Elvis fue Estados Unidos

Elvis no sólo fue un ídolo estadounidense: fue Estados Unidos. Su sonrisa insolente reflejaba la confianza de su país después de haber ganado dos guerras mundiales y de haberse encaramado en lo más alto de la economía global.

Eder Leandro Rodríguez

Sus vibrantes piernas y sus convulsionadas caderas avanzaban con la misma fuerza incontenible que tuvieron las locomotoras que conectaron el continente un siglo atrás. Y de su voz salía sexo a borbotones como erupcionaba el petróleo en los campos del sur. En el siglo XX, Estados Unidos fue el Prometeo que desató las energías subterráneas de la Tierra para poner en marcha el insaciable paroxismo del desarrollo económico. Y Elvis hizo lo mismo con el continente dormido de las pasiones de toda una generación. (Lea: Elvis, El rey) y (Lea:Elvis vs Elvis Presley )

Así como su país se había construido sobre el trabajo esclavo de los negros, Elvis fue el beneficiario de una tradición musical afroamericana de décadas y llegó justo a tiempo para resolver (a favor de los blancos) el conflicto racial que empezaba a significar el rock and roll. A mediados de los años cincuenta las fuentes de la música popular más frenética del país estaban en las manos y bocas de jóvenes de color, pero el gran público era blanco y no recibiría con respeto a un Chuck Berry o a un Little Richard, por más electrizantes que fueran. Por eso Sam Phillips no pudo creer su buena suerte cuando descubrió a Elvis (“por fin encontré a un blanco que puede cantar como negro”). Y no sólo eso. El joven de Tupelo le enseñó a la industria de la música el camino más rápido y seguro para vender sus acetatos: convertir al intérprete en un fetiche sexual. El publicista Edward Bernays (sobrino de Sigmund Freud) ya había sentado las bases del mercadeo basado en la estimulación de los instintos un par de décadas atrás en los Estados Unidos. Con Elvis, esta estrategia infalible llegó para quedarse hasta nuestros días en el centro del negocio musical.

Pero así como Elvis recibió riquezas y adulación hasta un punto que sólo las figuras mitológicas pueden soñar, también tuvo que pagar el precio de verse sometido a una máquina de producción que nunca se pudo detener. Una vez el infame coronel Tom Parker (su manejador sempiterno) se dio cuenta de que tenía entre manos el negocio más grande de su tiempo, lo convirtió en una línea de producción imparable. En los años cincuenta Elvis produjo grabaciones exitosas y de calidad a una velocidad asombrosa (52 sencillos y cinco álbumes en cinco años); en los años sesenta fue estrella de cine, con 33 películas que reventaron la taquilla repitiendo casi siempre el mismo argumento (chico humilde se enfrenta a tipos malos, les gana, se queda con la chica y termina celebrando con una canción), y en los setenta trabajó en interminables conciertos, enfundado en su mameluco de rey rococó frente a millonarios ebrios en Las Vegas.

En cada una de estas producciones siempre estuvieron la voz y el carisma de Elvis sosteniéndolo todo como los poderes de un mago. Pero también se podía percibir en el fondo la angustia del artista que había quedado atrapado demasiado rápido en un ciclo comercial que no necesitaba grandes innovaciones para seguir facturando millones cada año a nombre del “rey del rock and roll”. En la carrera de Elvis, lo más auténtico e inmortal siempre fueron los inicios (sus primeras grabaciones en los estudios Sun, sus primeras actuaciones esforzadas y meritorias, los primeros conciertos que dio después de su regreso a los escenarios en 1968). Lo que seguía después del primer hallazgo afortunado solía ser una larga serie de repeticiones sin alma, como si de una planta ensambladora de la Ford se tratara.

Elvis Presley también fue el soldado más importante de su país. Y no sólo porque prestó servicio militar durante dos años (entre 1958 y 1960) en el regimiento estadounidense apostado en Alemania occidental, no muy lejos de la temida y odiada Unión Soviética. Eso lo hubiera podido hacer cualquiera. Elvis fue una punta de lanza mucho más importante en la contienda geopolítica más grande de la historia de los Estados Unidos. La Guerra Fría no se trató solamente de dos países amenazándose con armas nucleares o compitiendo por ganar el mayor número de medallas en los Juegos Olímpicos. La pelea era por demostrar qué forma de vida era mejor y cuál de los dos sistemas económicos (capitalismo o comunismo) podía darles más felicidad a los seres humanos. En ese campo, Elvis ganó cien batallas para Estados Unidos, porque desde sus primeras y brumosas apariciones en la televisión les infundió a cientos de millones la alegría y emoción que significaba vivir la felicidad dentro del estilo americano de vida, adolescente y hedonista, exultante y consumista.

En su vida personal, Elvis heredó todas las contradicciones de los hijos de su país. Fue el amoroso niño de mamá que quedó huérfano a muy temprana edad y terminó rodeado de hombres (su manejador, su padre, sus amigos) a los que sólo les importaba ganar dinero y para quienes las mujeres eran piezas reemplazables en la decoración del palacio. Por eso una de sus más grandes decepciones fue cuando su reina, Priscilla, a quien había formado y preparado desde sus catorce años para ser la Barbie virtuosa del hogar, terminó dejándolo por un entrenador personal. El todopoderoso rey tal vez volvió entonces a pensar en las caricias de Gladys, su madre, y añoró a alguien que realmente lo quisiera con ternura. Pero ya era casi hora del siguiente concierto, las luces brillaban, las cajas retintineaban y el espectáculo debía continuar. Es posible que el dueño de los corazones de tantas chicas de su generación no hubiera conocido nunca el amor verdadero. Aunque nunca le faltaron aventuras con coristas y actrices en mansiones con vista a las colinas, su vida empezó el inatajable proceso de desmoronamiento justo después de que su matrimonio terminara en 1973 y el sueño del hogar tradicional quedara destrozado.

Porque Elvis, al igual que su país, fue conservador en medio de su liberalismo de vodevil. Así como Frank Sinatra se había lamentado de la depravación que el rock and roll había traído a los Estados Unidos, Elvis no perdió ocasión de despotricar en los sesenta contra los hippies, sus costumbres antipatrióticas y sus drogas baratas. Pero mientras hablaba mal de la marihuana y se ofrecía al presidente Richard Nixon para ser agente antidrogas con permiso para portar armas en cualquier lugar del territorio, Elvis no podía vivir sin pastillas para dormir y para levantarse, o sin inyecciones energéticas para soportar sus conciertos. Mientras el mundo cambiaba allá afuera y los hijos de las flores se reunían en parques y festivales de música a celebrar la paz, Elvis se acuarteló en Graceland, su mansión en Memphis, conectado al mundo a través de tres televisores encendidos a la vez y sin opinar públicamente sobre el asesinato de Kennedy o la intervención militar en Vietnam. Al final tuvo razón. El proyecto comunitario de los hippies se desvaneció y sólo quedó la carrera maniática de los individuos por sobrevivir e imponerse. Elvis fue la epopeya estadounidense porque fue uno solo, un país en espléndido aislamiento. Cuando los Beatles llegaron a su país, Elvis les envió a regañadientes un telegrama felicitándolos por su éxito y hasta los recibió fríamente en su casa. Sin embargo, en el fondo nunca le gustaron esos extranjeros melenudos, tal vez porque representaban la fuerza del grupo en lugar de la monarquía vertical e individualista.

Elvis fue el patriota más convencido de todos. Como todo niño del Sur, soñó con ser sheriff e imponer su ley, y en la cima de su popularidad no era raro verlo vigilando las calles de Memphis desde un auto lleno de armas y placas de policía, junto a la Memphis Mafia (el grupo de guardaespaldas y amigos que lo acompañaban a todas partes). Elvis amaba su país, a Jesús y a sus fuerzas militares. Empezó su vida cantando himnos religiosos en la iglesia de su pueblo y terminó dando espectáculos continuos en la otra gran iglesia estadounidense: el casino, el lugar donde las fortunas se hacen y se desvanecen en cuestión de horas mientras todos mantienen su vaso lleno y la diversión no para.

Al final su corazón no pudo soportar el trepidante ritmo de su propio tambor y un ataque lo fulminó el 16 de agosto de 1977. Como un prisionero amarrado a una máquina de caminar, Elvis trató de sobrellevar la torturante marcha de gloria de sus últimos años con pastillas, comida chatarra y licor. Pero terminó perdiendo la guerra con apenas 42 años. O tal vez no. El mito de Elvis no podía morir. Sería como admitir que en algún momento hay que despertar del sueño americano. Por eso sus compatriotas lo siguen repitiendo en cientos de espectáculos de imitación en hoteles y programas de televisión o lo continúan viendo vivo en las calles de Tennessee. Porque el que murió fue el otro. El real.

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