Espectáculo

"Espectáculo", uno de los cuentos del más reciente libro de Pablo Montoya, "Cuaderno de París", publicado este año por Ediciones B.

La gente llega y, como desprevenida, se introduce en la cola. Varios guardias van y vienen. Sus manos sujetan perros embozalados. Las siluetas se alargan bajo los faroles del callejón. Mi amiga los saluda con continente de camaradería. De sus quijadas fuertes brotan dentaduras blanquísimas. Los ojos se esconden en pequeñas gafas oscuras. Ella mira con malicia cuando le pregunto por lo que veremos. A ese juego venimos jugando desde que nos topamos, hace unas horas, en la Place de Châtelet. Participábamos en una exigua protesta contra un genocidio distante. Nuestras miradas se tropezaron en medio del gentío. Se rozaron los cuerpos después entre las sombrillas que en vano protegían de la lluvia y de la infamia. Uno de los manifestantes gritó como un tambor acorralado. Me fue difícil entender los matices de su labia. Le pedí ayuda a la desconocida. Se trataba, me tradujo, de una condena a gobernantes cómplices. De un dolor anónimo que habría de diluirse en el aire como un gas inofensivo. Un millón de negros macheteados merece apenas este lábil oprobio, anotó ella. Su apostilla me picó la curiosidad. Era periodista, dijo. Y no fue difícil ir a un café dispersa la conmemoración. Tampoco demoró en invitarme al evento de la noche. Debía hacer una nota para la revista en la que trabajaba, explicó. Escasos diálogos tuvimos en el trayecto al callejón situado por los lados de los Champs Elysées. Solo algunas frases como apoyaturas al silencio que nos aproximaba. Y la sonrisa de ojos marrones que me irrigaba el alma de fresca desazón. Frente a la puerta, ella indaga en su bolso. Saca un pase. Con el portero intercambia un par de palabras. Nos dejan entrar. Cruzamos la senda de los invitados. Bajamos escalas en forma de caracol. Luces de colores se desprenden de bolas mágicas. Suenan en el ámbito voces de micrófono. Hay una música que babea los muros con una suerte de saxofones esterilizados. Primera estación, apunta ella. Una plataforma se eleva ante nosotros. Es un desfile el que presenciamos. Las mujeres poseen un atractivo inusitado. Distingo bancas que se iluminan y oscurecen por los resplandores de un rayo azul. Cada vez que surge una modelo, la gente irrumpe en aplausos. Estos ascienden en tanto las deformaciones se afirman sobre el piso de cristal. Pasa una con los senos tuertos. Otra tiene una delgadez de cadáver. Otra exhibe las nalgas rebanadas. Otra, el abdomen cicatrizado. Otra más, las piernas forradas en el vestigio de una enorme quemadura. Una posee un cuerpo armónico pero plagado de verrugas. Otra es una mujer enana donde arduo es distinguir el muslo del glúteo y estos de su rostro. Una niña revejida, tocada con hilo dental, hace estremecer el recinto. La multitud alcanza el límite de la excitación cuando una negra muestra su vagina abierta como una gigantesca sandía podrida. Las voces de los parlantes se intensifican. Pregunto por los propósitos del desfile, pero mi compañera parece no oírme. Un trasunto de marasmo empieza a sitiarme. Flojo, espeta ella. Su voz es una mezcla de jadeo y motor en mi oído. Le respondo que el espectáculo me desasosiega un poco. Ella se desternilla de la risa. Con brusquedad me arranca del asiento. Me encanta, sin embargo, esta nueva forma del coqueteo que se disfraza con gestos impulsivos. Su mano me conduce a la segunda estación. Varios sofás diseñan la sala. Aquí todo gira en torno a servicios que prestan una legión de impúberes. Las hay de ojos rasgados. De pieles morenas y amarillas. De rubios cabellos lacios. Es fácil adivinar la referencia de sus oficios por sus trajes. Lecheras. Agricultoras. Carpinteras. Lavanderas. Azafatas. Secretarias. Pero se desempeñan en la estación como camareras. Me doy cuenta de que tienen sus pechitos descubiertos. A todas también es posible verles sus angostos traseros al aire. Algunas bailan un poco torpemente mientras se desvisten. Otras se acercan a los sofás y lamen pichas desvencijadas de ancianos ataviados con capas. Las llaman terneras, dice mi amiga. Sonrío ante la imaginación periodística, plagada de humor y metonimia. Los viejos, continúa, son regentes cívicos en jubilación. Levanto las cejas perplejo. Militares. Políticos. Banqueros. Directores de diarios. Líderes religiosos. Así le sacan el cuerpo, precisa, a su postrer aburrimiento. Sonreímos con fatiga y descendemos a la tercera estación. Me aclara que lo de ella es hacer un informe sobre el sitio. Cuál es el fin, pregunto. Curioso, dice, y vuelve a sonreírme. Y siento el vacío delicioso del principio. Termina confesándome, en el oído otra vez la sierra, que es para una guía turística del París Underground. La barbulla se agranda cuando llegamos a un vasto hall. En la mitad está el ring. Del techo cuelgan lámparas que reproducen parejas entrelazadas. Chorros de luces salen de sus zonas pudendas. A mi lado veo hombres apostando a la pelea. Pantallas vomitan imágenes de peleas anteriores que supongo célebres para los concurrentes. De vez en cuando se forman pequeñas olas de los hinchas en las tribunas. Gracias a efímeras luces veo letreros publicitarios. Nombres de revistas. Casas de modas. Perfumes. Mi amiga, de pronto, se esfuma. Al rato la distingo. Dialoga con una de las luchadoras y toma notas. Luego regresa a mi lado y el combate inicia. La de la izquierda, me dice, es Flor del Mal. Sus tetas están manchadas con pétalos púrpuras. Y cada vez que hace una llave quiebrahuesos declama un poema a gritos. Sus seguidores la celebran recitando versos cuyo referente son los miasmas de la humanidad. La indiferencia. La locura. La venganza. El odio. La otra, me informa, se llama Virgen Loca. Minutos antes se ha despojado de una rutilante túnica blanquecina. Y ahora es una dama con el pelo enhiesto. En su cuerpo musculoso hay cirios y cruces tatuados con fuego. Virgen Loca y Flor del Mal empiezan a halarse los cabellos. Se golpean las espaldas y las nucas. Se muerden los muslos y los brazos. A veces parecen chuparse los pezones con un furor de ménades. Introducen los dedos de estilete entre sus vulvas rapadas. Y sus gritos de dolor poseen algo de éxtasis prolongado. A las contrincantes, en una de las pausas, se les unta una crema oscura. El estrépito gana todas las gargantas. Imagino que es un aceite para proteger sus pieles de las hinchazones. Pero el olor de la mierda me taladra las narices. Con náuseas me levanto. Mi amiga se burla de mi flojera. Le presiono con fuerza el antebrazo. Le grito mi urgencia por salir. Ella se me suelta. La veo precipitarse hacia el ring y participar en el embadurnamiento. Mareado, busco la salida. Subo los largos caracoles. El aire se me estrella en el alma cuando encuentro la intemperie. El callejón está silencioso. Los faroles apagados. Por uno de los extremos se asoma el Arco del Triunfo. Alto y radiante como una heroica verdad. Los guardias cuchichean, apacibles, a mi lado. Los canes ahora dormitan a sus pies.

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