Entrevista

Sara Jaramillo Klinkert: “Las cosas que callamos terminan definiéndonos”

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Cómo maté a mi padre (2019) es la primera novela de Sara Jaramillo Klinkert, publicada en Colombia por Angosta Editores y en España por la editorial Lumen.

Nadie está preparado para lidiar con la pérdida de un ser amado. Nadie podrá decir nunca que tenía de antemano la receta para domar el silencio que llega con la ausencia. Y es que es eso, precisamente, la ausencia, lo que termina por adueñarse de nosotros y trastocarnos. Eso lo entendió muy bien Sara Jaramillo Klinkert, con el paso de los años. Su libro Cómo maté a mi padre, publicado en Colombia y España casi de manera simultánea, aborda este concepto a través del recuerdo del padre, su padre, y reflexiona sobre la forma en que su muerte terminó por fracturar las vidas de quienes más cerca se encontraban: su familia.

El libro inicia con la autora regresando al momento en que su padre es asesinado en Medellín, durante los años 80. Ella es apenas una niña de no más de doce años y no sospecha siquiera que su vida, y la de su familia, cambiará de forma radical ante la devastadora noticia. Su madre se refugia en el silencio y sus hermanos, cada uno por su lado, luchan contra sus propios demonios, queriendo de alguna forma alejar el dolor que la pérdida del padre les ha heredado. Sara encuentra en los libros su salvación, y esa es la razón para que, años más tarde, se decida a escribir la historia detrás de todo esto.

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“Durante muchos años no pude dejar de pensar en la última vez que vi la cara de mi padre. No sé por qué me acuerdo de ella con tanta exactitud, si cuando la miré esa mañana, lo hice sin saber que ya no volvería a verla nunca más. Las cosas no pueden saberse sino hasta que pasan. No fue una cara de despedida en el sentido estricto de la palabra, pero fue la que quedó en mi mente. Cuando alguien muere, uno tiende a aferrarse a los recuerdos, a unir los retazos. Es una lucha constante contra el olvido, a sabiendas de que no hay manera de ganarle”. Sus palabras son como cuchillas, y puede que suene a cliché, pero desde la primera página hasta la última, cada reflexión y juicio que la autora emite retratan con detalle el dolor y la impotencia que uno llega a sentir en este tipo de situaciones. Las palabras duelen y a pesar de ello, este es un libro que acompaña, pero no en el sentido en que dicen hacerlo los textos de autoayuda, sino de la forma en que uno se encuentra a sí mismo en cada línea y acepta como suyos los pensamientos allí retratados. Cuando perdemos algo o a alguien, cuando nos sentimos derrotados, lo menos que necesitamos es a otra persona que nos diga que todo estará bien. Quizá ya lo he dicho antes. Lo que necesitamos es acudir al testimonio de alguien que haya padecido lo mismo que nosotros y haya sentido en lo más hondo del pecho que le falta el aire, aunque afuera sople el viento.

Además de ser una pieza literaria de gran calibre, esta novela resalta por su profunda humanidad y la manera como logra retratar los espacios propios de aquel Medellín azotado por la herencia asquerosa del narcotráfico. Pero cuidado, esta no es otra novela sobre narcos o sicarios, es la historia de una familia que se desmorona, víctima del silencio más intenso. Son cinco hermanos, cuatro hombres y una mujer. Está la madre y la ama de llaves. Están los animales, las plantas y los sonidos del bosque; están los ataques de asma y de pánico; están las noches de llanto; están los días de dejar que se quemen las arepas para no llegar tarde al colegio; están los años por delante y los que se han quedado atrás, rezagados; está el dolor de las ausencias y el consuelo de una vida que reclama a gritos su deseo de ser vivida.

“Nadie sabe lo que pesa el silencio hasta que lo lleva por dentro”. Uno creería, a priori, que este es otro libro sobre la pérdida del padre, pero en esta línea queda claro que no es así. ¿Se dio cuenta, a medida que escribía que, si bien quería hablar del peso de la ausencia de su padre en su vida, su novela planteaba una tesis mucho más compleja?

Yo siempre he creído que la gracia de este libro está en que empecé a escribirlo sin pretensiones. Yo no tenía ninguna tesis para demostrar, no pretendía que otros lo leyeran, no necesitaba probarle a nadie, salvo a mí misma, que era capaz de escribir. Era un texto solo para mí, una forma de conservar la memoria de los hechos que habían ocurrido en la familia años atrás. Siento que fue esa ignorancia, respecto a lo que estaba escribiendo, la que facilitó la novela libre y cruda que terminaría configurándose después y que, en efecto, no habla solo de la muerte de mi padre. Yo creo que habla más bien de cómo ese suceso afectó de forma dramática la vida de los que quedamos vivos. Habla del impacto de la violencia en la vida privada de las familias. Habla de cómo las cosas que callamos terminan definiéndonos.

¿Cómo termina el silencio por apoderarse de todo? ¿En qué momento intuye que se hace eco ante su presencia?

Somos una sociedad que tiende a normalizar cosas que no son para nada normales. Creo que el silencio es tan solo un síntoma de esa normalización. Dejamos de hablar de las cosas que se vuelven cotidianas, cerramos los ojos frente a lo que no queremos asumir o aceptar. Caer en el juego del silencio es una salida fácil y, por lo tanto, recurrente en sociedades como la nuestra. Recuerdo que cuando era niña pensaba que no tenía derecho a quejarme ni a imponer mi dolor, porque bastaba poner las noticias para darme cuenta de que a los demás les pasaban cosas incluso peores, por eso me quedaba callaba. Si tienes la mala suerte de vivir en una sociedad tan enferma, lo tuyo, de repente, parece solo un síntoma sin importancia. Las cosas que nos pasaron las afronté en silencio, pero nunca dejaron de hacer ruido en mi interior, tanto que tuve que sacarlas. Esperé casi 30 años para hacerlo. Ahora mi silencio es consecuencia de otro tipo de emoción, ahora me siento en paz.

¿Cuánto tiempo pasó desde que plasmó las primeras ideas de la novela hasta que logró el producto final?

Fue un proceso muy duro y tortuoso que me tomó poco más de dos años. Ahora me alegro de haberlo hecho y entiendo las razones que me llevaron a ello. No fue así durante el proceso de escritura, todo el tiempo me estaba preguntando por qué insistía en someterme a algo que me causaba tanto dolor. No entendía muy bien lo que estaba ocurriendo, de dónde salían todas esas cosas, dónde las tenía guardadas. Pensé en abandonar mil veces el proyecto, por fortuna, esta vez, triunfaron las palabras sobre el silencio.

¿Qué tanta catarsis se permitió en este libro, y qué tanto del ejercicio de escritura respondió a una mera aspiración literaria?

Tengo que confesar que la catarsis no fue la causa del libro, sino la consecuencia. Yo nunca me planteé la escritura como un método de sanación, aunque hoy en día admito que lo fue. Mi aspiración fue en ese entonces (y lo sigue siendo hoy en día) netamente literaria. A mí lo único que me interesa en esta vida es escribir de la mejor manera posible. Tengo la sensación de que la gente, en un principio, se interesó en la novela por el hecho de que contaba una historia real. Muchas de las entrevistas y encuentros con lectores se centraban más en el contenido que en la forma. Yo hubiese querido que fuera al revés porque yo soy el tipo de lector que devora cualquier cosa, siempre y cuando esté bien escrita. Por eso fue tan importante para mí la nominación al Premio Nacional de Novela. Acercó a los lectores que pensaban que el único valor del libro era lo autobiográfico y les demostró que se podían combinar ambas cosas.

¿Cómo logra lidiar con estos temas tan íntimos al momento de hacerlos públicos? ¿Qué tanto de su vida personal ha despertado el interés de la gente?

Nunca calculé los alcances que iba a tener la novela. Si hubiera sabido el enorme interés que iba a suscitar en mi vida privada, creo que me habría asustado mucho publicarla. Al principio me sentí muy vulnerable pues, de un momento a otro, empecé a leer reseñas y artículos por todas partes en los que analizaban, no sólo la novela, sino a mi familia entera. Sin embargo, una inmensa mayoría acogió muy bien el libro y, en vez de violentar mi intimidad, lo que ha hecho es acompañarme a través de mensajes y reacciones en las redes sociales. Hoy en día me siento muy sintonizada con los lectores, supongo que terminé acostumbrándome a la sobrexposición porque entendí que la mera publicación del libro era importante, pero no suficiente. Hay que hacer promoción y en eso debe participar el autor. Tendrías que ser Elena Ferrante para no tener que involucrarte en ese proceso.

Estaba leyendo otros libros mientras escribía el suyo, obviamente. ¿Qué títulos le permitieron encontrar aquellas estrategias narrativas que usted quería explorar?

Soy muy buena lectora. Además, siempre tengo distintos libros empezados, los cuales abordo según el ánimo y la ocasión. Leí mucho en esos dos años, pero recuerdo especialmente Ojos azules de Toni Morrison, quien me demostró que sí funcionaba usar a una niña como narradora de la novela. De ella aprendí que se puede mezclar la ingenuidad y dulzura de la niñez con la crudeza misma de la vida. Manuel Vilas, por su parte, me ayudó a convertir esos pequeños y limitados recuerdos que tenía en algo más grande. Leyendo Ordesa entendí que no importa lo pequeños que sean, la función del escritor es detectarlos y llenarlos de significado.

¿Qué hay del proceso de edición? ¿Cómo se dio lo de España y de qué forma lo contrasta con la experiencia en Colombia?

El libro no se había publicado aún en Colombia cuando empecé a recibir ofertas de varias editoriales españolas. Hice un viaje a Madrid con el fin de conocerlas y, al final, me decidí por Lumen. Era un sueño para mí publicar en esa editorial y más de la mano de María Facse, una de las mejores editoras del mundo hispanohablante. Tuve la experiencia de publicar casi al mismo tiempo con una casa editorial tan grande como Penguin Random House y otra pequeña e independiente como Angosta Editores. La primera logró la internacionalización del libro al punto de haber vendido los derechos a la editorial francesa Editions Stock antes de su publicación en español. Gracias a PRH hoy recibo mensajes de lectores de Israel, Australia y muchos países más a los que nunca pensé llegar. Angosta, por su parte, logró mover el libro por toda Colombia, tanto que hoy vamos por la quinta edición, lo cual es una barbaridad en un país con índices de lectura tan bajos. Las ventas en Colombia me emocionan mucho, pero me emociona más la relación íntima y estrecha que tengo con Angosta. Hoy, más que mis editores son mis amigos y eso para mí es lo más valioso. Todavía me cuesta asimilar que algo que me causó tanto dolor en el pasado hoy me esté dando satisfacciones tan grandes. Yo había soñado mucho, pero no había soñado tanto.

Y, después de tanto, ¿lo consiguió? ¿Cómo mató a su padre?

Definitivamente. Me reconforta saber que ahora sus restos no siguen pudriéndose bajo tierra, el libro me ayudó a dejar atrás ese pensamiento tan perturbador. Maté a mi padre y, como consecuencia de ello, su recuerdo quedará por siempre en un libro. Ahora sé que será eterno.

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