Palabras pendientes*

Escritores y política: separar la obra del ser humano

Fue una epifanía: estaba tratando de hallar las razones por las cuales la obra de un escritor tan exquisito, como Felisberto Hernández, no fue reconocida en su momento de difusión.

Imagen del escritor uruguayo Felisberto Hernández, quien alternaba sus textos tocando el piano.Cortesía

Las explicaciones son varias, pero hay una que me llama poderosamente la atención: la del talante político del pianista uruguayo.

Felisberto Hernández, para quienes no saben, fue un anticomunista vehemente. Y eso, así también lo reconoce Onetti, estuvo en contra de su faceta como literato. Lo curioso es que su obra es carente de doctrinas o críticas sociales; su estilo es más bien raro, exquisito, extraño. Pero esto me llevó a pensar en la relación entre política y escritores, y, sobre todo, en lo favorable o desfavorable que ello puede representar para sus carreras.

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Desde que Sartre aseveró que la literatura debía estar dispuesta a alterar el statu quo -o eso que llamó la función social-, las discusiones sobre este tema se han disparado. En Latinoamérica es conocido el debate entre Óscar Collazos, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa.

¿Debe estar la literatura en congruencia con las circunstancias sociopolíticas del momento? El colombiano, en ese entonces radicado en Europa, decía: “En una revolución se es escritor, pero también se es revolucionario. En una revolución se es intelectual, y tiene que serse necesariamente político (…) las palabras, cuando el lenguaje está reestructurándose, con el tono de una nueva conducta y de un nuevo tipo de relaciones culturales y sociales, se vuelven rigurosamente significantes”.

Aunque suena heroico, la respuesta de Cortázar me parece más contundente: “uno de los más agudos problemas latinoamericanos es que estamos necesitando más que nunca los Che Guevara del lenguaje, los revolucionarios de la literatura más que los literatos de la revolución”.

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A Vargas Llosa lo dejo aparte porque es un caso interesante de tratar ahora que ha quedado más que claro su talante político. (A quien le queden sospechas le conviene repasar La llamada de la tribu). Y lo digo, porque he escuchado a gente confesar que ya no lo lee como consecuencia de lo anterior; a mí eso no me cuadra, y por eso pregunto: ¿Interfiere la posición política con la del narrador de obras tan monumentales, como La ciudad y los perros, La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo?

Es obvio que al escribir se reproduce una interpretación del mundo o de esa ambigüedad llamada realidad; naturalmente, hay unas bases que, se quieran o no, están impregnadas de un subyacente ideológico. 

Cuando se compone una novela, digamos histórica, se adopta una posición frente a un vacío, frente a un hecho no tratado, se hace oposición a la verdad establecida; en suma, se refleja una visión de la historia bañada por la postura política de quien la escribe. 

Juan José Saer decía que “no se reconstruye ningún pasado sino que simplemente se construye una visión del pasado, cierta imagen o idea del pasado que es propia del observador y que no responde a ningún hecho histórico preciso”. Ex nihilo nihil fit, para resumir. 

La literatura debería estar enajenada de las cualidades del ser humano que la crea, pues a fin de cuentas lo que la hace valiosa es su capacidad de goce, sus virtudes estéticas, su entramado narrativo.  

A Vargas Llosa se le pueden tener muchos reparos como comentarista político, e incluso con algunas de sus obras. Pero lo que no se puede negar es que cuando quiere es un prosista portentoso, descomunal en sus fabulaciones. El Vargas político difiere del Vargas escritor. Así como el Felisberto que vociferaba en contra del comunismo se debe separar del que originó esa rareza futurista llamada Las Hortensias. 

Desde luego, hay casos en los que vida y obra se complementan o, para parafrasear a Heidegger, que no pueden soportar al otro por separado. Es en esos casos, donde el método Sainte-Beuve funciona: fijarse en la personalidad de quien escribe tanto como en lo que escribe. 

De resto, la obra debe hablar - ¡debe defenderse, persuadir, interpelar! - por sí sola.

Que un escritor refleje su militancia -o su demagogia- a través de la literatura no es bueno o malo per se; lo sustancial es su facundia, los alcances de su forma, su belleza interior, los detalles de su estructura. Es por eso que tantos escritos militantes son eficaces en su mensaje social –recuérdese las novelas costumbristas-, pero imperdurables como literatura.

Hernando Téllez también lo advertía: “con la poesía de Mallarmé no se hace una revolución social sino una revolución poética (…) La literatura, como el arte todo, contribuye al quehacer histórico, al que hacer social, pero implícitamente, es decir extraprograma, extrajurídico, de manera autónoma y no subordinada”.

Al final, fulgura la suficiencia estética: ¿O acaso hay que defenestrar la poesía de Ezra Pound o las novelas de Céline, por el apoyo de sus autores al fascismo? ¿O acaso hay que privarse de leer El tambor de hojalata por provenir de un escritor que en su juventud ingresó a las filas comandadas por Himmler? 

El artista no debe estar sometido a circunstancias o imperativos sociales. Es artista porque hace de sus más inexplicables obsesiones arte. Y esas preocupaciones no tienen que obedecer más que a sí mismo, a sus propios impulsos, a su propia naturaleza.

En la carta a un joven que se propone abocarse al oficio, Stevenson decía: “Sensibles a la existencia de recónditas virtudes difíciles de alcanzar, muchos artistas que formulan o asimilan recetas artísticas o se enamoran tal vez de alguna habilidad particular, olvidan el objetivo de todo arte: deleitar”.

Aquello de escribir lo que necesita el pueblo, lo que demanda el país, lo que requiere la sociedad, son ínfulas mesiánicas. Hay plumíferos que se lo creen, que se atribuyen esa empresa, como si los lectores necesitáramos de sus creaciones para disipar tantas nebulosas. ¡Patrañas! 

No es que crea que el escritor deba ser el misántropo escondido en una buhardilla. Es que creo que solo debe responderse a sí mismo, a sus propias exigencias, a sus propias pretensiones. A veces conviene olvidarse de él -olvidar el clasismo de Proust, el desmesurado ego de Nietzsche, el racismo de Borges -. A veces, por crudo que parezca, conviene no conocer al ser humano: no escucharlo, ni verlo.

El acto social de un ser solitario es el arte, decía Yeats. No creo que se le deba pedir más. Si una obra es verdaderamente buena, como la de Felisberto Hernández, el tiempo se encargará de reconocerla, a pesar de sus obstáculos; de ponerla en su lugar, a pesar de otros lugares; de celebrarla, a pesar de quien la labró.  

(Ya aquí debería terminar, de hecho: ya el texto se terminó, pero me asalta una preocupación: si de verdad fue el anticomunismo del autor uruguayo el motivo de su marginalidad en la escena literaria es lamentable; y deja abierto un gran interrogante: ¿Qué otras cosas influyeron en la exclusión de esos autores que no hicieron parte de la narrativa más celebrada en Latinoamérica?).   

***

* Nota aparte: La columna Palabras pendientes estrena formato: los domingos a las 8:00 p.m.  en El club de lectura de Caracol Radio. Todos invitados.

Bibliografía

-Literatura en la revolución y revolución en la literatura- Óscar Collazos, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar.

-El concepto de ficción- Juan José Saer.

-Crítica literaria II 1948-1956- Hernando Téllez.

-Ensayo literarios- Robert Louis Stevenson.

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Jaír Villano/ @VillanoJair

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