Era un juego

El esacándalo que ha sacudido al mundo del deporte por los dopings y las mafias médicas en el caso Lance Armstrong recuerda otras historias de tiempos lejanos, cuando la honestidad y la dignidad prevalecían.

Eran años en los que la mayor trampa consistía en que uno o dos jugadores se untaran de polvo blanco la cara, los brazos y el cuello para que todos, compañeros y rivales, público, periodistas y curiosos, creyeran que eran blancos en tiempos en los que hasta el fútbol era prohibido para los negros. Esa fue la historia de Carlos Alberto, un negro que había jugado en América de Río y fue contratado por Fluminense en 1914 para que con sus goles quebrara una larga racha de derrotas en el campeonato brasileño. Antes de jugar se echaba polvo de arroz para que nadie sospechara de su negritud. Un domingo, sin embargo, la lluvia lo destiñó. Fue señalado e insultado por la tribuna rival, pero Fluminense ganó ese día y, por el triunfo, el polvo de arroz pasó a ser una tradición entre los futbolistas y los hinchas, por años y decenas de años, hasta el siglo XXI. Nadie habló de trampa. Nadie podía haber hablado de trampa. Carlos Alberto se convirtió en una especie de Martin Luther King del fútbol. Glorificado, inmortalizado, su inocente truco sirvió para comenzar a romper los muros del racismo.

Jugó y lucho y jugó. Había sido educado dentro de los códigos de la honestidad en tiempos en los que la historia del primer Corinthian FC, inglés, se repetía como una letanía en el mundo del fútbol. Como escribió cinco meses atrás Ezequiel Fernández Moores en La Nación de Buenos Aires, “Corinthian FC rechazaba los penales, a favor o en contra, porque consideraba que ponían en duda la “honestidad” del fútbol. Y, si un jugador rival se lesionaba, sacaba a uno de los suyos. Bandera del “fair play”, Corinthian, con su juego de ataque y pases cortos, era además un gran equipo. En 1884 goleó 8-3 a Blackburn Rovers, entonces campeón de la FA, y en 1904 propinó a Manchester United la paliza aún hoy más humillante de su historia (11-3)”. Luego aparecieron los contratos, las presiones, los políticos, los salvadores del mundo, las marcas, la multiplicación de la ley de la oferta y la demanda, los nacionalismos, creer que el triunfo de unos pocos era el triunfo de muchos y la comprobación de una superioridad. Corinthian FC sucumbió ante ese nuevo mundo. Se jugaba, decían sus directivos, por placer, no por dinero.

Antes de que el club explotara salió de gira por Brasil para jugar como se debía jugar al fútbol, para afirmar con una pelota en los pies que la época victoriana no había terminado. Cuando lo vieron, cinco pintores de casa y zapateros decidieron crear al equipo del pueblo: Corinthians. Sin embargo, el viejo espíritu amateur se había disuelto, y algunos que jugaban sólo por placer, como Fry, el capitán de Corinthian FC, acabaron corriendo desnudos por las calles de Brighton o proclamándose reyes de Albania. El mundo empezaba a verlos como el pasado que ya nunca volvería, o como unos locos. El juego empezaba a dejar de ser un juego. El fútbol, sobre todo el fútbol, dejaba de ser aquél para transformarse en nación, raza, dinero, poder, patria. Por eso, en 1930, Benito Mussolini envió a dos de sus esbirros a Montevideo para que “convencieran” a un futbolista argentino, Luis Monti, de que se fuera a jugar a Italia y se nacionalizara italiano con el objetivo de que su país ganara la Copa del Mundo de 1934. Así fue.

La directriz era implacable. “Señor Pozzo, no sé cómo hará usted, pero Italia debe ganar el Mundial. Italia debe ganar el Mundial”, le dijo el propio Mussolini a Vitorio Pozzo, el entrenador italiano, antes de que su equipo jugara la final de la Copa ante Checoslovaquia. Italia ganó, como tenía que ganar. Sus jugadores, y Pozzo, y unos cuantos más, saludaron desde el campo de juego del “Estadio del Partido Nacional Fascista” a Mussolini con la mano derecha en alto y cantaron el himno que músicos contratados y amenazados habían escrito para él. La victoria de unos futbolistas a quienes les pagaron por ganar, mercenarios de una pelota, y quienes hubieran tenido que desaparecer si perdían, fue la victoria de Italia, de Il Duce, del fascismo, de la raza, del “futuro”. Dos años más tarde, Adolfo Hitler quiso repetir la dosis en los Juegos Olímpicos de Berlín. Él también había comprendido que la victoria en el deporte lo podría llevar a la victoria en la política, pero un hombre, un solo hombre negro, Jesse Owens, destruyó el plan. Owens fue, entonces, el Carlos Alberto del Fluminense 20 años atrás. Sus cuatro medallas de oro en 100 y 200 metros planos, en el relevo de 100 metros y en el salto de longitud, fueron suficientes gritos para anunciarle al mundo que una nueva época se había iniciado. Owens terminó sus días apostando dinero contra caballos de carreras. Cuando murió, a los 66 años, 1980, los atletas cobraban sueldos millonarios, y el negocio de la publicidad los había envuelto.

La gran guerra de mediados del siglo XX se tragó a millones de seres humanos. El hombre en su condición de hombre mostró y sacó lo peor de sí en nombre de una raza, de una nación, del poder y… Hubo monstruos, villanos, inocentes, víctimas y héroes y tumbas. El juego ya no podía ser un juego. El juego era, a veces, la vida, esa vida que se jugaron los futbolistas del Dínamo de Kiev, llamados Star FC, el 6 de agosto de 1942, cuando tuvieron que enfrentarse a un equipo de oficiales nazis a sabiendas de que ganar o perder era morir. El partido de la muerte, lo llamaron. Ganaron 5-3, pero tuvieron que morir. Uno por uno, fueron asesinados de distintas maneras y en diferentes lugares. Se habían reunido unos meses antes, bajo el amparo de un panadero que los había seleccionado en su negocio para luego ponerlos a jugar fútbol. Josef Kordik les pagó comida, habitación, ropa y lo que necesitaran hasta que se recuperaran de los vejámenes que habían sufrido por parte de los nazis, quienes habían ocupado Kiev en 1941.

El Star FC fue un cuadro invencible, en todo el sentido de la palabra. Y el día del fatídico partido jugó como nunca antes, con la mayor de las motivaciones posible, el odio. Con odio y presteza, a dos minutos del final, cuando el marcador era inamovible, Klimenko eludió a varios nazis, incluido el portero, y en la línea de gol decidió devolverse para que la humillación de la derrota fuera más humillante. Humillación sobre la humillación. Los nazis no lo perdonaron. Klimenko fue el primer muerto del equipo. El primer masacrado. Luego le siguieron los demás. Con los años, en el estadio de Zenit construyeron una estatua para rendirles un homenaje a aquellos hombres con una placa que decía: “A los jugadores que murieron con la frente en alto ante el invasor nazi”. El invasor nazi, el fascismo italiano, la persecución a los judíos, el horror. Por aquellos años Europa era un mapa de terror, o el mapa del terror, repleto de puntos y manchas rojas y cruces. Diseminados por ahí, contados, iban los héroes.

Héroes como Owens, como Klimenko, como el ciclista Gino Bartali (enemigo acérrimo de Fausto Coppi en las carreteras de Europa), activista de Acción Católica, títere de Benito Mussolini, decían, y quien en plena guerra recorría día y noche las carreteras de Umbría y la Toscana, aprovechando su condición de ídolo y pasando por delante de cuanto retén y policía se le cruzara. La gente murmuraba que Bartali se entrenaba para ganarle de nuevo a Fausto Coppi el Tour de France, pero luego, muy luego de su muerte incluso, en 2000, se supo que iba y volvía a todas horas porque debajo de su sillín llevaba documentos falsos y dinero para salvarles la vida a cientos de judíos, y que fueron más de 800 los que pudieron escaparse. Cuando los hijos de uno de aquellos perseguidos llamado Giorgio Nissim relataron la historia, consignada en los diarios de su padre, la leyenda de Bartali dio un vuelco absoluto. Entonces llegaron los homenajes y los monumentos y los libros de historia tuvieron que cambiar parte de sus textos, como una reverencia al pasado, como la venia postrera a un antiguo héroe que se jugó la piel para salvar a otros. Tiempos idos, habrán tenido que decir tantos. Tiempos idos, en una época que por aquel año 2000 y algo, comenzaba a vivir la gloria y la mentira de un tal Lance Armostrong.

 

últimas noticias

Fernando Cano: un lente interno

Cuentos cortos para tiempos cortos

La muerte de Abel Antonio y el limbo jurídico