Ensayar (Sobre "La escritura y el viento", de Camilo Alzate)

En la nota que abre el libro primero de sus Ensayos, Michel de Montaigne advierte: "Quiero que en él −el libro− me vean con mis maneras sencillas, naturales y ordinarias, sin disimulo ni artificio, pues píntome a mí mismo".

Imagen del libro de Camilo Alzate, en el que aborda varios temas que van de Nairo Quintana a Emile Zolá, pasando por García Márquez. Cortesía

En ese pintarse a sí mismo, en la visión personalísima y aguda, se cifra la fuerza, la absoluta vigencia de esos textos que son considerados el germen de la ensayística que escapa al academicismo y propone, como lo indica su nombre, ensayar, tantear y pasar por el filtro del yo  los más diversos temas e inquietudes, que son observados y digeridos para ponerlos en una prosa que alcanza y conmueve al desprevenido lector.

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Es el tipo de ensayo que ilustra y narra, que cuestiona y sugiere, que ilumina las zonas en penumbra de nuestra conciencia y nos mueve a explorar otros ámbitos y a conocer otras voces. Es una forma de absoluta libertad pero que no por ello cae en el facilismo y la obviedad, pues la primera condición de quien lo cultive es la de ser un lector consumado. También le compete al ensayista encantar con el lenguaje y saber poner en diálogo la curiosidad del lector con la propia. 

Lo anterior no es fácil de encontrar y por ello no puede menos que recibirse con complacencia la aparición de La escritura y el viento, el volumen del joven escritor Camilo Alzate que fue seleccionado dentro de la Convocatoria de Estímulos Pereira 2018 en la categoría ensayo. Desde hace algunos años Alzate se hace un lugar en el periodismo narrativo colombiano con piezas de gran factura publicadas en medios nacionales como Universo Centro y Baudó; y extranjeros como Revista Anfibia y Altaír Magazine.

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Caminante y ciclista, en este, su primer libro, esboza un mapa de sus pasiones –las que generan satisfacción y dolor−, y se revela como un lúcido y crítico comentarista de sus lecturas, que van desde los versos silvestres de un pasillo entonados por Lucho Bowen hasta los sonetos de Quevedo, pasando por algunas novelas de Paul Auster  y la narrativa naturalista de Emile Zolá.

No hay condescendencias cuando se trata de valorar a los autores en su totalidad, más allá de sus obras. Es por ello que en el elogio a nuestro Nobel se cuelan estas líneas que dicen mucho de la postura política del ensayista: "El García Márquez que aparecía de blanco con nuestros presidentes genocidas, el que escribía novelas exaltando y disfrutando la prostitución infantil, el que hizo un libro a los delfines mimados de la aristocracia bogotana, ese era otro García Márquez, reducido a la sombra de un Nobel que no era para él, sino para nosotros".   

Dos de los textos son ejemplares de la forma vibrante en la que se puede componer un ensayo, con plena conciencia de atender tanto a la precisión de los datos como a la cadencia y la belleza del idioma. Son éstos Salsa y dulzura y La rueda soy yo. Los hermanos Lebrón en el primero, y Nairo Quintana en el segundo son los motivos para discurrir sobre el ritmo afrocaribeño y el deporte de los escarabajos, pasiones que agitan la pluma del autor al que hay que seguirle la pista.

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Juan Felipe Gómez

Cultura

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