La escena artesanal de Alejandro Ricaño

“El amor de las luciérnagas”, un texto del dramaturgo y director mexicano, se estrenó con acento colombiano hace poco. El montaje cuenta con las actuaciones de Carolina Ramírez, Natalia Reyes y Laura Junco.

El montaje “El amor de las luciérnagas” aborda la importancia de saber dejar ir.  / Camila Salamanca
El montaje “El amor de las luciérnagas” aborda la importancia de saber dejar ir. / Camila Salamanca

El primer puente comunicante que se establece entre México y Colombia es el narcotráfico. El segundo vínculo se centra en la producción masiva de telenovelas. El dramaturgo y director mexicano Alejandro Ricaño quiere construir otros nexos al montar con acento local El amor de las luciérnagas, una de sus creaciones más importantes.

El proceso de adaptación de los textos fue más bien rápido. Salvo algunas expresiones puntuales, todo quedó igual y, para sorpresa de Ricaño y del equipo que lo respalda, fueron más las coincidencias que las divergencias. Para él, no hay muchas diferencias entre México y Colombia. La distancia se marca, más bien, al momento de centrarse en los recursos técnicos y en la forma de convertir en realidad las propuestas artísticas.

“Nunca jugamos a que los personajes debían ubicarse en Colombia. Es muy claro que el escenario en el que se desarrolla la trama es México. Esa era mi intención desde que escribí El amor de las luciérnagas y decidí llevarla al escenario del teatro”, cuenta Alejandro Ricaño, quien debutó en las tablas cuando estaba en el colegio y gestó, a los 16 años, La caja musical.

El actor, escritor y director mexicano empezó haciendo una obra cuyos ensayos se realizaban en el platón de la camioneta de un amigo, porque no existía otra opción. Luego lideró una propuesta con Diego Luna, y tan sólo en publicidad se invirtieron más de US$100.000. Lo más extraño es que ambos montajes eran muy parecidos y su escenografía tenía una butaca y nada más.

Antes de consagrarse en el teatro, Ricaño quería estudiar cine en un momento en el que hablar de lo digital era tan extraño como pensar en la importancia de las redes sociales. Cada lata de 35 milímetros costaba lo que necesitaba su familia durante dos años para vivir con todas las comodidades.

Al identificar este panorama tan oscuro, optó por el teatro porque era parecido a lo que quería hacer en el cine, pero mucho más económico. Sólo debía invertir en un par de trusas cada seis meses y nada más. Con el atuendo tradicional del actor, Alejandro Ricaño hizo carrera en las tablas, y cuando tuvo la oportunidad de hacer cine, se desencantó profundamente de su entorno del mundo del celuloide porque no encontró en él el aura artesanal que tanto lo sedujo en el teatro.

“En el cine hay mucha gente de por medio en el entorno creativo, mientras que en teatro solamente se necesita contar historias y ya. Además, el guionista no es muy respetado en cine porque ese círculo es de directores y los procesos de escritura se los pasan por el arco del triunfo”, dice Alejandro Ricaño, quien se formó en el arte en provincia y recibió la información de las artes desde su concepción tradicional.

Fue hasta su llegada a la capital mexicana que se dio cuenta de que tenía que pagarle a alguien que confeccionaba el vestuario, a otra persona que se encargaba de manejar las luces, y debía destinar otro rubro importante para los expertos en los componentes técnicos. Lo que antes hacía él con sus recursos y sus limitaciones, ahora era una tarea confeccionada en colectivo.

“La especialización en el teatro tiene máximo 150 años, pero tenemos más de dos milenios haciendo representaciones. No se trata de decir: ya actuaste y ahora puedes dirigir tu primera obra. Las escuelas han propiciado las especializaciones y creo que uno puede hacer algo mejor que otras personas, pero, por ejemplo, Shakespeare escribía y dirigía. Molière, Esquilo y muchos más hacían lo mismo”.

Y escribiendo y dirigiendo, Alejandro Ricaño quería mostrar el otro México, el de las ciudades sureñas, el del golfo, y darle protagonismo al choque entre las poblaciones del sur y las del norte. Él vivía en Tijuana, en el norte, pero le tocó emigrar hacia Xalapa, y tan pronto llegó a ese lugar experimentó una suerte de viaje en el tiempo, porque veía caballos en las calles y carretas en las plazas de mercado. Ahí comenzó a crear El amor de las luciérnagas.

“La obra tiene orígenes diversos. Ahora lo veo en retrospectiva y pienso que tiene semillas desperdigadas por todas partes. Por un lado quería contar la historia sobre mi tierra, sin pensar que iba a tener alcances internacionales. Era elaborar un relato que no trate de borrachos, charros, cactus y narcotraficantes en México, algo casi impensable. Yo quería hacer una radiografía distinta”, asegura el director, cuya finalidad es escribir sobre mujeres. De ahí que el montaje en Colombia tenga la participación de actrices como Carolina Ramírez, Natalia Reyes, Marianela González, Abril Scheiber, Laura Junco y Juanita Cetina.

Para Ricaño, las historias se narran de manera individual; aunque se exhiban en teatro, que es colectivo por excelencia, se escriben para alguien. Él, por ejemplo, quería contarle a su familia El amor de las luciérnagas y mostrar el desplazamiento desde Tijuana hasta Xalapa. Con este texto también le quería hablar a una amiga que había tenido una serie de fracasos amorosos y no había entendido lo importante que es aprender a soltar, no sólo a los seres queridos cuando se marchan.

“Con El amor de las luciérnagas además quería probar lo que significa para mí el realismo mágico, que se traduce en una premisa muy simple: tratar lo extraordinario de manera cotidiana. Por eso mi relato se centraba en una mujer que escribía algo en su máquina y lo que hace se materializa en su plano espaciotemporal, así que sus personajes se tornan reales y la rebasan un poco. Ella se encuentra con su otro yo y ésta invención se apropia de su vida y se hace cargo de sus decisiones”, concluye Alejandro Ricaño, quien también se ha hecho célebre en la escena teatral de América Latina con su guión Más pequeños que el Guggenheim.

El teatro artesanal del dramaturgo y director mexicano está en Colombia con El amor de las luciérnagas, una realidad continental con acento local.

En temporada de jueves a domingo, a partir del 4 de agosto, en el Teatro Nacional Fanny Mikey, calle 71 Nº 10-25. Mayores informes en www.teatronacional.co.

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