"El vitrinazo": la contracultura del arte en la ciudad

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Desde el jueves 17 hasta el domingo 20 de mayo se estará llevando a cabo la exposición de "El Vitrinazo", un circuito que hace parte de ARTBo Fin de Semana y que será presentado en La Macarena.

Volvemos a la parte alta de Bogotá. Allí donde el aire acompaña los olores de la comida argentina, peruana, italiana y colombiana. Allí donde están las galerías que aguardan el verdadero valor del arte que algunos le han querido otorgar a lo que suele suceder en una Plaza de Toros como La SantaMaría. En esa escalada al escurridizo suelo bogotano, donde existen las tiendas que nunca faltan en un barrio de la ciudad, está ocurriendo algo inusitado, están abarcando lo cotidiano algunas obras de arte y un discurso contracultural que saca la escultura de los museos para traerla a “la tienda de la esquina” o al “chuzo del vecino de aquí a la vuelta”.

Con el nombre de Lugares Comúnes, El vitrinazo, idea que surgió gracias a la Galería Valenzuela Klenner en el 2016,  le apuesta dentro del marco de ARTBo Fin de Semana a construir una propuesta contracultural en el arte. Lejos de la rigurosidad y de las aparentes limitaciones que surgen de los museos y galerías como espacios que tienen definido qué puede ser arte y qué puede no serlo, El Vitrinazo se planta en la escena artística de la ciudad para demostrar que en los barrios se puede hacer arte en lugares que pasan desapercibidos por ser tan rutinarios y que pueden, de la nada, romper el paisaje citadino y convertirse en un espacio donde el arte se crea en el asombro y la extrañeza del espectador.

Una zapatería, una cigarrería, una pizzería, un salón de té, una frutería y una panadería son los escenarios que se cubren de colores, figuras y formas. Un corto circuito se apodera de uno de los barrios más emblemáticos de Bogotá para que sus habitantes, intrusos y turistas se topen, se interroguen y se diviertan con las esculturas, las pinturas y los mensajes que hay en algunos murales y espacios poco convencionales para el arte.

María Clara Arias, directora de la exposición, afirma que: “El Vitrinazo busca esos lugares inéditos, cuestionar quién ve el arte, dónde y cómo lo ve”. Inclusive, no solo se trata de quebrar la imagen de lo común en el barrio sino también de lo común en el museo, pues a manera de ejemplo, una pelota gigante de playa, de la exposición Miami, estará exhibida en el Museo Nacional, logrando así que los valores, las imágenes y las reacciones ante el arte no solo se trastoquen en los lugares destinados a salvaguardar la historia y las expresiones del arte sino también en aquellos espacios donde vamos por una cerveza o donde vamos a arreglar nuestro calzado.

La experiencia de conseguir los espacios no es nada sencillo. Las respuestas de los dueños de dichos lugares van desde el interés por obtener algún tipo de ganancia hasta la aceptación de prestar un mural siempre y cuando no intercedan la rutina del establecimiento. En la diversidad de las respuestas, de los lugares y de las posturas está también el amor al arte, la convicción de querer intervenir la ciudad y darle un giro a la normalidad.  Hay quienes se alegran, quienes se divierten y se cuestionan si estas acciones son válidas. También existen aquellos que piensan lo que precisamente El Vitrinazo quiere cuestionar y es que este tipo de intervenciones no son arte, que el único arte y el valor estético del mismo solo puede ser observado en galerías y lugares especializados. Sin embargo, las mismas galerías y el Museo Nacional que resulta ser vecino del sector, apoyan el corto circuito siendo protagonistas y guardianes del arte en lo común y en lo citadino. Así, lugares como Beta Galería, Valenzuela Klenner Galería, Espacio KB, El Museo y Casas Riegner son algunos de los escenarios que se unen para congeniar y construir contrastes entre el arte en el museo y el arte en la calle con el Salón de té BAD, la Frutería Quinta Camacho, la Panadería San Felipe, la Pizzería Wilder’s Pizza, la Sociedad Colombiana de Arquitectos y la Zapatería  Rocafort.

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 “Los nombres de nuestros productos nacen del barrio de La Macarena. Esa idea surgió hace nueve años cuando se creó la pizzería. Así como hay nombres de personas del sector  que llevan mucho tiempo, también quisimos agregar nombres de cosas del barrio. Es algo interesante porque ahí sí como el cuento: el barrio es como una familia.”. Afirmó don José Poveda, pizzero del Wilder’s Pizza, espacio en el cual el arte estará plasmado en la masa y en los ingredientes de la comida.

Visibilizar el arte en la cotidianidad del barrio se convierte en una acción reaccionaria, valiente, que pone en entredicho el carácter conservador del arte mismo. Generar en el ciudadano de a pie una paradoja y una pregunta por la presencia de un artilugio o de una escultura en el lugar donde se compra la bolsa de leche para el café antes de dormir o donde se arrienda un negocio es el objetivo de confrontar lo establecido con lo inesperado, de demostrar que el arte puede salir de su zona de confort y su rigidez y transportarse a aquellos lugares que no están destinados a exaltar una obra de arte pero que, sin lugar a dudas, pueden prestarse para romper cualquier paradigma e imaginario y lograr traer este tipo de manifestaciones  a quienes jamás esperaron verlo en sus establecimientos comerciales, en sus barrios y en su diario vivir.

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