Elisa Mújica, el recuerdo que no fue

Novelista, ensayista, cuentista y columnista de los periódicos más importantes del país, intelectual comprometida con la denuncia social a través de su narrativa y, especialmente, con la reivindicación de la mujer en la sociedad colombiana. Así se puede resumir la vida de Elisa Mújica, una de las voces más influyentes y transcendentales de la literatura nacional del siglo XX, y de quien el pasado 21 de enero se conmemoró el primer centenario de su natalicio.

Elisa Mújica.Archivo particular

Lamentablemente, lejos de un homenaje a su vida y obra, como correspondería, el nombre de esta escritora bumanguesa pasó desapercibido por la mayoría de los círculos culturales de Colombia, condenando al olvido a una de sus más altas representantes.

De Elisa Mújica se sabe que nació en Bucaramanga y que aprendió a leer desde los cuatro años. En la biblioteca personal de su padre se enamoró de los libros y guardó especial afecto por los cuentos infantiles, los mismos que coleccionaba con esmero en una cajita de madera. A esta recopilación, se le sumó un volumen de los Cuentos mágicos de la Editorial Callejas que le regaló el escritor santandereano Blas Hernández con dedicatoria personal. Sin embargo, fueron las historias de Las mil y una noches las que más maravillaron a la pequeña lectora y que consideraría siempre como su obra de cabecera.

A los ocho años se marchó con su familia a Bogotá, lugar donde residió el mayor tiempo de su vida. De esa infancia en la capital, evocó con cariño las funciones del Teatro Colón, el cinema, el carrusel del Parque de la Independencia y, por supuesto, las librerías, entre ellas la de Camacho Roldán, la de don Jorge Roa y la Cosmos.  Pero su idilio duraría solo hasta los catorce años cuando fallece su padre y se ve obligada a trabajar para cubrir las necesidades económicas de su hogar. Por esta razón, como muchas mujeres de aquella época, nunca terminó el bachillerato y las novelas que había esbozado en el colegio quedaron inconclusas.

Comenzó trabajando como secretaria en el Ministerio de Comunicaciones. Años después, lo hizo como secretaria privada de Carlos Lleras Restrepo, primero en la Contraloría General de la República y, posteriormente, en el Ministerio de Hacienda. Habiendo conocido la política colombiana desde adentro, se trasladó a Quito en 1943 donde laboró como funcionaria de la Embajada de Colombia en Ecuador. Su paso por esta ciudad significó, más que otro cargo mecanográfico en oficinas claustrofóbicas, el inicio oficial de su carrera literaria. Cercana al llamado Grupo de Guayaquil, conformado por intelectuales y escritores de izquierda, Mújica conoció la literatura de denuncia social que influiría profundamente en su creación narrativa y, al mismo tiempo, la ideología marxista de la cuál se haría partidaria, aunque por poco tiempo.

Su mayor logro en el país vecino fue haber escrito su primera novela Los dos tiempos, publicada en Bogotá por la Editorial Iqueima en 1949. Su recepción fue positiva y hasta el reconocido ensayista y crítico de cine Ernesto Volkening la consideró como uno de los libros más importantes de la época. Esta novela, de carácter casi autobiográfico, no solo describe con gran detalle la atmósfera política y social colombiana, sino que sitúa en el centro del debate un tema que hasta ese momento era casi inexistente: la mujer y su realidad. De hecho, como lo expresa María Mercedes Jaramillo, profesora del Departamento de Humanidades de Fitchburg State College, "es una novela que indaga en la educación femenina, en las obligaciones que ocupan a las mujeres, en sus intereses y en sus expectativas ante las relaciones amorosas, y plantea otras opciones al destino personal y al rol de la mujer en el mundo".

Después de la publicación de su ópera prima, viajó a España en 1952 como corresponsal de El Tiempo. Su estancia en dicho país, que por el momento se encontraba bajo la dictadura franquista, le permitió frecuentar círculos literarios e intelectuales como lo había hecho en Quito. En Madrid conoció a miembros de la Generación del 27 como Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre, y a otros escritores reconocidos como Pío Baroja, Azorín y Camilo José Cela. Además de ampliar su universo literario e incursionar en nuevos géneros, Mújica experimentó una transformación vertiginosa en su filosofía de vida: se desenamoró radicalmente del marxismo con ocasión de la invasión soviética a Hungría en 1957, y se refugió en el catolicismo, en parte, gracias a las lecturas de santa Teresa de Ávila. Manifestación de su nueva identidad, tal vez fue el cambio de su apellido (de origen vasco) al colocarlo en acento esdrújulo y no grave.

En España tuvo uno de los periodos más prolíficos como escritora: publicó su primera colección de cuentos Ángela y el diablo (1953), obra de gran crítica social donde explora el surgimiento de la violencia bipartidista y los acontecimientos del 9 de abril de 1948 en Bogotá; preparó con gran disciplina para la Editorial Aguilar la edición de Reminiscencias de Santa Fe y Bogotá de José María Cordovez Moure, de la cual realizó su prólogo y anotó meticulosamente; y escribió su segunda novela, Catalina, publicada por la misma editorial en 1963 y por la que recibió el título de una de las mejores prosistas del país.

Si bien el Premio Literario Esso de 1962 fue otorgado a Manuel Zapata Olivella por su novela Detrás del rostro, el jurado compuesto por Isabel Lleras de Ospina, Gerardo Valencia y Manuel José Forero, recomendó la impresión de Catalina de Mújica "como tributo de admiración a la mujer colombiana". El fallo del jurado –que lastimosamente omitió reconocer el valor literario de la obra– al menos puso en evidencia una literatura que se apartaba de los cánones masculinos y que, al igual que en Los dos tiempos, centraba su universo narrativo sobre la difícil realidad de la mujer; en el caso particular de Catalina, una novela que indagaba sobre el impacto de la Guerra de los Mil Días en la población femenina colombiana.

La historia, ambientada a comienzos del siglo XX en torno a la dictadura del general Reyes, cuenta con una rica amalgama de elementos sociales y humanos enlazados con un relato histórico, caracterizado por episodios de violencia frecuentemente política. Como afirma la profesora e investigadora Nelly Rocío Amaya, "la novela nos remite a diferentes épocas históricas, como la Guerra de los Mil Días o de la Independencia, con sus espacios de poder y ambición económica, de producción social, del deseo y la violencia en todas sus formas, a la vez que nos da a conocer el espacio de las historias familiares con sus momentos claves de la historia del país".

Después de Catalina, Mújica se interesó principalmente por la literatura infantil y la tradición oral, aunque escribiría libros de diversa naturaleza. En 1972 publicó su colección de cuentos Árbol de ruedas, a la que le seguirían una colección de crónicas La Candelaria (1974), otro libro infantil La Expedición Botánica contada a los niños (1978), una colección de cuentos para niños Pequeño Bestiario (1981) y el ensayo Introducción a Santa Teresa (1981). Igualmente, en 1984 publicó su última novela Bogotá de las nubes, en la que ahonda sobre las transformaciones urbanísticas de la capital y, claro está, en la que no abandona el tema de la identidad femenina; esto sin olvidar otras dos colecciones de cuentos: Las altas torres de humo (1985) y La tienda de las imágenes (1987), entre otros escritos.

Aunado a la vasta literatura de denuncia social, en particular sobre las desigualdades de la sociedad colombiana con la mujer, Elisa Mújica encarnó la reivindicación femenina inclusive desde su ámbito personal. Fue la primera mujer gerente de un banco en el país al hacerlo en la sucursal de La Caja Agraria de Sopó entre 1959 y 1962. En 1982 fue elegida miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua y en 1984 tomó posesión como miembro de número convirtiéndose en la primera mujer en ocupar esta posición en Colombia. Esto, sin contar que el mismo año fue elegida en votación secreta como miembro correspondiente hispanoamericano de la Academia Española de la Lengua.

Con un sentido de autocrítica que siempre la caracterizó, manifestó alguna vez: "He hecho lo que he podido". Pero esta escritora bumanguesa –como piensan muchos de sus lectores– hizo mucho más de lo que quiso y de lo que pudo. Enclaustrada en los laberintos del monopolio masculino, entre ellos el de la literatura, Elisa Mújica no solo demostró con su propia vida que la mujer podía y puede ocupar un lugar prestante en la sociedad, sino también, que es capaz de ejercer su potencial creativo con los mejores resultados. Su vasta producción literaria nos invita a la reflexión de una realidad segregadora, violenta y nostálgica como lo ha sido la colombiana y, en última instancia, nos invita a participar en la construcción de una sociedad más tolerante e igualitaria. Catalina, su obra culmen y más reconocida, nunca se publicó en Colombia. Tal vez sea el momento pertinente para rescatarla de los callejones del olvido y abrirla a un público nuevo que seguramente, y aunque no lo sepa, la aguarda con entusiasmo.

 

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