La elusiva verdad de la toma del Palacio de Justicia

Luego de ejercer el periodismo, Marta Orrantia decidió consagrarse a la escritura literaria. Acaba de publicar "Mañana no te presentes", una novela en primera persona que cuenta desde adentro la toma y la retoma del Palacio de Justicia.

La toma del Palacio de Justicia ha sido contada por el periodismo y por la ficción. A la hora de investigar para escribir la novela, ¿qué impresión, como periodista, le dejaron los libros que se han escrito sobre el tema?

Hay, como dices, muchos libros de periodismo que hablan del Palacio de Justicia. Sin embargo, no hay libros de ficción, aparte tal vez de La Siempreviva, que es una maravillosa obra. En los libros de no ficción hay de todo, obvio. Está el libro de Ana Carrigan, que es una investigación juiciosa y muy bien escrita, y el libro de Jaime Castro, que es vergonzoso: se autojustifica y distorsiona la información.

No deja de llamar la atención que usted utilice la voz de una de los miembros de la quinta columna del M-19 para contar la historia. ¿A qué se debió esa escogencia? ¿Le facilitó el trabajo narrativo?

Escogí un personaje que estuvo en la quinta columna porque quise contar la historia a partir de los grises, de los huecos, que tiene la toma del Palacio. Esas cosas que no están comprobadas y que dejaron como saldo 12 desaparecidos y tantos hombres y mujeres asesinados con tiros de gracia. Mi personaje no existió, pero pudo existir alguien que trabajara en archivo y que fuera asesinada o torturada. Lo que quiero decir con esto es que la verdad es elusiva en esta historia. Tal vez nunca se conozca. Por supuesto que el hecho de no conocer la verdad puede facilitar el trabajo narrativo, pero resulta un arma de doble filo, sobre todo cuando hay sobrevivientes que tienen su propia versión de los hechos. Por eso es importante que esté claro que es un trabajo de ficción, porque, aunque es posible, no es lo que ocurrió.

En varios momentos Yolanda, la narradora protagonista, señala que la toma del Palacio fue un parteaguas en su vida. Usted, en la nota final del libro, hace un comentario parecido. ¿Cómo cambió la mirada de su generación tan sangriento suceso?

Creo que de alguna manera perdimos la inocencia. Aquí nadie actuó por el bien del país y todavía, tantos años después, seguimos viviendo las consecuencias de ese día. Todavía lloramos a los desaparecidos, todavía nos preguntamos por la verdad. Nos marcó como una cicatriz. Creo que la toma del Palacio de Justicia, como el asesinato de Gaitán, como las bombas de Escobar, sigue siendo un hito en la barbarie de este país. Un momento que cambió para siempre a quienes lo vivimos. Tanto que creo que todos tenemos nuestra historia personal sobre el Palacio. Qué estábamos haciendo ese día, qué sentimos, qué conocido murió ahí…

El amor de Yolanda y Ramiro es uno de los elementos que le dan densidad a su relato. ¿Por qué incluir la relación de una pareja en una historia de por sí tan dolorosa? Además, esta relación quedó en un limbo: ella nunca sabe quién es él.

Un día, leyendo sobre el Palacio de Justicia, supe que había un guerrillero que desertó la noche anterior. Me parece que fue Ana Carrigan quien lo mencionó, como de pasada, y esa información se me quedó clavada en el alma. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué pasó con él? Nadie más lo menciona, así que se convirtió en un fantasma. Un hombre que, como Ramiro, no sabemos quién fue.

Luego leí que la guerrilla se preparaba para un sitio largo en el Palacio, así que querían que fueran parejas, para que resultara más sencillo emocionalmente. Pensé entonces qué habría ocurrido si ese desertor hubiera tenido una amante ahí. Creo que eso fue. La relación de Ramiro y Yolanda nació ahí. No de certezas sino de incertidumbres.

Pero hay algo más. Estamos acostumbrados a hablar de “la guerrilla” como una amalgama monstruosa, un enemigo difuso y perverso, así que quise rescatar la humanidad en ella. Quise ponerles un rostro a esos hombres y mujeres y mostrarlos como lo que fueron: personas que aman y sufren y sienten miedo y se equivocan. Los seres humanos estamos hechos de grises, más que de blancos y negros. Hay grises más oscuros, cierto, pero debemos comprender los grises para poder seguir adelante.

¿Cuáles fueron las decisiones narrativas que tomó para que el relato no fuera una defensa de alguno de los protagonistas de la toma del Palacio? ¿Cómo conservó el equilibrio?

Justamente pensando en la naturaleza humana, que es muy ambigua. Pero en realidad eso fue lo que sucedió, o más o menos. Para ese entonces, el M-19 era una guerrilla erosionada. Bateman fue un líder muy agudo, pero no estoy tan segura de que Fayad hubiera tenido la misma capacidad de aglomeración. Estaba el narcotráfico, que tenía claros nexos con la guerrilla (Iván Marino Ospina era amigo de Escobar) y además el Ejército había infiltrado a la guerrilla; de otra manera no se explica la información que tenían de la toma.

Eso no lo sabía Yolanda, así como no lo saben nunca los soldados cuando van a la guerra. Muchos creen en ideales como la libertad y por eso van a la guerra, y el tiempo siempre prueba que las guerras nunca son por un ideal altruista. Son decisiones económicas. Ahora, tanto Yolanda como el sargento que le salva la vida, son soldados en una guerra tan inútil como todas. Y se dan cuenta de eso, tal vez demasiado tarde.

Pero creo que me desvié un poco. Iba en que todo fue cierto. El M-19 se equivocó y no fue difícil darse cuenta. El Ejército también, pero aún después, cuando estaban torturando a tantas personas, buscando la quinta columna, hubo un grupo de soldados, aún anónimos, que intentaron alertar a los familiares de lo que estaba pasando. Eso fue verdad. Y esa es la prueba de que, aun en medio de tanto horror, los seres humanos podemos mostrar compasión, arrepentimiento, heroísmo. Somos tremendamente complejos y debo decir que ese es el material del que se nutre la literatura. De la complejidad humana.

Finalmente, todos fuimos víctimas de las decisiones equivocadas que se tomaron ese día, y lo paradójico es que estoy segura de que en su momento muchos actuaron pensando que hacían algo bueno.