Las estaciones de Vivaldi

Esta obra, representada por cuatro compañías de ballet, se presentará el próximo 27 de junio en el Julio Mario Santo Domingo, en el marco del IV Encuentro de Ballet de Bogotá.

Imagen de la obra de danza de “Las cuatro estaciones”, de Antonio Vivaldi. / Cortesía Idartes

Oscuridad total. Nadie parpadea ni suspira. El teatro se cubre de un silencio que anticipa una estampida, un terremoto, un nacimiento. El techo del escenario parece romperse cuando una luz amarilla impacta en la cabeza de un hombre justo en el centro de la tarima. Espalda erguida, los ojos cerrados, las manos tocándose por encima de la cabeza y las piernas tensas enmarcando cada músculo. Los dedos de los pies parecen haber desaparecido y por momentos no es un hombre lo que sobresale entre la oscuridad, sino una escultura, un bello retrato de lo que un día fue alguien que se movía y respiraba.

De pronto, como espejismo, surgen desde la penumbra otros seres: esfinges con mirada pícara, tentadora, con sonrisa deparadora y un chasquear en los dedos insonoro que da la señal para que el invitado principal entre por la parte trasera del lugar. Nadie lo ve, la quietud que habían adoptado todos los asistentes quedó reducida a cero por la curiosidad de hallar el violín que daba inicio, encima de la tarima, a una celebración a la vida, a la humanidad.

Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi. Se trata de una obra descriptiva o programática que evoca, a través de elementos de lenguaje musical, distintos aspectos de las estaciones del año y cómo el cuerpo humano se relaciona con ellas, cómo las representa, cómo las danza.

Las personas que parecían inertes en el escenario comienzan a soltarse y a mover sus cuerpos, como se mueven los árboles o el aire o las flores. El teatro se torna cálido, y entra por los oídos y los ojos la primavera: se oyen el canto de los pájaros, el murmullo de las fuentes, la tormenta. Tranquilidad, susurro de las plantas, ladridos de perros, el pastor duerme. Se oye una danza campestre y las cuerdas graves imitan la nota “pedal” de la zanfoña. La primavera de Vivaldi me suena conocida, me huele conocida, como una tarde donde mi abuela, como una vida feliz que había olvidado.

Llega el verano. El Verano. El calor produce cansancio; la respiración es lenta y profunda. Cantan el cuco, la tórtola, el jilguero… Sopla un leve vientecillo. El campesino lamenta su destino incierto. ¿Se perderá la cosecha por causa de la tormenta? Sigue el sopor, y las moscas son impertinentes. Los bailarines tratan de espantar el sol que entra por los poros del cuerpo y expande la piel. Los pasos son más vertiginosos, más rápidos. Vivaldi describe una tormenta y las rápidas escalas evocan la fuerza del viento y la violencia.

Después, cuando sólo hay tiempo para pensar en algo frío, llega el letargo: el otoño: Los bailarines parecen cantar; la cosecha ha sido buena. Hay vino nuevo y hojas amarillas y escarlata cubren las miradas coquetas. La calma es absoluta. Vivaldi evoca escenas de caza: escopetas, perros, la fiera que huye y muere finalmente, acosada por todos.

El teatro siente el sabor de las uvas, hasta que entra el invierno. Cae la nieve; se desata la tormenta; hay que moverse para combatir el frío; los cuerpos tiritan; los dientes chasquean. Ahora Vivaldi expresa armonías disonantes para reflejar el ambiente gélido. El hombre disfruta ante el fuego hogareño. Cae la lluvia y se escuchan las gotas que perforan los tejados. Ahora los bailarines caminan por las aguas de la helada. El paso es inseguro; hay resbalones; pero los hielos se van rompiendo. Comienza el deshielo; la música se agita; todo es movimiento.

Toda esta precipitación de vida se da en un solo sitio, en escasos metros que detonan la capacidad humana para la creación y que configuran el espíritu en torno a su más básica naturaleza, a una idea tan superficial como podría ser el clima, pero tan sublime como son las estaciones.

Vivaldi creó la obra las Cuatro e en un mundo que premiaba el castigo sobre la creatividad, las reglas sobre la libertad y el poder sobre la humanidad. Ahora los que disfrutan de su música comprueban, a pesar del tiempo, que la genialidad sobrevive a cualquier imposición humana.

No hay aplausos que alcancen, ni sonrisas, ni flores, no hay muestras de felicitación que abarquen el sentimiento desatado después de ver la vida en su máxima y más pura expresión.

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