonias que en el siglo XIX seguían en manos de la Corona, tenía ya ambiciones propias y que para ella era necesario devenir en una república. El primero fue condenado a seis años de prisión en 1870 y fue desterrado, conmutada la pena, a la Isla de Pinos. Fue deportado a España y de allí viajó a Estados Unidos y México; estudió derecho civil y filosofía y letras.

Fue por entonces que el primero, el Martí que sostendría el quiebre de un pueblo y sería recordado y alabado 50 años después en otra revolución, dedicó su tiempo a la escritura de artículos periodísticos que enviaba a periódicos de Venezuela, Estados Unidos y México. Por estas letras fue reconocido como periodista; ya era por ese tiempo un reputado político. Por ese tiempo ya había traspasado las fronteras de Cuba, había sido deportado de nuevo a España y había vuelto a su tierra para ser nombrado vicepresidente del Club Central Revolucionario Cubano. Andaba bajo la sombra. “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente —escribió en una de sus últimas cartas—, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas...”.

El primero ha alcanzado el mito en una variedad de eventos: fue él quien organizó a los revolucionarios, años después de que capitularan en la Guerra de los Diez Años. Fue él, el Martí del que se alimentan los libros de historia, quien recogió de país en país, por toda América, recursos para la guerra venidera y firmó el Plan de la Fernandina para alzar a las provincias de todo el país, y fue el mismo que fue descubierto, sus naves decomisadas, su orgullo realzado. Era 1894 y el Martí político casi llegaba a su fin. Sin darse cuenta, él mismo labraba el camino hacia la guerra en la que un año después su país sería liberado. Pero toda liberación se somete a la muerte.

En marzo de 1895, Martí firmó el Manifiesto de Montecristi, la pieza esencial para la última guerra contra España. Entonces las tropas se alzaron en más de 30 puntos en la isla. Martí dio la orden y, arribando por Playitas de Cajobabo, se unió a las fuerzas de Félix Ruenes. Tres meses después, desde el campamento Dos Ríos, Martí escribía la carta atrás referida. Y vendría la muerte, que también hace parte del mito y de la imaginación. Quizá Martí, este Martí, instaló su cabalgadura, dio coces al caballo en los costados, y cabalgando se encontró de golpe con un contingente de soldados españoles que andaban escondidos entre el follaje, y quizá los vio y ellos lo vieron y fue entonces que dispararon. Tres disparos enterraron al primer Martí, al Martí que la historia recordó después.

El segundo, sin embargo, creció y se alimentó mientras el primero sometía a su patria a la guerra. El segundo fue más perspicaz y, si se quiere, más sensible. Había en él también acero y brazos nervudos y golpes explosivos y cuchilladas, pero eran expresados en versos rimados y libres. Versos como estos: “Si ves un monte de espumas, / Es mi verso lo que ves: / Mi verso es un monte, y es / Un abanico de plumas. / Mi verso es como un puñal / Que por el puño echa flor: / Mi verso es un surtidor / Que da un agua de coral. / Mi verso es de un verde claro / Y de un carmín encendido: / Mi verso es un ciervo herido / Que busca en el monte amparo. / Mi verso al valiente agrada: / Mi verso, breve y sincero, / Es del vigor del acero / Con que se funde la espada”.

El segundo fue quien escribió Ismaelillo y Versos sencillos y Versos libres. Ese que, aunque revelaba amor a su tierra y a su liberación, también conocía la palabra, y conocía, sobre todo, cuánto pesa el sonido. “Contra el verso retórico y ornado / El verso natural. Acá un torrente: / Aquí una piedra seca. Allá un dorado / Pájaro, que en las ramas verdes brilla, / Como una marañuela entre esmeraldas. / Acá la huella fétida y viscosa”. Fue éste, el segundo, uno de los impulsores del Modernismo, fuera lo que fuera aquel movimiento disperso en el que participaron Rubén Darío y José Asunción Silva; fue este Martí, sometido a embrujos distintos a la rebeldía, quien escribió versos a cabellos dorados y misteriosos y quien soñaba en “dulce estupor”.

A ese Martí tampoco se lo olvida porque sin él no hubiera sido posible el otro. Ambos eran estados distintos de una misma alma, pero que procedían de modos similares: buscaban una libertad, en la carencia de nudos innecesarios. Primero escribió Martí en versos rimados; luego, más amplio, sometió a las palabras a versos en apariencia desorganizados, pero también plenos de significado y música.

La historia literaria y política ya han dicho todo eso sobre los dos Martí. Han descrito y estudiado sus vicisitudes y también han encontrado conceptos esenciales en sus obras políticas. Han olvidado, quizá, que el hombre de bigote alargado y expresión flemática, de orejas amplias y mirada apagada, también fue más que un héroe patrio y dedicó muchas de sus horas a descubrir una belleza en las palabras, que en tiempos tuvo que ver con su deseo patriótico y en tiempos era sólo un medio para encerrar a sus demonios: “Cuando tus pardos ojos, claros senos / De natural grandeza, / En otro que no en mí sus rayos posan / ¡Muero de pena!...”

 

 

 

[email protected]

@acayaqui

Temas relacionados