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Entrecruces: México - Colombia

Hace ya once años que vivo en México y mientras estudiaba lo que pasaba en el arte producido en los últimos 25 años en este país, en un contexto que no era el mío y en un periodo que no me correspondía, veía cómo el lugar que había dejado atrás también se transformaba a su manera y con sus singularidades.

“Musa paradisíaca” es la obra del artista José Alejandro Restrepo. Centro Nacional de Memoria Histórica

En estos doce años, no dejé de escuchar una frase insistentemente: para muchos, México se colombianizaba y Colombia se mexicanizaba. Parece que se vivían procesos paralelos en los dos lugares aunque de diferentes maneras. Procesos que me tocó vivir en una doble distancia y con un espejeamiento diacrónico: mientras en Colombia se estaba gestando una transformación invisible a comienzos de la década de los 90, sobre todo desde las universidades y algunas instituciones en un contexto de violencia singular provocada básicamente por el narcotráfico, en México se hablaba de apertura económica pero también de crisis, de identidad, de posicionamiento institucional, y por supuesto de espacios alternativos para las artes, de becas para la promoción cultural y de creación de nuevas instituciones culturales. 

Ahora bien, mientras el proceso del arte mexicano vivido en la década de lo 90 se consolidaba en los Estados Unidos y Europa hacia 2002 con artistas ya muy famosos como Gabriel Orozco, la gestación de la escena colombiana actual comenzó lentamente con artistas como José Alejandro Restrepo o Doris Salcedo. Si se mira con cuidado la obra del primero y de los segundos son radicalmente diferentes no solo por la temática sino por los problemas de los que se ocupan. Orozco hacía su Piedra que cede, una obra que estaría más vinculada a la tradición escultórica y de la obra de arte urbana in situ en 1992 y Restrepo elaboraba Musa paradisíaca, un trabajo que muestra de manera compleja la violenta realidad colombiana través de las bananeras en 1996. En la actualidad, muchos del arte mexicano reciente se ha dedicado a mostrar y a reconsiderar el periodo violento por el que está pasando el país y cómo es que esto ha reconfigurado la sociedad. Por su parte, el arte colombiano ha dado un giro sobre otros asuntos en los que, por ejemplo, el dibujo ha sido una preocupación importante.

Por eso no dejan de ser significativas tanto la transformaciones que se han dado en los dos contextos -en relación al arte pero también al contexto social y político- como los intercambios recientes entre artistas, gestores y proyectos conjuntos. Por eso no es sorprendente que la exposición de Wilson Díaz en el Museo Tamayo de la Ciudad de México fuera una referencia para algunos de mis estudiantes y que la de Juan Fernando Herrán en el museo Amparo en Puebla haya tenido comentarios muy favorables por algunos de los curadores más importantes del país. Pero también hay que considerar el intercambio que ha permitido que varios artistas mexicanos exhiban y produzcan en Colombia a través de diferentes proyectos como Flora en Bogotá y Lugar a dudas en Cali o incluso la más reciente exposición de Carlos Amorales en el Museo de Arte Moderno de Medellín. Por eso, tal vez sea un momento de hacer una lectura transversal del arte mexicano y colombiano y pensar cómo es que se han reconfigurado sus escenas, que han tenido en común, y como se pueden entender los entrecruces recientes en los intercambios globales.

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