El viaje del 'Emperador Jones'

El bailarín colombiano Daniel Fetecua trabaja en un montaje en memoria de los 119 civiles que fueron asesinados en Bojayá hace ya casi diez años.

Alemania, 2004. Un lujoso restaurante italiano en el centro de Essen está a punto de reventar. En la cocina se encuentra un joven alto y bien plantado. ¡Daniel, al teléfono!, le dice uno de sus compañeros. De inmediato toma el aparato. Al otro lado de la línea, la voz de Robert Sturm, quien le explica que la prestigiosa compañía de danza-teatro Pina Baush, haría una excepción y le daría a él, estudiante de la Folkwang- Hochshule, la oportunidad única de ser parte del montaje de Tannhauser.

De inmediato el bogotano, quien en ese entonces tiene 24 años, desprende sorprendido su delantal del cuello, lo pone sobre la mesa y sale por la puerta de atrás presintiendo que esa misma noche su vida habría de cambiar.

En efecto, así fue. Siete años más tarde, en los estudios de la Mark Morris Dance Company en Nueva York, a escasos pasos del BAM, templo de la danza clásica y contemporánea mundial, Daniel Fetecua se prepara para su rutina de ensayo en la compañía de danza José Limón, de la cual es actualmente el solista principal. Hay que prepararse porque la compañía fue invitada para participar en el Teatro Stage Fest en São Paulo.

La razón de la invitación, la soberbia interpretación que el bogotano dio de El emperador Jones, clásico de la leyenda norteamericana Eugene O’Neill, durante el pasado Festival Internacional Latino de Teatro de Nueva York. Pieza, además, que por su complejidad no se bailaba desde que el propio José Limón, fundador de la compañía, se la enseñara hace más de 25 años a Clay Talieferro.
 
“Este montaje representa el legado de la danza moderna; al no haber partitura, todo entra a ser parte del mundo onírico de la tradición oral de la danza. Lo cual abre paso para la capacidad reinterpretativa de cada bailarín. Allí está su riqueza”, asegura en medio del ensayo.

Todo empezó en los campos de fútbol de su colegio, en las cercanías de Mosquera. Los sonidos afrocubanos de Beny Moré, los sabores del mambo de Pérez Prado y de la Tongolele eran la gasolina para este joven amante de la trompeta, la que hacía brillar en la banda de guerra de su colegio y posteriormente en su propia agrupación de salsa. “Luego dejé de estudiar trompeta porque entendí que bailar era lo que me haría encontrar mi destino”. Y así, combatiendo todos los estigmas familiares de la época sobre ser bailarín, Fetecua se matriculó en la Academia Superior de Artes de Colombia.

Durante su paso por la ASAC, Alemania se convirtió en su obsesión. A punta de charol y tembleque, junto con su novia, recogió el dinero para el viaje, ganando cuanto concurso de salsa abrían en los bailaderos de La Candelaria y del centro de Bogotá. La meta: audicionar para la Folkwang-Hochschule, una de las escuelas de artes escénicas más reconocidas de Europa, con énfasis en danza moderna y teatro danza.

En contra de los pronósticos, el colombiano logró una de las escasas plazas en la escuela en el 2002. Libby Nye, una de sus maestras, y quien se convertiría en su mentora, vio en el joven no sólo a un bailarín innato sino a un líder. Este chorro de talento hizo que Nye, bailarina de José Limón desde los años sesenta, llevara a Fetecua un año más tarde a Nueva York para ser parte de un programa intensivo de verano sobre técnica Limón.

“Fue como amor a primera vista. Esta escuela de danza moderna le habla a mis instintos, es muy fuerte, muy corporal, es la búsqueda del balance perfecto entre la explosión y la recuperación del cuerpo y del sentido dramático del ritmo”.

Desde entonces todo ha sido mucho trabajo y éxitos para el colombiano, quien no cambia por nada la vida que lleva. “Que un joven como yo esté en Nueva York, entregado de cuerpo y mente a la danza y viviendo de ello felizmente es una muestra de que todo es posible”, asegura el bogotano.

Hoy, con 32 años, es productor , bailarín, profesor, fundador y director artístico de Pajarillo Pintao dance company así como coreógrafo residente de ID Studio Theatre, compañía de teatro dirigida por el también colombiano Germán Jaramillo. Vive en Brooklyn con su mujer, la bailarina italiana Anna Amadei, quien, además de ser codirectora de su compañía, es la mujer con quien cada semana se mete a los mejores bailaderos de salsa, mambo y tango de la ciudad, para moverse con todo el sabor que sólo un bailarín de su clase puede entregar.

“El baile es seducción, sentimiento, entrega y por supuesto amor. El día que renuncie a ello, tendré que renunciar a la danza”, asegura, después del ensayo. “La danza moderna y, más aún, la proveniente de lugares como nuestro país tiene un compromiso innato con la comunidad, con el proceso de reconciliación y rehabilitación. Con el movimiento del cuerpo y del alma. La danza puede exorcizar todos nuestros demonios colectivos: la apatía, la violencia, la resignación”.

Es por esto que el colombiano, después de regresar de São Paulo, volverá a Nueva York para dar los últimos ajustes a la pieza que espera presentar por primera vez en Colombia a finales del 2011. Su nombre: Mar Bellavista, un sufrido y enérgico montaje en memoria de los 119 civiles inocentes que fueron asesinados en Bojayá hace casi ya diez años e inspirado en los días que vivió y bailó para la comunidad de ese pequeño poblado del Chocó.

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