‘La escritura es un proceso que no termina’

Estos son algunos detalles sobre la experiencia de la autora frente a la escritura y sobre la carpintería que esconden los textos definitivos.

El último libro de Guerriero, ‘Una historia sencilla’, cuenta la historia de una competencia de baile en el Festival Nacional de Malambo de Laborde. / Daniel Mordzinsky

¿Le gustaría trabajar como se trabaja en un periódico?

La rapidez de reflejo del periodista ante la noticia la admiro mucho, pero hay algo que me pasa con la escritura que no lo podría cultivar haciendo noticias, algo en el regodeo de buscarle la vuelta, buscar un recurso narrativo nuevo y distinto, engolosinarme con probar un principio que nunca hice. En La Nación me ofrecieron entrar a lo que llaman “la parte caliente” del diario. Dije que no porque no es lo que yo quería hacer ni lo que sabía hacer. Mi camino ya iba por otro lado. Volví a mi casa medio temblando por rechazar un empleo en uno de los diarios más importantes de Argentina, y en la noche me llamaron y me dijeron: “Nada, hay un puesto para vos en la revista del diario”, y dije: “Bueno, ahora sí”.

Alguna vez dijo que no se identifica con sus primeros textos. ¿Por qué?

Me da un poco de pudor leerlos, porque uno nunca se reconoce del todo en esa escritura. Cuando los leo —aunque intento no hacerlo—, encuentro cosas que les podría haber quitado (pero si un libro está publicado ya está, no hay que volver a él, a menos que uno se arrepienta mucho; en ese caso no lo volvés a publicar). El estilo cambió por completo en textos más nuevos, se volvió más seco. Intento escribir de una manera parca, muy quirúrgica, escueta. Unos años antes era más barroco y había algo que ahora intento evitar del todo: una mirada un poco más complaciente con algunos entrevistados y finales conclusivos. Ahora me interesa más dejar la cosa abierta para el lector, producir alguna duda.

¿Le teme a repetirse? ¿Se ha sentido desmotivada con la escritura?

Desmotivada, nunca. Siempre estoy escribiendo, físicamente o escribiendo en la cabeza: en los viajes, mirando por la ventanilla. A algunos les pasa, pero yo creo que cuando empezás a escribir es muy difícil parar. Si no escribo todos los días me hace mal, me siento desorientada. A veces tengo más necesidad de escribir que el tiempo que tengo para ello. Ese tiempo se ve interrumpido por compromisos, por viajes...

¿O por entrevistas?

No. A veces las entrevistas son parte del proceso de escritura. Cuando te hacen una entrevista, te hacen pensar en cosas que uno elabora para otro, que no se piensan en la soledad del escritorio. Eso es muy estimulante. Con respecto a repetirme, estoy segura de que es imposible no hacerlo nunca. Cuando encuentro un recurso que me gusta tiendo a repetirlo hasta que se gasta, hasta que se vuelve algo demasiado cómodo. Me pregunto: “¿Esto es acaso lo único que sé hacer? ¿Esta es la única forma que tengo de comenzar una nota?”. Entonces me cojo la rienda corta. En una época noté que estaba usando mucho la fragmentación, porque es un recurso que me encanta: pequeños bloques de texto separados por espacios en blanco que marcan cambios de tiempo, de ritmo, de clima, de qué se yo... De a poco empecé a escribir textos más orgánicos y largos. El cambio de estructura en un texto te cambia también la forma de mirar. La escritura es como un proceso que no termina nunca. Uno no puede decir: “Bueno, ya está, ya aprendí”, porque sería decir: “No sigo”.

Teniendo en mente ‘Plano americano’, ¿por qué querrían los lectores leer perfiles?

Un buen texto sería aquel que en principio no te importaría nada. Qué sé yo: Constructores de sillas de mimbre. Pero lo empezás a leer y no lo podés dejar. Eso necesariamente te genera otra mirada sobre las sillas de mimbre: vas a saber quiénes las hacen, que a lo mejor tienen las manos hechas pedazos, que se intoxican con el mimbre... No sé, invento. Si un perfil está bien hecho cumple también esa función: disparar en el lector otra mirada distinta sobre algo que creía que conocía o sobre algo que no conocía en absoluto. También es un deleite estético. En la lectura de no ficción hay un placer inesperado, te presenta cosas de una persona que no conocías, que te asombran. El perfil presenta una visión externa, ojalá honesta y en algún punto humilde, porque uno no puede pretender conocer del todo al otro.

¿Y de dónde sale la necesidad de escribir sobre otros?

A mí la gente me da mucha curiosidad. Hay literatura de no ficción autorreferencial, de gente que escribe sobre sí misma y lo hace muy bien. No es mi caso, a mí me da curiosidad la vida de los otros. El mundo en general me atrae y el periodismo es la excusa para ir a meter la nariz en donde no podría meterla de otra forma.

¿No le interesa escribir ficción?

No por ahora. La cabeza de un escritor de ficción debe funcionar por fuerza de manera muy distinta a la de un escritor de no ficción. No puedo inventar, no encuentro deleite en ello, me deja inmóvil. Pero leo mucha más ficción que no ficción.

Su cuidadoso trabajo de reportería es famoso. ¿Podría hablar un poco de cómo lo va haciendo?

Por lo general, lo hago igual siempre. Primero hablo con el editor a ver si le interesa. Luego me pongo en contacto con la persona central, le pido que me preste mucho tiempo, me conceda entrevistas, comparta conmigo. También leo todo lo que se haya publicado sobre el tema en cuestión —a veces hay mucho, a veces hay poco— y libros que rodean el tema y alimentan el texto. Al escribir sobre una señora que perdió a su hijo en un accidente de trenes, leo sobre la historia de los trenes, a qué se debe su estado de decadencia. En la entrevista trato de no estar en situación, con pose rígida de periodista, confrontando a la persona con cosas que dijo, y hago varias entrevistas. A esa mujer le hice unas ocho, porque cada vez me cuesta más sentir que llego a un grado de cierta subjetividad honesta. Trato también de pasar tiempo con esa gente que no tenga que ver con la situación de entrevista. Los perfiles de Ricardo Piglia y Nicanor Parra están basados sólo en una entrevista; a veces no se pueden hacer más. Antes dedico meses a leer la obra, a hablar con amigos y gente que lo había conocido. Para el de Parra recabé mucha información antes, pues sabía que iba a tener con suerte tres horas con él, que nunca sostiene una entrevista formal (que no se te ocurra grabarlo, se pone de pésimo humor con las entrevistas). Luego rodeo el testimonio principal de voces secundarias: amigos, maridos, exmaridos, suegras, padres, hijos... La cosa pública, política, está, pero recogida de los diarios. Es el caso de la historia de la mujer que pierde a su hijo. No tenía sentido entrevistar funcionarios públicos para que se defendieran. Eso haría mucho ruido. Hay que escoger qué fuentes usar, sentirte seguro de descartar algunas sin sentir que hay un vacío. La versión final debe ser lo suficientemente sólida como para que la ausencia de una fuente se lea como una decisión del autor, no como un descuido. Por último trascribo, leo todo el material y, finalmente, me siento a escribir.

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