A 40 años de su muerte

Elvis vs. Elvis Presley

Era como si él hubiese nacido de una canción, y como si sus canciones hubieran surgido de otro tiempo, de otro lugar. Era como si le hubiera robado la voz a un negro, en los tiempos en los que se les decía negros.

IlustraciónEder Leandro Rodríguez

 Era como si su nombre, Elvis Aaron Presley, hubiera estado condenado a desaparecer entre las carreteras por las que manejaba en un inmenso camión cargado de ropas, sábanas y almohadas, y era como si su futuro hubiese sido como el de su padre, Vernon Presley, un hombre como todos, un poco ladrón como todos, un poco santurrón y algo cobarde. Era como si en su pueblo, Tupelo (Tennessee), jamás fuese a ocurrir nada especial, más allá del hastío, de la siesta, del calor, del acento a Sur, muy cantado, muy dejado, y mucho más allá del tenue silbido de un lejano jazz, y era como si él jamás hubiera sido parido allí por Gladys Love Smith, el 4 de enero de 1935, o como si hubiera sido parido como uno más. Un número, un nombre. Era como si el tiempo y su tiempo hubiesen sido prestados, como si no hubiera nada por descubrir, como si ya se hubieran dictado las reglas de la vida, los mandamientos, y como si las canciones tuvieran que ser como eran. (Lea: Elvis, El rey) y (Lea: Elvis fue Estados Unidos)

Era como si su vida fuese a ser siempre un simple existir.

Los Presley vivían como jornaleros, al día y a cuentagotas. Habían perdido en todos los negocios que se habían inventado y sólo dejaban de recriminarse sus fracasos los domingos, cuando iban a la iglesia Pentecostal de la Primera Asamblea de Dios y se quedaban hasta la noche y la madrugada con el sonido de los coros góspel que anunciaban allí la venida y la santificación del señor, de un señor. Allí, en aquel coro, Elvis Aaron Presley comenzó a cantar. Luego diría que “Éramos una familia religiosa. Desde pequeño, lo único que conocí fue música góspel. Me encantaba escuchar el coro. Aquella música se convirtió en parte de mi vida. Era tan natural como bailar. Una forma de escapar de los problemas y una especie de liberación para mí. La iglesia me enseñó lo único que he aprendido sobre canto, todo lo demás ha venido de forma natural”.

Su madre recordaría aquellos tiempos como tiempos benditos, pese a las penas del trabajo y de la cárcel, y relataría una y otra vez que su hijo, durante las ceremonias, se bajaba de su regazo y corría a la parte de atrás del templo para subir las escaleras y asomarse a ver y oír el coro. Luego, en la casa, encendía la radio y se acostaba boca arriba a soñar despierto con el góspel y con los punticos que iba encontrando en el techo. Imaginaba otra vida, otras vidas, y al góspel le incluía guitarras y ritmo, y él se veía cantando, y cantaba y bailaba, hasta que su madre le pedía que hiciera silencio. Un día, semanas después de su cumpleaños número 11, oyó que su padre lo llamaba con sus dos nombres, Elvis Aaron, que era como le decía cuando necesitaba hablar de asuntos importantes con él. Le dijo que empacara, que se iban, y que ya era tiempo de que comenzara a ser hombre.

Los Presley se largaron a Memphis para probar suerte, huyendo de la justicia, y sobre todo del tedio, aunque jamás lo admitieran. En Memphis, Vernon Presley trabajó como vendedor, como cargabultos, como tendero, como camionero, y se prestó como testaferro de personajes oscuros a quienes ni siquiera conocía, y quienes jamás le dijeron sus verdaderos nombres. Se ganaba 60, 80 o 100 dólares por semana. Para el resto, robaba, o intentaba robar, falsificando cheques o timando a quien se encontraba. Alguna vez fue descubierto y denunciado. Acabó en prisión. Otra vez fue denunciado por cargar whisky ilegal en el camión que conducía, pero el sheriff, o el oficial con placa de sheriff que atendió su caso, lo perdonó y le sugirió que se fuera lejos, muy lejos. Su esposa, Gladys, cuidaba de su hijo y hacía costuras por encargo.

Él llegaba borracho todos los viernes y los sábados. Ella aguantaba, por ella y por su hijo, y se juraba entre maldiciones que algún día se iría de ahí, de la mano de Elvis, quien trataba de vivir y permanecer en su mundo de burbujas y de góspel, y para aferrarse a él recordaba, obsesivo, la tarde del 3 de octubre del 45, algo más de un año atrás, cuando se subió por vez primera a una tarima para cantar con algo de público, en un concurso de jóvenes talentos auspiciado por una casa de almacenes, la Black and White. Cantó Old Shep subido a una silla. Esa tarde noche obtuvo cinco dólares por su segundo lugar en el certamen y un pequeño trofeo que miraba y admiraba todos los días. Su nombre, Elvis Presley, había quedado grabado con letras indelebles.

Memphis fue su adolescencia, sus primeros amores, sus primeros tragos, escaparse a escondidas de su madre, volver a casa a la madrugada, pelearse con los profesores, tirarle la puerta en la cara a la directora del coro de su escuela de Humes por haberle negado su ingreso allí. Memphis fue encerrarse con llave en su cuarto para oír a Ernest Tubb y a Sister Rosetta Tharpe, John Lee Hooker y B.B. King, y su cuarto y la radio y aquellas canciones fueron vivir y delinear su vida, imaginarla, diseñarla. Memphis fue juntarse con Red West y otros tipos duros, y empezar a hablar de la Mafia de Memphis, una banda de diez o doce amigos a los que se llevó a vivir con él tiempo después, cuando ya era Elvis y había comprado Graceland, y cuando tenía permiso para vivir, matar o morir. Memphis fue donde West dijo: “Elvis jamás llegó a tener amigos de verdad. En realidad nunca llegó a encajar con nadie”.

Allí fue portero de una sala de cine por unas semanas, pero fue despedido porque dejaba su puesto vacío para ir a ver las películas que proyectaban. Fue mensajero, torero, vigilante, y entre trabajo y trabajo se fue enterando de algunos concursos para nuevos cantantes, y de que había un lugar, la Memphis Recording Service, cuyo lema era “Grabamos lo que sea, donde sea y cuando sea”. Un sábado del verano de 1953, Elvis Presley se presentó en el número 706 de la avenida Union, pagó cuatro dólares e ingresó a una pequeña sala para grabar un single con dos canciones, My Happiness, de Betty Petereson y Borney Bergantine, y That’s When Your Heartaches Begin, de Fred Fisher, William J. Raskin y Billy Hill. Quería llevarle el disco de regalo a su madre.

Cuando llegó al estudio, Marion Keisker, la secretaria de la Memphis Recording, pensó que había ido a curiosear. La avenida Union estaba repleta de vagabundos que no sabían qué hacer con sus vidas. Y él, con su pelo largo y en desorden, su guitarra a cuestas y sus ropas gastadas, parecía uno más. “Le pregunté qué estilo cantaba y él me respondió que podía cantar cualquiera: canciones populares, country, rhythm and blues… cualquier estilo”. Elvis Presley podía cantar cualquier estilo, por aquel entonces y después. Sus largas noches a solas, con la radio encendida y el dial en la emisora de la WDIA, una estación dirigida por negros, lo llevaron a aprehender el góspel de los Ink Spots, de los Blackwoods y de Roy Brown; el country de Jimmie Rodgers, Jim Reeves y Bill Monroe; el rhythm and blues de Rufus Thomas, Roy Brown y los Preachers, y la música sin género de Dean Martin y Roy Hamilton.

“Decidí escucharlo —recordaría Keisher—, y tan pronto empezó a cantar me pareció poco común. Parecía reunir todos los estilos musicales en uno solo. Es curioso, porque Sam (Sam Cornelius Phillips, el dueño de la empresa) llevaba años diciendo: ‘Si pudiese encontrar un blanco que tuviese el sonido y el sentimiento de los negros podría ganar un millón de dólares’. En ese momento me di cuenta de que Elvis los tenía”. En enero del año siguiente, Presley fue a buscar a Phillips, pero no lo encontró. Lo buscó en una y otra ocasión, hasta que por fin logró verlo. Cantó dos canciones, pero Phillips no vio nada extraordinario. Lo volvió a citar unos meses después para que cantara un tema de negros, Without You, y algunas canciones de Dean Martin. Aunque no lo había seducido, creía que podría encontrar en aquel muchacho algo diferente.

Phillips creía y no creía. Oía a su secretaria, dudaba, se convencía y volvía a dudar. “Ninguno de nosotros podía sospechar que él iba a ser tan grande”, diría muchos años más tarde. Por fin llamó a su viejo amigo Scotty Moore y le comentó sobre aquel muchacho que era “algo diferente”. Moore lo oyó. Dijo que era nervioso, tímido y educado. “Él sabe que tiene talento y lo único que necesita es un poco de confianza”. La confianza fue llegando, primero por las reiteradas reuniones con Scotty Moore y Bill Black, un amigo del amigo, y luego, porque el tocar y ensayar y darle y buscar, lo liberaron de los yesos y una tarde, la del 5 de julio de 1954, durante otra de aquellas sesiones, tomó la guitarra y empezó a jugar a ser Elvis con una canción que luego cantaría millones de veces, That’s All Right (Mama), de Arthur Crudup.

Catorce día más tarde, aquella canción estaba prensada y comenzaba a venderse en las tiendas de discos de Memphis, y en general, de todos los pueblos y ciudades de Tennessee. El lado B del disco tenía Blue Moon of Kentucky, de Bill Monroe. Una quinceañera de nombre Eldene Beard fue la primera persona que compró ese disco, y pasó a la historia por ser la primera que compró una grabación de Elvis Presley. Pagó 50 centavos de dólar por él en Charles Records. Entonces llegaron los periodistas a entrevistarlo, y los agentes a buscarlo, y los músicos a darles sus canciones, y Elvis Presley pasó a ser sólo Elvis. Cantó en algunos festivales, y en el Overton Park Shell empezó a bailar sobre el escenario y a mover la pelvis. “Empecé a hacerlo durante una actuación en Memphis. Lo añadí al show un poco como reacción al miedo que sentí al salir ante el público”.

Esa noche vislumbró el futuro que había imaginado en su habitación, ocho y nueve años atrás. Los aplausos frenéticos del público y los gritos histéricos de las mujeres, las felicitaciones de quienes estaban tras la tarima, las palmadas en la espalda de los músicos que lo habían acompañado, algunos empresarios que lo adulaban, algunos periodistas que lo buscaban, eran el presagio de lo que vendría. “Aquella noche no pude dormir y tuve la sensación, por primera vez en mi vida, de estar al principio de algo grande y sensacional. Aquellos gritos podían significar el final de la miseria que mis padres habían vivido”. El miedo empezaba a evaporarse. La miseria, a diluirse. Elvis comenzaba a ser él, libremente él, y a dejar de ser Elvis Presley. Empezaba a marcar la historia con su manera de cantar, con sus movimientos, con su fuerza y aquel complejo y profundo no importarle nada en la vida más allá de él.

“Porque antes de Elvis no había nada”, como dijo John Lennon diez años más tarde. Porque “antes de Elvis, el rock había sido un gesto de vaga rebelión, pero en cuanto él llegó, se convirtió en algo sólido y con contenido propio”, como dijo el crítico británico Nik Cohn. Porque “Elvis destrozó la imagen complaciente del presidente Eisenhower y sacudió nuestros cuerpos adormecidos. La energía salvaje del rock nos alcanzó y su ritmo ardiente liberó nuestros instintos reprimidos”, como dijo Jerry Rubin, un activista de la liberación del pueblo. Porque Elvis se atrevió a romper, porque después de él nada sería lo mismo, y músicos, actores, políticos y periodistas y escritores tomarían de él.

Tomaron de él para nutrirse, pero también, tomaron de él para enriquecerse. Elvis Presley fue uno contra el mundo. Fue su música y su voz contra miles de personajes que le chuparon la sangre. Fue su soledad contra el arrastre. Fue su convicción de hacer patria y enrolarse en el ejército para prestar servicio militar contra los coroneles y generales que lo usaron para decirles a los jóvenes que él era el ejemplo a seguir. Fue su ritmo contra los conservadores que lo censuraron y obligaron a las cámaras a grabarlo de la cintura para arriba. Fue su carisma contra la envidia. Fue su querer hacer contra los que se oponían a cualquier cambio. Fue su vitalidad contra aquellos que lo acusaron de comunista o de agente de la CIA, como Ringo Starr. Fue Elvis contra Sinatra. Fue Elvis contra su propio círculo, y fue Elvis contra sus deseos de vivir.

Fue Elvis contra Elvis cuando comenzó a morir, 40 años atrás. Tenía de mánager a un coronel de apellido Parker, quien podía perder un millón y medio de dólares en el casino en una sola noche, y de guía espiritual a su estilista, Larry Geller, un hombre que le decía: “Para encontrar a Dios debes ser paciente y dejar tu ego”. Comía tocineta, puré de papas, chucrut y tomates, toda la vida tocineta y chucrut y puré de papas y tomates. Probaba y tomaba drogas para dormir, para despertarse, para el dolor, para la ansiedad. Al final, su preferida era el Dilaudid, cinco veces más fuerte que la morfina, una droga para aliviar el dolor a los enfermos terminales de cáncer. El día de su muerte, 16 de agosto de 1977, 3:45 p.m., según el dictamen oficial médico del hospital Baptista de Memphis, Elvis Presley jugó squash en la madrugada, tocó piano, cantó algunas de sus canciones preferidas, se enojó, rio, maldijo y se encerró en el baño de su mansión, Graceland, para descansar de todo y de todos.

Su novia, Ginger Alden, lo encontró allí, tirado en el piso, horas más tarde. La ambulancia tardó 20 minutos en llegar. La noticia se difundió poco después de las cuatro de la tarde. Nadie podía creer su muerte, más allá de que todos sabían que era inminente. Ese día, Presley debía salir de gira hacia Portland. “Le debo mucho a mucha gente”, les dijo a quienes quisieron detenerlo, a aquellos que presagiaban la peor de las tragedias. El coronel Parker lo necesitaba. Todos lo necesitaban. Días antes, en una de sus últimas crisis, casi en estado de coma, Parker le advirtió a su círculo más íntimo: “Lo único que importa es que este hombre suba esta noche al escenario, y lo hará”.

 

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