Emiliano Rodríguez, un músico nato proyectando sentimientos y poesía

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Emiliano Rodríguez es capaz de inundar con milongas y tangos hasta el recinto más amplio, paseándose entre las mesas, sonriendo mientras canta, y llenando con letras y pasiones el alma de quien lo escucha entonar la música de sus ancestros.

La vida de Emiliano Rodríguez parece sacada de una película de los años veinte, donde los bares y restaurantes, con presentaciones en vivo, música, copas y aplausos, tienen un enorme protagonismo; este hombre es el centro de su propio espectáculo, acompañado de su hermano menor y su quinteto de tango criollo.

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En cuanto aparece frente a la cámara, me saluda con su marcado acento argentino, con ese rostro definido y sus ojos medianamente cerrados, tal vez por falta de un buen descanso de su frenético ritmo de vida, y portando su traje negro. Tiene cabello corto y cuidadosamente peinado, y su postura, que no es ni muy erguida ni muy encorvada, es característica de un hombre alto y delgado. Debido a su entorno, salta a la vista su pasión por la música. En sus paredes se ven colgados viejos vinilos con interiores de distintos colores y un par de guitarras que reposan en separados sitios del salón. El favoritismo por una de ellas se deja ver por la cercanía que tiene desde donde él se encuentra sentado.

Uno de los placeres de Rodríguez es darse a conocer, no en un modo excéntrico o egocéntrico, sino expresando lo que piensa, lo que le gusta y lo que siente. Lo hace en cuanto tiene la oportunidad de hablar acerca de su situación actual, en relación, principalmente, con la crisis que lo ha obligado a quedarse en casa, como a la mayoría de las personas. “Fue muy duro porque yo vivía de la música, de las presentaciones privadas, de los recitales, pero siempre hay una salida”. A pesar de todo, él se mantiene positivo y agradece, incluso en estos tiempos, porque la crisis le trajo algo bueno: ha tenido la oportunidad de acompañar a su esposa durante el embarazo de su primera hija, Manuelita.

Aún con esto, Rodríguez reconoce que ha sido difícil como cantante tener que afrontar la pandemia, ya que le ha quitado la posibilidad de interactuar con el público, dentro y fuera del escenario. El carisma, del que es poseedor, lo ha llevado a disfrutar de su cercanía con la gente, de conectarlos con su música, de transmitir emociones y de hacer que el público anhele seguir escuchándolo hasta la madrugada, con un trago en la mano y los ojos fijos en el escenario. “Disfruto de verlos a ellos contentos, el ver a personas grandes que se les está pintando un lagrimón, que están llorando. Sentimentalmente me emociona mucho”, afirma.

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Un auténtico motivador con historias a cuestas

A sus 41 años, Rodríguez recuerda la imagen de su abuelo y la música de Gardel de fondo en su casa de campo; aquellas letras profundas y ritmos suaves. Su abuelo le hacía prestar especial atención a las letras que, aún en su juventud, lograron llegar a su corazón. Por aquel entonces, el artista ya había afinado su oído y su voz ya entonaba algunas melodías, aunque inicialmente alrededor de música más juvenil como el reggae y el rock. Dice que en paralelo con la música que tocaba con su banda, también le daba espacio a interpretar tangos, en su mayoría dedicados a su abuela materna.

Como artista, él es bueno escuchando a la gente, se pone en su lugar y le gusta dar consejos, así como un sacerdote en traje de coctel. “Él es un hombre que se acerca mucho al público, habla con la gente, se acerca a las mesas y genera una gran empatía con la gente”, le atribuye Manuel Salas, un miembro de su asiduo público.

Pasados casi diez minutos, la entrevista se convierte en un espacio más amigable. Rodríguez se acomoda en su silla y habla sobre sus pasiones fuera del ámbito musical. Sorprende el saber que es un apasionado de la carpintería, realizando diversos trabajos con madera como una actividad recurrente heredada de su padre y de su abuelo. A ellos los recuerda sentados en el taller con las maderas, lijando, cortando, armando un mueble, arreglando otro. “Yo iba y veía al abuelo. Él me decía: Mirá, Emilianito, mirá flaquito, agarrá este tornillo y claváme un clavito acá porque lo necesito urgente”. Rodríguez se ríe mientras personifica a su abuelo, con un tono de nostalgia, pero con gran aprecio. "Y yo, todo emocionado, cogía y se lo daba. Él me decía: “Gracias flaco, gracias. Ahora sí lo vamos a poder terminar”, recuerda. Entre mate y mate, su padre le enseñaba el arte de la madera, con una pasión que se percibe proyectada en él mismo al relatar sus recuerdos de juventud.

Con una niñez típica de una casa de ciudad tranquila, compartiendo con algunos animales y sus dos padres; jugando al fútbol, las escondidas, montando su bicicleta, tirándose frutas de los árboles y compartiendo con los vecinos, vivió junto a tres de sus hermanos disfrutando de las mejores experiencias que un niño puede tener. Unos pocos años más tarde, con la separación de sus padres, la situación de Rodríguez experimentó un cambio muy fuerte: tuvo que mudarse de La Plata, su ciudad natal, a la capital de Argentina, Buenos Aires, junto con su padre y su nueva madre.

A partir de ese momento, él tuvo que aceptar la idea de ir a un nuevo colegio, convivir con gente nueva, incluso recibir burlas de sus compañeros por ser el pibe nuevo, así como por las prendas que vestía, pues portaba tallas más grandes de las que necesitaba, ya que sus padres le compraban así la ropa para que le durara un par de años más. Toda esta situación afectó directamente su desempeño, como suele sucederle a cualquier persona que se precipite hacia un abismo de cambios en su cotidianidad.

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Con ese cambio también llegó la etapa de rebeldía de este joven cantante: desde dejar de ir a la escuela, hasta pelear con su padre. Rodríguez tuvo que afrontar una época de relaciones familiares tensas y que, de forma positiva, fueron cambiando con los años. “La verdad es que el tiempo curó muchas cosas. Uno es jovencito y no entiende mucho, después lo vas viendo desde otro ángulo y te das cuenta que es tu familia, que es la que te crió de jovencito y que te hizo ser lo que sos ahora”. De este modo la relación mejoró mucho y con sus padres, ya siendo personajes de setenta años, lleva una relación perfecta.

Emiliano en el rol de padre primerizo

Casi a las 4:37 de la tarde, Rodríguez habla sobre su hija Manuelita y lo que siente en esta nueva etapa como papá primerizo. “La verdad que me emociona y espero que la misma naturaleza de ella me enseñe a mí cómo ser padre, pues creo que un padre empieza a ser padre al mismo tiempo que el hijo empieza a ser hijo. Yo no sé qué va a pasar”. Formar a un hijo, más si es por primera vez, es una tarea ardua y a veces desgastante, pero a su modo él le tratará de transmitir a su hija los valores y la sensibilidad que él mismo posee, esperando que pase lo mejor. Como él dice: “No sea tan llorona porque quiero dormir un poco, ché”.

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