Las esquinas de Nicolás Paris

Es dibujante, panadero, arquitecto, profesor. Todos sus ‘álter ego’ confluyen en el arte y ahora en su propia ‘universidad de garaje’. A comienzos de 2015 sus obras se verán en Madrid, México y Lisboa.

La quinta esquina

Es otoño y un hombre lucha por salir de su suéter. La lana azul lo asfixia, confunde una manga con el cuello y la otra parece no existir. Sigue, seguirá, perdido en aquel suéter. Digamos que este cuento se llama “Que no se culpe a nadie” y que lo escribió un tal Julio Cortázar. Digamos que el hombre estaba tratando de encontrar un quinto hueco y que un artista colombiano, Nicolás Paris (Bogotá, 1977), quiso contarlo a través de una obra de arte.

Y sí, lo hizo. “Arquitectura plegable para una quinta esquina” se exhibió en el Museo de Arte Hessel en el estado de Nueva York en 2013. Fue una exposición colectiva, curada por Juana Berrío, que para recorrerla, cada espectador debía perderse como el protagonista de la historia para, al fin, encontrar la quinta esquina del recinto. Paris intervino el espacio y extrajo un segmento de una de las esquinas para usarlo como repisa donde estaría la obra escrita de Cortázar. Fue un trabajo en equipo a destiempo.

La sala de exposición se convirtió en una herramienta para transformar la percepción, en un lugar para el aprendizaje en la que el público pudiera especular, decidir qué aprender y qué tanto se quería involucrar. “La intervención se vuelve un rumor que no todo el mundo nota. Un rumor que va creciendo”, comenta Paris. Esta es una muestra de que su trabajo es una excusa para generar reflexiones y no para intercambiar objetos y servicios.

Le gusta pensar en un museo que no exponga resultados, sino un proceso y que la gente decida cómo quiere usar lo que ve ahí: “Se trata de activar diferentes formas de hacer las cosas para que encontremos nuevas formas de estar juntos”.

Un ejemplo más: “Arquitectura para pájaros”. Empezamos a notar la influencia en Paris de aquellos años en la facultad de Arquitectura. Esta obra se vio en la Bienal de São Paulo 2012 con imágenes que buscaban que cada persona las interpretara y actualizara con su propio conocimiento. Pero tal vez lo más interesante es la historia que hubo detrás, en la que Nicolás Paris aprovechó su estancia en Brasil para intercambiar conocimientos con estudiantes de danza y arquitectura de interiores de la escuela técnica para las artes. Mientras él les proponía ejercicios en relación con sus intereses –espacio, cuerpo y movimiento-, ellos le enseñaban portugués. 

Autobiografía sin acontecimientos

Entre los títulos de una biblioteca está un libro imposible. Su lomo se extiende, lo rodea, de forma que no se puede abrir. Sus páginas se quedarán sin ser leídas, guardarán las historias de una autobiografía sin acontecimientos. Esta obra de Nicolás Paris es una alusión a Fernando Pessoa cuando éste escribió en el Libro del Desasosiego: “En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo, narro indiferentemente mi autobiografía sin acontecimientos, mi historia sin vida. Son mis Confesiones, y, si en ellas nada digo, es porque nada tengo que decir”.

Por cuestionar sus certezas, Paris es un coleccionista de oxímoron, que consiste en usar dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión para crear un nuevo concepto. Autobiografía sin acontecimientos, saber desconocer, el químico sin reacciones, el orden aleatorio o apresúrate lentamente, como dice el adagio clásico.

Este último se convirtió en la obra “Apresúrate despacio”, con la que empezó su carrera en el arte, y para la que fue necesario que durante cuatro años recogiera los pequeños acontecimientos y objetos que encontraba en su ritual diario de salir a trotar. Así que dibujó la silueta repetida de un hombre que corre, pero adaptado a la experiencia o material que lo inspiró, como un día de lluvia o un naipe que encontró en el suelo.

Volvamos a la autobiografía de Paris. No la obra, sino la real. En la que cocina casi todos los días porque le gusta saber lo que come, toca batería en un cuarto aislado de su casa-taller, siembra y cuida helechos, construye él mismo todo lo que puede, como varios de sus muebles, y hace su propio pan. De hecho, en México y Francia trabajó en panaderías. Creó un pan en forma de cubo al que llamó “control de masas”. Y le gusta contar que en Argentina hubo un tiempo en que el presidente del partido anarquista era panadero y que encontró en ese oficio la mejor forma de hacer un ejercicio de resistencia: llegando a la vida diaria de las personas. El partido fracasó, pero el oficio sobrevivió como un rumor, tal y como le gusta a Paris.

El salón de clases

“¿Cuántos ríos caben en un lápiz de color azul?”. Así son las instrucciones de uso de la obra Jardín portátil. Casi un breve poema. Ideas como estas hicieron parte del modelo educativo que Nicolás Paris y un equipo de profesionales crearon para las escuelas de La Macarena (Meta) gracias a la convocatoria que ganaron en 2005. Un año después decidió trabajar como artista. El arte era el lugar en el que podía engranar sus intereses, que iban desde la arquitectura, pasando por el dibujo, y, esencialmente, el aprendizaje.

Pero esta historia comienza unos años antes, en 2000, cuando Paris llegó a dar clases en una escuela de la vereda Brisas de Lozada sin tener ninguna experiencia en ese campo. Quería huir de las instituciones, pero él mismo estaba representándolas allí. Aprendió que para lograr algo había que trabajar desde adentro.

La Macarena era su lugar mítico y tenía que buscarlo, a pesar de la situación social y política que había en la zona. Esta serranía, en donde confluye Orinoquía, Amazonía y los Andes, se le conoce como El arca de Noé por la cantidad de especies que la habitan. Después de la Zona de Distensión, Paris tuvo que irse, pero volvió en 2005 para acompañar a los profesores a implementar su proyecto. El eje principal era el dibujo como una extensión del cuerpo para que los niños proyectaran sus ideas y comunicaran sus experiencias como una herramienta de aprendizaje, no como una técnica de representación.

“Mi mayor influencia es haber sido profesor. En un salón de clases está todo. Es como un Aleph porque ahí están todas las estructuras de pensamiento”. Para Nicolás Paris, el papel del docente se asemeja al del arquitecto porque construye ambientes de intercambio. “Todos los que estamos en un aula tenemos corresponsabilidad. Todos somos profesores y todos somos estudiantes”. Y así podemos empezar a hablar de su universidad de garaje, como él le llama la experiencia de aprendizaje que se vive en su casa-taller.

Se trata de un grupo de estudio temporal. Hoy estarán una diseñadora, un arquitecto y hasta un cocinero. Cada uno desarrolla sus propias investigaciones y a la vez intercambia habilidades con Paris, que asegura: “No soy un artista. Soy alguien aprendiendo a ser un artista”. Le interesa ver dónde se produce el arte, cómo ocurre la sinapsis —cuando los hemisferios se conectan y sacan chispas porque se ha entendido algo—. En unos meses, los módulos cambiarán, y entonces se abrirá un espacio para la botánica, la construcción, la música. Todo vale.

Con su universidad de garaje, Paris cada vez dibuja menos. Al menos en el sentido literal: “El encuentro en sí es un dibujo. Hay dibujos tridimensionales, pero también hay dibujos en el tiempo”. O, como diría el poeta Tristan Tzara: “El pensamiento se hace en la boca”.

@julianadelaurel

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