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Humboldt - 250 años
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Entre Humboldt y Johann Rugendas: La ciencia del arte viajero

Las expediciones científicas del prusiano inspiraron a todo tipo de artistas a retratar sus pasos y paisajes en la pintura, la poesía y la literatura. Johann Moritz Rugendas, pintor alemán, fue uno de los seguidores del científico y un dibujante de sus viajes.

Fotografía tomada en la exposición “La naturaleza de las cosas; Humboldt, idas y venidas” en el Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia. Cristian Garavito-El Espectador

A Johann Moritz Rugendas, conocido como Mauricio Rugendas, lo llamaron “el Humboldt de la pintura en Latinoamérica”. Sus pies fueron artífices de bocetos. Su admiración por el científico prusiano lo llevó a recorrer aquel verde que se muestra interminable en los enormes valles y en las imponentes montañas de América Latina.

Moritz Rugendas viajó al misticismo de América en 1821, cuando tenía 19 años. Fue una expedición científica a Brasil a cargo del barón Grigori Ivanovitch Langsdorff la que lo embarcó en pincelazos errantes, en días de absoluta libertad en la que una mirada fija y precisa del vasto paisaje se traducía en una serie de dibujos vistos como documentos y también como importantes piezas de arte.

La cercanía con la pintura hacía parte de su destino. Su padre, Johann Lorenz Rugendas, fue director de la Academia de Artes de München. Creció entre las paletas de pintura, los óleos y las paredes colonizadas por cuadros que contienen mundos, expresiones y costumbres. A ese legado correspondió un pintor con visos de científico y con un alma nómada e inquieta.

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El artista alemán, a diferencia de Humboldt que había llegado a América por Venezuela, arribó a Latinoamérica por Brasil, país en el que habitó por un período de tres años. En ese lapso, Rugendas se dedicó a explorar la Amazonia y consigo todos aquellos recovecos y senderos que se perdían entre la maleza y el clima tropical que arropa una parte considerable del territorio colonizado por los portugueses.

Las tradiciones de los pueblos indígenas y una serie variada de ecosistemas libres de la devastación que el ser humano ha potenciado en la contemporaneidad fueron retratados en más de 3.000 dibujos y pinturas. Los elementos geográficos del clima, el suelo, la fauna y la flora estuvieron plasmados con precisión por el alemán que dejó su huella y su testimonio de artista viajero en varios países que en antaño fueron habitados por Alexander von Humboldt.

De su paso por Brasil, el artista alemán regresó a Europa para vislumbrar el paisaje de países como Francia e Inglaterra. Un lustro duró aquel retorno en el que se encontró con un contexto atravesado por ideales románticos y nacionalistas. Una revolución industrial que ya había cambiado el orden económico, político y social; sociedades que se narraban desde las pinturas y la literatura realistas, generando algunas rupturas con las dinámicas más preponderantes de la Ilustración y la llamada modernidad.

En su regreso a América, Mauricio Rugendas llegó a Haití, lugar en el que vivió entre 1830 y 1831. Posteriormente, el alemán llegaría a México, un país por el cual guardaba mucho interés por la influencia que Humboldt había dejado en lo que sería la Nueva España en 1803, año en el que el científico prusiano llegó al territorio centroamericano y se dedicó  un estudio exhaustivo de la naturaleza y la cultura desde la arqueología, la botánica, la volcanología y demás ramas de las ciencias naturales y sociales.

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Además de las dos o tres cartas diarias que Humboldt escribía, también guardaba su diario, su bitácora de viaje y descubrimiento. Y en una de esas 5.000 hojas que hacen parte del diario, el científico escribió: “ninguna ciudad del nuevo continente, presenta establecimientos científicos tan grandes y sólidos como los que hay en la capital de México.”

Los testimonios de Humboldt sobre la población nativa y sus desarrollos culturales y científicos llamaron la atención del pintor alemán. México fue uno de los territorios en los que ambos coincidieron no solamente por sus rastros sino también por lo que este país significó para ambos en la consecución de su obra. Para Rugendas, los tres años que vivió en México antes de haber sido acusado de conspirar contra el General Anastasio Bustamante, presidente de México entre 1830 y 1832 y entre 1837 y 1841, fueron fructíferos en tanto que la riqueza cultural, arqueológica y geográfica de México estimularon su oficio como artista pictórico y le permitieron realizar un centenar de obras sobre las tradiciones populares, la historia de las civilizaciones indígenas y la diversidad de flora y fauna. Así, el carácter costumbrista de sus pinturas llegó a la cúspide y los días de creación se hicieron más fértiles.

La etapa final de la obra de Johann Rugendas se desarrolló en el Cono Sur de América Latina. El rastro de Humboldt jamás desapareció y aunque su huella fue siempre un faro, el alemán se mostró siempre autónomo y voluntarioso a la hora de registrar sus paisajes y reafirmar la pluralidad de colores y seres vivos que habitan y componen los valles, las montañas y demás cuerpos de la naturaleza en el continente. Pasando por la que se llamó después la Corriente de Humboldt, el artista viajero afianzó sus pinturas en acuarelas y óleos. Sus cuadros, que son memorias, documentos y también descripciones de innumerables vidas y paisajes, retrataron de norte a sur la región indígena en la que habitaron los mapuches. En 1937, dos años después de haber llegado a Valparaíso por el destierro que sufrió en México, el alemán partió a Mendoza para seguir descubriendo los aires fríos del sur de Latinoamérica. Un accidente en caballo lo alejó de Argentina y lo devolvió a Valparaíso. En medio de las secuelas provocadas por la caída, Rugendas pasó uno de los momentos más críticos de su vida, pues pese a la publicación de su Álbum de trajes chileno y a los dibujos que publicaba en algunos atlas que describía a Suramérica, las deudas lo asediaron y solamente el apoyo de Humboldt, aquel maestro que lo inspiró para hacer de su vida un viaje y de su obra una bitácora de los lugares más recónditos pero también los más bellos y emblemáticos de un continente, fue necesario para que pudiera continuar su relato nómada.

El final de su etapa creativa sucedió en un paso fugaz por Bolivia, Perú, Uruguay y Argentina entre 1842 y 1845, año en el que volvería a Alemania para ser pintor de la corte de los reyes Luis I y Maximiliano II de Baviera. En Augsburgo, ciudad en la que se instaló luego de varias décadas de explorar y asumir una vida entre los colores áridos e intensos que le inspiraban la naturaleza y los cielos de América, Johann Moritz Rugendas vende sus obras a cambio de una pensión vitalicia al rey Luis I de Baviera. Más de 3.000 obras fueron adquiridas y un acto de absoluto despojo como antesala al fin de una vida y una obra sucedieron a principios de la década de 1850. El pintor alemán, representante del arte viajero, falleció el 29 de mayo de 1858 en München, un mes después de haberse casado y varios años después de haber abandonado aquellas paletas, libretas y lienzos en los que plasmó su visión errante de la existencia.

 

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